El Último Poder Del Olimpo

El sexto destructor

Zeus llevaba tres días organizando la presentación oficial de Cronos ante el Olimpo.

Cronos llevaba tres días divirtiéndose con el hecho de que Zeus llevara tres días organizando algo que, según él, podía resolverse entrando en un salón y diciendo:

—Hola. Soy Cronos.

Aquella mañana, Zeus entró en la habitación de su hijo y lo encontró frente al espejo acomodándose la capa roja.

—¿Estás preparado?

Cronos lo miró a través del reflejo.

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—Habrá mucha gente.

—Lo sé.

—Dioses de prácticamente todos los dominios.

—Lo sé.

—Algunos harán preguntas.

—Lo sé.

—Otros probablemente...

Cronos giró.

—Papá.

Zeus calló. El muchacho se acercó y le acomodó el cuello de la ropa negra y verde.

—No voy a hacerte quedar mal.

Zeus arqueó una ceja.

—Eso era exactamente lo que me preocupaba.

Cronos sonrió.

—Mentiroso.

—¿Perdón?

—Estás pensando que esperas que ellos no me hagan sentir incómodo.

Zeus suspiró.

—Trampa paternal.

—Ventaja estratégica.

—Algún día voy a conseguir prohibir esa frase.

—Puedes intentarlo.

Cronos volvió hacia el espejo. Vestía completamente de negro debajo de su característica capa roja. Su cabello pelirrojo caía hasta los hombros y sus ojos celestes parecían especialmente claros aquella mañana. El reloj de bolsillo que Zeus le había regalado estaba sujeto discretamente a su ropa. Cronos lo tocó. Zeus lo notó.

—No tienes que demostrar nada hoy.

El muchacho levantó la mirada.

—Ya sé.

—No tienes que mostrar tus poderes.

—Ya sé.

—No tienes que responder preguntas que no quieras responder.

Cronos sonrió.

—Ya sé.

Zeus se acercó.

—Y si quieres marcharte...

—Puedo hacerlo.

—Sí.

Cronos sostuvo su mirada. Después sonrió con más calidez.

—Pero no quiero.

El gran salón del Olimpo estaba lleno. Dioses antiguos. Divinidades menores. Representantes de diferentes dominios. Seres que habían escuchado rumores durante semanas y querían comprobar con sus propios ojos quién era aquel misterioso sexto destructor. Algunos esperaban una criatura imponente. Otros imaginaban un guerrero. Otros habían escuchado suficiente sobre sus poderes como para esperar algo aterrador.

Por eso, cuando Cronos entró caminando junto a Zeus, hubo una primera reacción bastante uniforme. Confusión.

—¿Ese es?

—Parece un niño.

—¿Cuántos años tiene?

—Dicen que siglos.

—¿Ese es el que controla el tiempo?

—Es muy pequeño.

Cronos escuchó todo. Pensamientos incluidos. No reaccionó. Solo se acercó un poco más a Zeus. Y entonces vio a los otros.

Cinco. Los reconoció sin necesidad de presentaciones. No por sus rostros. Por lo que eran. Su esencia. Aquella vibración imposible de confundir.

Destructores.

Por primera vez en su larguísima existencia, Cronos estaba en una habitación con otros seres semejantes a él. Y aquello consiguió algo que ni siquiera Zeus esperaba. Cronos se volvió tímido. Atenea había llegado acompañada de Calíope.

Calíope era rubia, de ojos celestes, y llevaba en la muñeca la pulsera vinculada a Atenea. Observó a Cronos inmediatamente con enorme curiosidad. Artemisa estaba con las gemelas Lyra y Thalia. Lyra llevaba sus tonos verdes. Thalia, marrones. Ambas miraron al pequeño pelirrojo prácticamente al mismo tiempo.

Apolo se encontraba junto a Dámetor. El destructor de cabellos negros hasta los hombros y ojos violetas permanecía relajado junto a él. Su anillo era removible. Protección. Localización. Nada de control. Cronos lo reconoció inmediatamente. Lo había visto antes. No físicamente. En una visión. Y finalmente estaban Ares y Kael.

Kael vestía de negro y rojo. Sus cabellos rubios con mechones rojos y aquellos intensos ojos violetas lo hacían imposible de ignorar. Cronos se quedó mirando. Cinco. Había otros cinco además de él.

—No sabía que me iba a sentir así —susurró.

Zeus se inclinó.

—¿Cómo?

—Nervioso.

Zeus sonrió.

—Eso es normal.

—Puedo detener a todos los que están aquí.

—Eso no impide que puedas estar nervioso.

Cronos frunció el ceño.

—Es poco práctico.

—Bienvenido a las emociones.

Cronos decidió hacer algo. Ocultó completamente su esencia. No su presencia.No su vínculo. Su poder. Lo plegó dentro de sí mismo con una precisión extraordinaria hasta que apenas quedó rastro. Kael lo notó. Dámetor también. Las otras tres destructoras intercambiaron miradas. Ares frunció ligeramente el ceño. Apolo miró a Dámetor.

—¿Qué ocurre?

Dámetor sonrió.

—Se está escondiendo.

Cronos lo escuchó. Sus ojos se encontraron. Dámetor guiñó uno. Cronos apartó rápidamente la mirada.

—Está observándonos —murmuró Calíope.

Atenea sonrió.

—¿Y tú a él?

—Muchísimo.

—Compórtate.

—No estoy haciendo nada.

—Estás pensando en hacerle aproximadamente cuarenta preguntas.

Calíope pareció sorprendida.

—¿Cómo sabes?

—Te conozco.

Kael fue el primero que perdió la paciencia.

—Voy.

Ares lo miró.

—Kael.

—Solo voy a saludar.

—No lo abrumes.

Kael giró lentamente hacia él.

—¿Me estás dando instrucciones sobre cómo acercarme a otro destructor?

Ares levantó las manos.

—Retiro lo dicho.

—Excelente.

Kael caminó directamente hacia Cronos. El pelirrojo lo vio venir. Zeus también. Por puro reflejo paternal estuvo a punto de interponerse. No lo hizo. Kael se detuvo delante de Cronos. Lo observó. Cronos hizo lo mismo. Dos pares de ojos se estudiaron. Celestes. Violetas.

—Así que tú eres Cronos.

—Y tú Kael.

Kael sonrió.

—Ya sabes quién soy.

—Sé quiénes son todos.

—¿Telepatía?

Cronos inclinó ligeramente la cabeza.




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