El Último Poder Del Olimpo

El anillo del rey

Cronos volvió a dormirse poco después. No fue un sueño tranquilo, sino el derrumbe inevitable de un cuerpo que había resistido demasiado. Apenas tuvo fuerzas para acomodarse entre las mantas antes de que sus ojos celestes se cerraran otra vez.

Zeus permaneció sentado junto a la cama. Durante un largo rato se limitó a observarlo. El viento entraba por la ventana abierta. Movía suavemente los largos cabellos rojos extendidos sobre la almohada y hacía ondear las cortinas. Afuera, el Olimpo resplandecía bajo un cielo limpio. Cronos estaba a salvo. Eso debería haber sido suficiente. Pero para Zeus no lo fue. La cinta roja continuaba brillando sobre su mano derecha. Zeus la contempló.

Había algo extraordinariamente poderoso en saber que aquel vínculo lo unía a Cronos. Sin embargo, también había algo que lo inquietaba El vínculo era voluntario. Podía fortalecerse. Podía debilitarse. Y, en teoría, Cronos podía marcharse. Aquella última posibilidad se instaló en la mente del dios como una espina. Zeus recordó todo cuanto había descubierto sobre él.

Cronoquinesis. Telepatía. Implantación de ideas. Manipulación de ciclos temporales.

Tal vez incluso capacidad para detener a seres divinos. Un poder semejante no podía simplemente caminar por el mundo sin protección. Eso fue lo primero que Zeus se dijo.

Protección.

Una palabra cómoda. Razonable. Peligrosamente cómoda. Se levantó. Caminó hasta un antiguo mueble situado en un extremo de la habitación y abrió uno de sus cajones. Dentro había pequeños objetos divinos que ya casi nunca utilizaba. Sellos. Medallones. Reliquias. Joyas creadas siglos atrás. Zeus pasó los dedos entre ellas. Hasta encontrar un anillo. Era de oro. Sencillo a primera vista, pero grabado con pequeños símbolos que le pertenecían exclusivamente: el rayo, el cielo y una diminuta corona. Zeus lo sostuvo entre los dedos. Un objeto de autoridad divina. Un sello del rey del Olimpo.

—Solo hasta que se recupere —murmuró.

Cronos continuó durmiendo.

—Hasta que comprenda sus poderes. Hasta que pueda protegerse.

Otra justificación.

—Hasta que yo sepa que está seguro.

El anillo brilló. Zeus cerró la mano alrededor de él. No se permitió formular el pensamiento verdadero.

Hasta que esté seguro de que no puede irse.

Regresó junto a la cama. Cronos dormía de lado. Su mano derecha descansaba fuera de las mantas. Sobre ella brillaba el vínculo verde. Libre. Zeus debería haber visto la contradicción. No la vio. Tomó cuidadosamente la mano del muchacho. Cronos no despertó. Zeus miró su dedo anular. Dudó. Solo un instante. Después deslizó el anillo de oro. La reacción fue inmediata. Los símbolos se iluminaron. Una descarga dorada recorrió el dedo de Cronos, atravesó su mano y se extendió brevemente por el brazo. El muchacho se estremeció en dormido.

Zeus estuvo a punto de quitarlo. Pero entonces sintió la conexión. No era como el vínculo rojo y verde. Aquello era diferente. El vínculo entre ellos parecía una puerta abierta por ambos lados. El anillo era una cerradura. Y Zeus tenía la llave. Sintió la presencia de Cronos. Su ubicación. Su energía. Incluso la posibilidad, todavía difusa, de imponer determinadas órdenes a través de la joya. Zeus se quedó inmóvil. No había esperado que funcionara con tanta intensidad.

—Extraordinario...

La palabra escapó antes de que pudiera evitarla. Cronos se movió. Zeus soltó su mano. El niño no despertó.Durante unos segundos, Zeus sintió incomodidad. Podía quitarlo. Todavía estaba a tiempo. Cronos jamás tendría que saberlo. Pero entonces recordó el laboratorio. Los hombres que lo habían perseguido. El poder de Aión. Las organizaciones humanas que podrían intentar encontrarlo en el futuro. Los dioses que, al descubrir la existencia del sexto destructor, quizá intentarían acercarse a él. Zeus endureció la expresión.

—No permitiré que nadie vuelva a llevárselo.

Y dejó el anillo donde estaba. Cronos despertó varias horas después. Lo primero que vio fue el cielo. La ventana seguía abierta. Una luz cálida entraba en la habitación. Cronos sonrió.

—Sigue siendo de día...

Después recordó que ahora podía preguntar. Giró la cabeza. Zeus estaba junto a una mesa, revisando unos documentos.

—¿Qué hora es?

El dios levantó la mirada.

—Casi las cuatro.

Cronos sonrió más.

—Cuatro.

Zeus lo observó con ternura.

—¿Te hace feliz saberlo?

—Muchísimo.

Cronos se incorporó lentamente.

—Son las cuatro. Estoy en el Olimpo. Hay una ventana. Aión desapareció.

Enumeró cada cosa como si necesitara asegurarse de que seguía siendo real.

—Y tú estás ahí.

Zeus sonrió.

—También.

Cronos bajó la mirada hacia sus manos. Y la sonrisa desapareció. Vio el oro. Durante un segundo no comprendió. Giró la mano. Un anillo. En su dedo anular derecho. Cronos frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

Zeus dejó los documentos.

—Cronos...

El muchacho tocó la joya. Los símbolos brillaron. Su rostro cambió. La telepatía no necesitó activarse. Su naturaleza reconoció inmediatamente la magia.

—¿Qué es esto?

Esta vez la pregunta fue diferente. Zeus se acercó.

—Es un sello de protección.

Cronos dejó de respirar.

Protección.

Aquella palabra. La había escuchado antes. En Londres.

Lo hacemos para protegerte.

Es por tu seguridad.

Necesitamos controlar las variables.

Cronos agarró el anillo. Tiró. No se movió. Parpadeó. Volvió a intentarlo. Nada.

—Cronos.

Tiró con más fuerza.

—No sale.

Zeus se detuvo. Cronos giró el anillo . Intentó deslizarlo. Nada.

—No sale.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Quítamelo.

Zeus no respondió inmediatamente. Ese silencio fue suficiente. Cronos levantó los ojos.




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