Permaneció sentado junto a la ventana de su habitación durante horas, contemplando el Olimpo. El mismo Olimpo con el que había soñado mientras estaba encerrado bajo Londres. Ahora que finalmente estaba allí, no sabía si todavía podía llamarlo hogar. Zeus apareció al atardecer. No entró. Se quedó junto a la puerta abierta.
—Cronos.
El muchacho no respondió.
—¿Puedo pasar?
Aquella pregunta consiguió que girara la cabeza. Cronos lo observó con sus grandes ojos celestes.
—¿Ahora preguntas?
Zeus recibió el golpe sin defenderse.
—Sí.
Cronos volvió a mirar la ventana.
—Pasa.
Zeus entró. No se acercó demasiado. El silencio fue incómodo. Cronos tenía las rodillas contra el pecho. El anillo dorado permanecía en su dedo anular derecho y, ocasionalmente, alguno de los pequeños símbolos de Zeus brillaba sobre su superficie. El muchacho lo miró.
—¿Sabes qué es lo peor?
Zeus negó.
—Que yo quería esto.
La respuesta lo desconcertó.
—¿El qué?
Cronos hizo un gesto alrededor.
—Todo.
Miró la habitación.
—Quería una habitación con ventana.
Señaló hacia ella.
—La imaginaba cuando estaba encerrado.
Después miró el bosque.
—Quería caminar por ahí contigo.
Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.
—Quería desayunar contigo. Descubrir qué comías. Averiguar si eras insoportable por las mañanas.
Zeus casi sonrió. No pudo.
—Imaginé que discutiríamos — Cronos soltó una risa débil—Muchísimo.
—Eso sí está ocurriendo.
Cronos lo miró. Durante un instante apareció el muchacho bromista que había llegado al castillo.
—Sí.
Después bajó la mirada hacia el anillo. Y desapareció.
—Cuando estaba en la habitación donde nunca amanecía, no sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Zeus sintió que la cinta roja se calentaba. Cronos continuó:
—A veces pensaba que habían pasado unas horas. Después creía que eran días. Llegó un momento en que tuve miedo de olvidar cómo era un amanecer.
Zeus recordó el fragmento recibido a través del vínculo.
Cuando vengas, tú me dices qué hora es.
—Entonces inventé mañanas.
Zeus frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo?
—Hablando contigo — Cronos sonrió tristemente —Decidí que cuando te dijera buenos días sería de mañana. Y cuando te dijera buenas noches sería de noche.
Zeus no pudo apartar los ojos de él.
—Tú eras mi reloj.
Aquella frase lo destruyó un poco.
—Cronos...
—Déjame terminar —Zeus asintió —Necesito que entiendas esto — El muchacho respiró profundamente —Yo no estaba esperando que apareciera el rey del Olimpo para convertirme en su destructor. Estaba esperando a mi papá.
Zeus bajó la mirada.
—No sabía cómo eras. No sabía si eras amable, divertido, insoportable, arrogante...
—Probablemente las dos últimas.
Cronos soltó una pequeña risa.
—Probablemente — La sonrisa duró apenas un segundo —Pero te quería antes de conocerte.
Zeus levantó lentamente la cabeza. Cronos se secó una lágrima.
—Eso es lo que no entiendes — Su voz tembló —No necesitabas obligarme a quedarme — Zeus guardó silencio —Yo ya había elegido.
Cronos levantó el brazo derecho. La luz verde apareció.
—Esto fue mi elección.
Después señaló la cinta roja de Zeus.
—Y eso apareció porque yo seguí llamándote.
Finalmente levantó la mano marcada por el anillo.
—Pero esto...
El oro brilló.
—Esto no me preguntó nada.
Zeus dio un paso.
—Pensé que te protegía.
Cronos negó.
—Sigues diciendo eso.
—Porque es verdad.
—Entonces escucha otra verdad.
Cronos se levantó. Todavía estaba algo débil, pero esta vez permaneció firme.
—Yo quería quedarme contigo.
Zeus dejó de respirar. Cronos lo miró directamente.
—Quería vivir aquí — Una lágrima cayó —Quería que este fuera mi hogar — Otra lágrima —Quería aprender cómo era tener un padre.
Zeus sintió que la cinta roja ardía.
—Quería conocerte — La voz se quebró —Yo quería quedarme contigo.
Cronos levantó la mano donde estaba el anillo.
—Ahora ya no sé si me quedo porque quiero o porque tú puedes impedírme que me vaya.
Zeus quedó inmóvil. La frase pareció quedarse entre ambos. No había acusación más terrible. Porque Cronos no estaba diciendo que quisiera marcharse. Estaba diciendo algo mucho peor. Zeus había contaminado la elección de quedarse.
—Nunca te ordené que permanecieras aquí —dijo finalmente molesto.
Cronos cerró los ojos.
—No importa.
—Sí importa.
—No.
Lo miró nuevamente.
—Porque puedes hacerlo.
Zeus calló.
—Mañana podría decidir salir del Olimpo.
Cronos dio un paso hacia él.
—¿Me dejarías?
—Dependería de...
Cronos soltó una risa rota.
—Exactamente.
Zeus comprendió demasiado tarde.
—Si fuera peligroso...
—Para ti.
—Para ti.
—¿Quién decide eso?
Silencio. Cronos señaló el pecho de Zeus.
—Tú. Eso significa que mi libertad existe mientras coincida con lo que tú consideras correcto.
Zeus quiso responder. No encontró cómo.
—Eso no es libertad.
Cronos regresó junto a la ventana.
—Aión también me dejaba caminar algunas veces. Entre una sala y otra.
Zeus endureció la mandíbula.
—No soy Aión.
Cronos giró.
—Entonces demuéstramelo.
Los ojos de Zeus fueron directamente al anillo. Cronos lo vio.
—Exacto.
Zeus se acercó. Esta vez Cronos no retrocedió.
—¿Quieres irte?