El Último Poder Del Olimpo

El pequeño que podía detener a los dioses

La presentación oficial de Cronos debía haber terminado.

Ese había sido, al menos, el plan de Zeus. Presentarlo. Explicar su vínculo. Permitir que conociera a los demás destructores. Sobrevivir a las preguntas. Regresar al castillo. Cenar tranquilamente con sus hijos. Un plan razonable. Sencillo. Perfectamente digno del rey del Olimpo.

El problema era que ahora había seis destructores juntos en el mismo salón. Y seis destructores juntos no parecían especialmente interesados en respetar planes razonables. Todo comenzó con Dámetor.

—Quiero probar algo.

Apolo cerró los ojos.

—No.

Dámetor lo miró.

—Todavía no sabes qué quiero hacer.

—Precisamente por eso digo que no.

Kael apareció a su lado.

—Yo quiero verlo.

Ares suspiró.

—Eso empeora considerablemente la situación.

Cronos estaba sentado sobre el borde de una mesa comiendo un pequeño pastel.

—¿Qué quieres probar?

Dámetor sonrió.

—Tu control temporal.

Zeus giró inmediatamente.

—No.

Cronos miró a su padre.

—Papá.

—No.

—Ni siquiera sabes qué quiere hacer.

—He aprendido de Apolo.

Apolo levantó su copa hacia él.

—La experiencia.

Dámetor señaló varios objetos sobre una mesa cercana.

—Nada peligroso.

Había tres copas vacías, dos libros, varias frutas y una pequeña estatua decorativa.

—Los levanto con telequinesis.

Cronos mordió el pastel.

—Bien.

—Y tú intentas detenerlos.

—Bien.

Dámetor parpadeó.

—¿Eso es todo?

Cronos tragó.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Una explicación.

—Tú levantas. Yo detengo.

Kael comenzó a reír.

—Me gusta su método.

Zeus se acercó.

—Sin destruir nada.

Dámetor levantó una ceja.

—¿Me lo dices a mí o a él?

—A los seis.

Lyra protestó:

—¡Nosotras no hicimos nada!

—Todavía —añadió Thalia.

Zeus la señaló.

—Exactamente.

La noticia de que los destructores iban a hacer una pequeña demostración se propagó por el salón. Los dioses comenzaron a acercarse. Atenea se situó junto a Calíope. Artemisa permaneció con las gemelas. Apolo observó a Dámetor. Ares cruzó los brazos junto a Kael. Hefesto se aproximó inmediatamente. Hermes también.

Poseidón permaneció a cierta distancia, aunque claramente interesado. Dioniso tomó otra copa.

—Esto requiere vino.

Zeus lo miró.

—Todo requiere vino para ti.

—Finalmente entiendes mi filosofía.

Dámetor se colocó frente a la mesa. Cronos permaneció sentado.

—¿No vas a levantarte? —preguntó Dámetor.

—No.

—Hermanito, intenta tomártelo en serio.

Cronos entrecerró los ojos.

—Tengo siglos.

—Sí.

—Deja de llamarme hermanito.

—No.

Cronos terminó el pastel.

—Ahora voy a humillarte.

Dámetor sonrió.

—Eso quiero verlo.

Apolo murmuró:

—Acabas de provocarlo.

—Lo sé.

—¿Por qué?

—Porque es divertido.

Los ojos violetas de Dámetor brillaron. Los objetos comenzaron a elevarse. Una copa. Dos. Tres. Los libros. Las frutas. La pequeña estatua. Después comenzaron a girar alrededor de él. Dámetor tenía un control extraordinario. Hizo que los objetos aceleraran. Una manzana pasó sobre la cabeza de Cronos.

—¿Preparado?

Cronos inclinó ligeramente la cabeza.

—Sí.

Dámetor incrementó la velocidad. Cronos levantó un dedo. Y todo quedó inmóvil. Dámetor no. Cronos tampoco. Los objetos. La telequinesis continuaba actuando sobre ellos. Dámetor podía sentirla. Su poder seguía empujando. Pero el movimiento no existía.

—Espera.

Dámetor frunció el ceño. Aumentó la fuerza. Nada. Sus ojos violetas brillaron con mayor intensidad. La manzana permaneció exactamente donde estaba.

—¿Qué hiciste?

Cronos respondió con tranquilidad:

—Detuve el movimiento dentro del tiempo.

Dámetor parpadeó.

—¿Mi telequinesis sigue funcionando?

—Sí.

—Pero los objetos no pueden desplazarse.

—Exactamente.

Apolo dejó lentamente la copa sobre la mesa. Atenea miró a Calíope. Hefesto dio un paso adelante.

—No bloqueó el poder.

—No —respondió Dámetor, todavía concentrado—. Lo siento perfectamente.

Cronos sonrió.

—Puedes empujar todo lo que quieras.

Dámetor lo hizo. Nada.

—Eso es irritante.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igual.

Cronos chasqueó los dedos. El tiempo de los objetos volvió a correr. Toda la energía telequinética acumulada intentó impulsarlos simultáneamente. Dámetor abrió mucho los ojos.

—¡Cronos!

El pelirrojo volvió a congelarlos antes de que salieran disparados. Kael se dobló de risa.

—¡Suéltalos despacio!

—Ah.

Cronos disminuyó gradualmente la distorsión. Los objetos descendieron suavemente. Dámetor lo miró.

—Definitivamente hermanito.

—¡¿QUÉ TIENE QUE VER ESO?!

—Nada.

Kael dio un paso adelante.

—Mi turno.

Ares lo miró.

—No abras nada hacia otra dimensión.

—No pensaba hacerlo.

—Kael.

—Un portal pequeño.

—¿Hacia dónde?

Kael señaló el otro extremo del salón.

—Allí.

Ares consideró la propuesta.

—Bien.

Cronos se bajó de la mesa. Ahora estaba interesado.

—Nunca vi cómo formas uno.

Kael sonrió.

—Mira.

Extendió una mano. El espacio comenzó a deformarse. Una línea violeta y roja apareció en el aire. Se abrió. La realidad pareció separarse como una cortina. Al otro lado comenzaba a verse la columna situada a veinte metros de distancia. Cronos observó fascinado.

—Qué bonito.

Kael pareció encantado.

—Gracias.

—¿Puedo?

Kael hizo un gesto.

—Intenta.

Cronos levantó la mano. El portal se detuvo. A mitad de formación. No se cerró. No terminó de abrirse. Simplemente quedó suspendido en un estado imposible. Mitad espacio normal.Mitad conexión Kael dejó de sonreír.




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