El Último Poder Del Olimpo

Papá no puede leer mentes

Zeus había aprendido a convivir con muchas realidades incómodas. Cronos podía detener el tiempo. Podía ralentizarlo. Podía crear espacios donde cinco minutos se convertían en horas. Podía escuchar pensamientos. Podía implantar ideas. Y, además, poseía una capacidad extraordinaria para utilizar poderes capaces de alterar el orden de la realidad con el único propósito de robar pasteles.

Sin embargo, había una injusticia que Zeus consideraba absolutamente intolerable. Cronos podía leerle la mente. Él no podía leer la de Cronos.

—Esto está desequilibrado —declaró una mañana.

Cronos continuó desayunando.

—¿Qué cosa?

—Nuestra relación.

El muchacho levantó lentamente la mirada.

—Esa frase suena preocupante.

—Tú sabes lo que estoy pensando.

—A veces.

—Yo no sé lo que tú estás pensando.

Cronos sonrió.

—Ese es un problema tuyo.

Zeus entrecerró los ojos.

—Exactamente esa actitud.

Todo había comenzado una hora antes. Zeus entró en el comedor y encontró a Cronos sentado junto a Cástor y Pólux. Los tres estaban demasiado tranquilos. Zeus se detuvo. Aquello era una señal inequívoca de peligro.

Hicieron algo.

Cronos levantó la mirada inmediatamente.

—No.

Zeus frunció el ceño.

—No dije nada.

—No hacía falta.

Cástor miró a Pólux. Pólux miró a Cástor. Zeus señaló a Cronos.

—No leas mi mente.

—No la estaba leyendo.

—Acabas de responder un pensamiento.

—Piensas muy fuerte.

—Eso no existe.

—Contigo sí.

Zeus se sentó. Observó a sus tres hijos. Cronos comía pan con miel. Cástor bebía jugo. Pólux parecía fascinado por una naranja. Demasiado fascinado.

Definitivamente hicieron algo.

—No —repitió Cronos.

—¡Deja de hacer eso!

—¡Entonces deja de pensar tan fuerte!

Cástor se tapó la boca. Pólux miró hacia otro lado. Zeus los señaló.

—Y ustedes dos dejen de reírse.

—No nos estamos riendo —dijo Cástor.

—Todavía —añadió Pólux.

Zeus cerró los ojos.

Voy a averiguar qué hicieron.

Cronos tomó tranquilamente su taza.

—Suerte.

—¡CRONOS!

—¿Qué?

—¡Eso fue deliberado!

El muchacho sonrió.

—Quizá.

Zeus golpeó suavemente la mesa con un dedo.

—Esto constituye trampa paternal.

Silencio. Cástor soltó una carcajada. Pólux casi se atragantó. Cronos miró a su padre con absoluta seriedad.

—¿Trampa paternal?

—Sí.

—¿Acabas de inventar ese concepto?

—Sí.

—Se nota.

Zeus se inclinó hacia delante.

—Un padre debería tener una posibilidad razonable de descubrir las travesuras de sus hijos.

—La tienes.

—No contigo.

—Observa mejor.

—¡Puedes saber lo que voy a preguntar antes de que lo pregunte!

Cronos se encogió de hombros.

—Ser hijo del rey del Olimpo exige ventajas estratégicas.

Cástor golpeó la mesa.

—¡Exactamente!

Pólux levantó su vaso.

—Apoyo esa doctrina.

Zeus los miró.

—Por supuesto que la apoyan. Ustedes son los principales beneficiarios.

Cronos sonrió dulcemente.

—La familia debe permanecer unida.

—No durante interrogatorios.

Zeus decidió cambiar de estrategia.

No pensaría directamente en la travesura. Pensaría en otra cosa.

Montañas.

Cronos lo miró.

Océanos.

Cronos arqueó una ceja.

Una cabra.

Cronos dejó de comer.

Una cabra sobre una montaña mirando el océano.

—Papá, ¿estás bien?

—Perfectamente.

La cabra se llama Agamenón.

Cronos comenzó a reír.

—¡Eso no vale!

Zeus señaló triunfalmente.

—¡TE ATRAPÉ!

—¿Haciendo qué?

—Leyéndome.

—Estabas pensando deliberadamente en una cabra llamada Agamenón.

Cástor frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Era una maniobra.

Pólux negó lentamente.

—Papá está perdiendo la razón.

—¡Estoy intentando descubrir qué hicieron!

Cronos respiró profundamente.

—Está bien.

Cerró los ojos.

—Voy a cerrar completamente mis barreras.

Zeus sospechó.

—¿De verdad?

—Sí.

La mente de Cronos desapareció para él aunque Zeus nunca había podido verla de todos modos. Eso lo irritó todavía más.

—¿Cómo sé que las cerraste?

Cronos abrió los ojos.

—No puedes.

—Exactamente.

—Confianza, papá.

Zeus se quedó mirándolo. Cronos sonrió.

—¿Ves qué molesto resulta cuando no puedes controlar algo?

Silencio. Cástor y Pólux dejaron inmediatamente de reír. Cronos también perdió parte de la sonrisa. Había sido una broma. Pero los cuatro comprendieron la profundidad accidental de aquella frase. Zeus sostuvo la mirada de su hijo. Después asintió.

—Sí.

Cronos parpadeó. Zeus tomó café.

—Y supongo que me viene bien recordarlo.

La expresión de Cronos se suavizó.

—Bien.

Pólux levantó una mano.

—¿Podemos regresar a la parte de la cabra?

—No —respondieron los otros tres.

Zeus decidió investigar por métodos tradicionales. Primero revisó el comedor. Nada. Después el salón. Nada. Biblioteca. Nada. Cronos caminaba detrás de él.

—¿Por qué me sigues?

—Quiero ver cuánto tardas.

—Eso implica que efectivamente hicieron algo.

Cronos sonrió.

—No necesariamente.

Zeus pensó:

Voy a revisar mi despacho.

Cronos giró inmediatamente.

—Voy a la cocina.

Zeus se detuvo.

—¡Ajá!

Cronos también.

—¿Qué?

—Pensé en mi despacho y tú inmediatamente intentaste irte.

—Tengo hambre.

—Acabas de desayunar.

—Estoy creciendo.

—¡TIENES SIGLOS!

—Biológicamente es complicado.

Zeus salió disparado hacia su despacho. Cronos corrió detrás.

—¡Papá!

—¡NO ME DISTRAIGAS!

—¡No estoy haciendo nada!

—¡ESO ES EXACTAMENTE LO QUE DIRÍA ALGUIEN QUE HIZO ALGO!




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