Pero los vínculos complicaban las reglas. Y aquella noche Zeus estaba pensando demasiado fuerte. Habían cenado juntos. No había sido una cena particularmente agradable, pero tampoco terrible. Cronos incluso había hecho un par de bromas. Zeus había fingido indignación cuando descubrió que faltaba la mitad de los pequeños pasteles de miel que habían dejado sobre la mesa.
—No fui yo.
—Cronos.
—No puedes acusarme sin pruebas.
—Tienes azúcar en la cara.
Cronos se limpió rápidamente.
—Evidencia circunstancial.
Zeus había reído. Durante unos minutos todo había parecido normal. Casi como aquellas escenas que Cronos había inventado durante su cautiverio. Padre. Hijo. Una mesa. Una discusión absurda. Nada más. El anillo seguía allí. Pero Cronos había conseguido olvidarlo durante veinte minutos. Aquello ya parecía una victoria. Después Zeus se retiró a su despacho. Cronos fue a su habitación. Intentó leer. No pudo. Se acercó a la ventana. El Olimpo estaba oscuro y tranquilo. La luna iluminaba el bosque.
Cronos apoyó los brazos sobre el alféizar. Pensó que quizá al día siguiente convencería a Zeus para caminar juntos. Sin pruebas. Sin poderes. Sin preguntas. Solo caminar. Sonrió. Entonces escuchó:
Un ejército detenido antes de cruzar la frontera.
Cronos se quedó inmóvil. La frase no había llegado por sus oídos. Había aparecido directamente en su cabeza. Parpadeó.
—¿Qué...?
Sus barreras estaban levantadas. Las comprobó. Una. Dos. Tres. Todas. Entonces sintió la cinta verde. Brillaba. Y, en alguna parte del castillo, la cinta roja respondía. Cronos comprendió.
—Zeus.
No estaba leyendo deliberadamente su mente. El vínculo estaba transmitiendo algo. Algo demasiado intenso para permanecer completamente contenido. Cronos intentó cerrar aquella conexión. Pero llegó otro pensamiento.
Si ralentizara solamente el frente enemigo, nuestras fuerzas conservarían movilidad completa.
Cronos palideció.
No.
Se apartó de la ventana.
—No quiero escuchar.
Levantó una barrera adicional. Otra. Otra más. Nada. Porque el pensamiento no estaba entrando desde fuera. Llegaba por el mismo camino que Cronos había mantenido abierto desde Londres. El camino de Zeus. El camino de papá. Otro fragmento. Un mapa. Tropas. Montañas. Divinidades hostiles. Cronos vio todo durante un instante a través de la mente de Zeus. No era una guerra real. Todavía. Era una hipótesis. Un ejercicio estratégico. Pero él estaba dentro.
Cronos podría detener el sector occidental.
El muchacho dejó de respirar.
—No.
Otra imagen. Cronos en el centro de un campo de batalla. Tiempo inmóvil. Miles de enemigos detenidos. Zeus avanzando entre ellos.
Incluso treinta segundos serían suficientes.
—No.
Cronos apretó las manos contra sus sienes.
—No quiero escuchar esto.
Pero Zeus continuaba pensando. No sabía que estaba siendo escuchado. Precisamente por eso era peor.
La telepatía permitiría detectar infiltrados antes de que actuaran.
Cronos cerró los ojos.
Podría escuchar comandantes enemigos a distancia.
—Basta.
Implantar una orden simple quizá evitaría una batalla completa.
Cronos sintió náuseas.
Si puede hacerlo con dioses...
Abrió los ojos. Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
—Basta.
En el despacho, Zeus estaba frente a una mesa. Había mapas extendidos. Informes antiguos. Documentos relacionados con conflictos que llevaban décadas contenidos. No estaba planeando una invasión. Ni siquiera pensaba utilizar a Cronos inmediatamente. Para Zeus aquello era estrategia. Evaluación. Posibilidades. El rey del Olimpo llevaba milenios pensando así. Conocía un poder. Evaluaba su utilidad. Descubría un recurso. Calculaba cómo incorporarlo. Era casi automático. Y precisamente por eso resultaba tan terrible. Cronos volvió a escuchar.
Su capacidad podría cambiar por completo la defensa del Olimpo.
Silencio. Después:
Ningún ejército podría sorprendernos mientras él estuviera aquí.
Cronos sintió que algo dentro de él se rompía. No porque Zeus quisiera proteger el Olimpo. Eso podía entenderlo. Lo que no podía soportar era aquella palabra invisible que estaba detrás de todos los pensamientos.
Utilizar.
Cronos miró el anillo. Ahora comprendía algo nuevo. Zeus no lo había colocado únicamente porque temiera perderlo. Lo había colocado porque necesitaba asegurarse de que aquel poder estuviera disponible. El muchacho sintió un frío terrible.
—Yo quería ser tu hijo — Su voz tembló —No tu ventaja militar.
La conexión mental se cortó. Cronos había levantado tantas barreras que finalmente consiguió bloquear incluso los fragmentos transmitidos accidentalmente por el vínculo. El silencio regresó. Pero ya había escuchado suficiente. No supo cuánto tiempo permaneció quieto. Después salió de su habitación. Caminó por los corredores. Descalzo. Todavía vestido con la ropa negra y roja que utilizaba para dormir. Las ninfas que lo vieron pasar intentaron saludarlo. Cronos no respondió.
Llegó hasta el despacho. La puerta estaba entreabierta. Empujó. Zeus levantó la cabeza.
—Cronos.
El muchacho miró la mesa. Mapas. Exactamente los que había visto. Su corazón se hundió. Zeus cerró uno de los documentos.