Cronos descubrió que el rey del Olimpo tenía la irritante costumbre de beber café mientras leía documentos, y Zeus descubrió que el pequeño destructor era capaz de consumir una cantidad extraordinaria de alimentos dulces mientras sostenía que aquello era perfectamente razonable para alguien que había sobrevivido siglos. Incluso caminaron por el bosque. Todo se parecía peligrosamente a las historias que Cronos había inventado en Aión.
Solo había una diferencia. El anillo continuaba en su dedo. Cronos procuraba no mirarlo. Era más fácil así. La cinta verde seguía apareciendo sobre su brazo. La roja continuaba sobre el de Zeus. Eso significaba que el vínculo seguía vivo. Cronos se aferraba a esa certeza. Tal vez Zeus necesitaba tiempo. Tal vez acabaría comprendiendo.
Tal vez, si demostraba que era responsable, que podía controlar sus poderes, que no pensaba marcharse...
Quizá se lo quitaría.
Esa esperanza fue precisamente lo que permitió que Zeus comenzara.
—Detén eso.
Zeus lanzó una pequeña esfera metálica desde el balcón. Cronos arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Quiero ver algo.
La esfera cayó. Cronos levantó dos dedos. Se detuvo en el aire. No flotaba. Estaba detenida en el tiempo. Una hoja que caía junto a ella continuó descendiendo normalmente. Zeus se acercó.
—¿Solo detuviste la esfera?
—Sí.
—¿Puedes mantenerla así y caminar?
Cronos comenzó a andar por el balcón. La esfera permaneció inmóvil.
—Sí.
—¿Durante cuánto?
—Horas, probablemente.
Zeus levantó la mirada.
—¿Horas?
Cronos sonrió orgulloso.
—Estoy recuperado.
Aquella sonrisa hizo que Zeus sintiera ternura. Y fascinación. Una combinación cada vez más peligrosa.
—Suéltala.
Cronos chasqueó los dedos. La esfera cayó. Zeus la atrapó.
—Otra vez.
—¿No te cansaste?
—No.
Cronos rio.
—Claro que no.
Volvió a hacerlo. Esta vez Zeus lanzó tres objetos. Cronos detuvo dos y ralentizó el tercero. Zeus observó fascinado cómo una pequeña piedra descendía tan lentamente que parecía flotar.
—¿Cuánto la ralentizaste?
—Aproximadamente al dos por ciento de su velocidad temporal normal.
—¿Puedes hacerlo con una persona?
Cronos dejó caer los objetos.
—Sí.
—¿Con un dios?
La sonrisa desapareció un poco.
—Probablemente.
Zeus asintió.
—Hazlo conmigo.
Cronos lo miró.
—No.
La respuesta sorprendió al dios.
—¿Por qué?
—Porque no sé cómo reaccionaría tu naturaleza divina.
—Precisamente por eso quiero comprobarlo.
—Precisamente por eso yo no.
Zeus estuvo a punto de insistir. Entonces vio el anillo. Se contuvo.
—Está bien.
Cronos sonrió nuevamente.
—Gracias.
Zeus sintió una molestia extraña. No por la negativa. Por el alivio que Cronos había mostrado cuando la aceptó. Al día siguiente probaron telepatía. Zeus lo presentó como un juego. Cronos aceptó encantado. Atenea estaba en una biblioteca situada tres pisos más abajo.
—No hagas trampa —dijo Zeus.
Cronos estaba tumbado en un sofá con una manzana en la mano.
—¿Cómo se hace trampa leyendo pensamientos?
—No lo sé. Tú eres el telépata.
—Excelente argumento.
Cronos cerró los ojos. Sus barreras mentales se abrieron selectivamente. Buscó. El castillo estaba lleno de mentes. Sirvientes. Ninfas. Visitantes. Divinidades menores. Cronos ignoró todas. Encontró a Atenea. Escuchó durante dos segundos. Cerró inmediatamente.
—Está leyendo.
Zeus esperó.
—Eso no es sorprendente.
—Un tratado sobre las guerras del Peloponeso.
Zeus frunció el ceño.
—Eso tampoco es sorprendente.
Cronos rio.
—Y piensa que el autor interpreta mal una decisión estratégica ateniense.
Zeus sonrió.
—Eso sí parece Atenea.
La diosa apareció veinte minutos después.
—¿Estabas leyendo sobre la guerra del Peloponeso? —preguntó Zeus.
Atenea lo miró. Después miró a Cronos. El muchacho escondió la cara detrás de la manzana.
—Traidor —murmuró.
Atenea comprendió.
—¿Entraste en mi mente?
Cronos bajó la manzana.
—Dos segundos.
—Cronos.
—Zeus me lo pidió.
Atenea giró lentamente hacia su padre.
—¿Por qué?
—Quería conocer su alcance.
Atenea sostuvo su mirada.
—No soy un objeto de entrenamiento.
Cronos se incorporó.
—Lo siento.
—No es contigo con quien estoy enfadada.
Zeus suspiró.
—Fue una prueba.
—Entonces la próxima vez utiliza tu propia mente.
Cronos señaló a Atenea.
—Eso mismo dije yo.
Zeus lo miró.
—No dijiste eso.
—Lo pensé.
—Eso no cuenta.
Por un instante los tres rieron. Pero Atenea no olvidó la conversación. Y Zeus tampoco olvidó el resultado. Cronos podía encontrar una mente divina desde otra zona del castillo. Con precisión. Las pruebas continuaron. Al principio eran pequeñas. Cronos detenía una vela mientras la llama seguía ardiendo sin consumir la cera. Ralentizaba agua. Congelaba temporalmente una sola hoja de un árbol.
Escuchaba pensamientos a distintas distancias con permiso de voluntarios. Distinguía mentes humanas de divinas. Aprendía a mantener varias ventanas telepáticas abiertas simultáneamente. Zeus tomaba notas. Cronos se burlaba de él.
—Pareces científico.
Zeus levantó la mirada. Cronos también comprendió lo que acababa de decir. El ambiente cambió.
—No quise...
—Lo sé.
Zeus cerró el cuaderno.
—Terminamos por hoy.
Cronos lo miró sorprendido.
—¿En serio?
—Sí.
El muchacho sonrió.