El Último Poder Del Olimpo

El hijo que Zeus todavía no veía

Cronos dejó de discutir. Y Zeus tardó demasiado en comprender que aquello era mucho peor. Ya no protestaba por el anillo. No pedía que se lo quitara. No discutía sobre las pruebas. No preguntaba si podía salir del castillo. No intentaba convencerlo de nada.

Simplemente dejó de hablar. Al principio Zeus creyó que necesitaba tiempo..Después de todo, ambos habían atravesado días emocionalmente agotadores. Tal vez Cronos necesitaba estar solo, ordenar sus pensamientos y acostumbrarse a una vida que había cambiado demasiado rápido. Así que Zeus respetó su silencio. O creyó respetarlo. El primer día, Cronos desayunó apenas una fruta. El segundo, dejó casi intacto el pan. El tercero, ni siquiera apareció hasta que Zeus mandó preguntar si se encontraba bien.

—Estoy bien —respondió.

Dos palabras. Nada más. Zeus comenzó a extrañar cosas absurdas. Las quejas.bLas preguntas.bLas bromas. Los robos descarados de dulces acompañados de defensas jurídicas completamente inventadas.bExtrañaba entrar en una habitación y escuchar:

—Papá, tengo una pregunta.

Aunque aquellas palabras casi siempre fueran seguidas por alguna cuestión imposible.

¿Qué pasa si detengo un rayo justo antes de que toque el suelo?

¿Los dioses sienten cosquillas?

¿Puedes crear una tormenta dentro de una habitación?

¿Qué edad tenías cuando descubriste que eras insoportable?

Zeus había llegado incluso a responder esa última:

—Probablemente antes de que tú nacieras.

Cronos había reído durante varios minutos. Ahora no preguntaba nada. También dejó de explorar. Eso alarmó a Zeus.vEl muchacho que había sobrevivido imaginando ventanas ya no se detenía ante ellas. El niño que había querido conocer el bosque ya no bajaba a los jardines. El destructor capaz de escuchar centenares de mentes mantenía sus barreras completamente cerradas. Y aquel ser inmortal que había esperado durante siglos para encontrar un hogar pasaba casi todo el día dentro de su habitación. La puerta permanecía abierta. Siempre.

Aquello debería haber tranquilizado a Zeus. No lo hizo. Porque Cronos no necesitaba una puerta cerrada. Llevaba la prisión en el dedo. Una mañana Zeus lo encontró sentado en el alféizar.

—¿Quieres salir?

Cronos miró hacia el bosque.

—No.

—Podríamos caminar.

—No hace falta.

—Hace varios días que no sales.

—Estoy bien.

Zeus respiró.

—Podríamos entrenar.

Cronos se tensó. Solo un poco. Pero Zeus lo vio.

—No tienes que utilizar ningún poder.

—Entonces no sería entrenamiento.

—Podría enseñarte los míos.

Cronos lo miró. Durante un instante apareció curiosidad. La antigua chispa.

—¿Tus rayos?

Zeus sonrió.

—Mis rayos.

Cronos casi sonrió. Entonces sus ojos descendieron involuntariamente hacia el anillo. La chispa desapareció.

—Otro día.

Zeus sintió una punzada.

—Cronos...

—Estoy cansado.

—Siempre estás cansado últimamente.

—Entonces quizá necesito dormir.

Se levantó. Zeus comprendió que estaba terminando la conversación.

—¿Comiste?

—Sí.

—La ninfa que llevó tu desayuno dijo que apenas tocaste...

Cronos se volvió.

—¿También controlas eso?

Zeus quedó callado. El muchacho se arrepintió inmediatamente.

—Perdón.

Aquello dolió todavía más. Cronos jamás se disculpaba por una respuesta sarcástica. Antes habría añadido otras tres. Ahora simplemente dijo:

—No tengo mucha hambre.

Y se acostó. Zeus salió. La puerta quedó abierta. Caminó por el corredor lentamente. Todo estaba bajo control. Cronos estaba allí. Seguro. Protegido. Localizable mediante el anillo. Zeus podía sentir exactamente dónde estaba. Podía limitar sus poderes. Podía detenerlo si intentaba marcharse. Podía obligarlo a obedecer en una emergencia. Había conseguido todo aquello que había considerado necesario. Entonces ¿por qué sentía que había perdido? Durante la cena la respuesta se hizo insoportablemente evidente. Cronos estaba sentado frente a él.

Zeus había pedido que prepararan los pequeños pasteles de miel. Los favoritos del muchacho. Colocaron una bandeja entera entre ambos. Cronos ni siquiera la miró. Zeus tomó uno.

—¿No vas a intentar robarme ninguno?

Cronos levantó la mirada.

—Son tuyos.

Zeus sintió un vacío en el pecho.

—Nunca te importó eso.

—Ahora sí.

—Cronos, era una broma.

—Lo sé.

Silencio.

—Puedes comerlos.

—No tengo hambre.

Zeus dejó el pastel.

De repente tampoco él tenía hambre.

—Háblame.

Cronos parpadeó.

—¿De qué?

—De cualquier cosa.

—No sé.

—Antes siempre sabías.

El muchacho bajó la mirada.

—Antes hablaba demasiado.

—Me gustaba.

Cronos jugueteó con el tenedor.

—Puedes leer.

—¿Qué?

—Mientras comes. Antes leías documentos.

Zeus recordó los primeros desayunos. Él leyendo. Cronos hablando sin descanso. Interrumpiéndolo. Robándole comida. Preguntándole la hora aunque hubiera un reloj delante solo porque disfrutaba escuchando la respuesta. Zeus apartó los documentos que tenía junto al plato.

—No quiero leer.

Cronos asintió. Y volvió el silencio. Zeus lo soportó menos de un minuto.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No.

—Preferiría que lo estuvieras.

Cronos levantó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque al menos me hablarías.

El muchacho lo observó largamente.

—Ya te dije todo.

Aquello fue peor que cualquier grito.

—No todo.

—Sí.

—Entonces dímelo otra vez.

Cronos negó.

—¿Para qué?

Zeus se quedó inmóvil.

—Porque quiero entenderte.

—Ya entendiste — Cronos miró el anillo —Simplemente no estás de acuerdo.

Zeus abrió la boca. No encontró cómo contradecirlo. Cronos se levantó.




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