—¿Qué demonios...?
—¿Qué le pusiste?
No hubo saludo. No hubo reverencia. Ni siquiera el habitual padre. Atenea avanzó hasta el escritorio. Zeus frunció el ceño.
—¿De qué estás hablando?
—De Cronos.
Eso bastó. Atenea lo había visto aquella mañana. El muchacho estaba sentado en uno de los jardines interiores, solo, mirando sus manos. Ella se había acercado con intención de disculparse por haber permitido que Zeus utilizara su mente en aquella primera prueba. Entonces vio el anillo. O, más exactamente, sintió su magia. Autoridad divina. Obediencia. Restricción. Zeus. Atenea había necesitado menos de un minuto para comprender. Y había necesitado todavía menos para enfurecerse.
—Es un sello de protección —dijo Zeus.
Atenea lo miró fijamente.
—No vuelvas a llamarlo así delante de mí.
Zeus se levantó.
—Cuida tu tono.
—Cuida tú tus actos.
El aire del despacho se tensó.
—Atenea.
—¿Puede quitárselo?
Silencio.
—Te hice una pregunta.
—No.
—¿Puede marcharse si tú decides que no?
Zeus apretó la mandíbula.
—No necesariamente.
—¿Puedes obligarlo a utilizar sus poderes?
Otro silencio.
Los ojos de Atenea se endurecieron.
—¿Lo has hecho?
Zeus apartó la mirada. Eso fue suficiente.
—Por todos los dioses...
Atenea caminó unos pasos hacia atrás.
—Lo hiciste.
—No entiendes la situación.
—La entiendo perfectamente.
—No, no la entiendes.
Zeus rodeó el escritorio.
—Cronos puede detener el tiempo. Puede entrar en mentes divinas. Puede implantar pensamientos. Creó un bucle temporal estando debilitado. Ni siquiera sabemos cuál es el límite real de su poder.
—¿Y?
Zeus la miró incrédulo.
—¿Cómo que “y”?
—¿Cuál de esas cosas te da derecho a marcarlo?
—No lo marqué.
Atenea señaló hacia el corredor.
—Tiene un objeto mágico imposible de retirar que transmite tus órdenes directamente a él. Lo marcaste.
Zeus endureció el rostro.
—Lo estoy protegiendo.
Atenea soltó una carcajada seca.
—Perfecto.
Zeus frunció el ceño.
—¿Qué tiene de gracioso?
—Nada.
La diosa se acercó.
—Solo estaba recordando que Aión utilizaba exactamente esa palabra.
El rostro de Zeus cambió.
—No vuelvas a compararme con ellos.
—Entonces deja de comportarte como ellos.
Un trueno sacudió el cielo. Atenea ni siquiera parpadeó.
—¡YO LO RESCATÉ DE ELLOS!
—Sí.
—¡Destruí Aión!
—Sí.
—¡Liberé a sus prisioneros!
—Sí.
—¡Lo traje aquí!
—Sí.
Atenea esperó.
—¿Y después? — Zeus calló —Vamos, padre. Termina la historia — Su voz era glacial —Lo rescataste de unos humanos que querían controlar su poder. Lo trajiste a tu castillo. Esperaste a que se durmiera.
Los ojos de Zeus se ensombrecieron.
—Y le pusiste un objeto que te permite controlar su poder.
El trueno siguiente hizo vibrar los cristales.
—¡NO ES LO MISMO!
Atenea golpeó el escritorio con ambas manos.
—¡PARA CRONOS SÍ!
Silencio. Zeus quedó inmóvil.
—Eso es lo único que parece que todavía no entiendes.
Atenea señaló hacia las habitaciones del muchacho.
—Tú sabes cuáles son tus intenciones. Cronos vive las consecuencias.
Zeus respiraba con dificultad.
—Jamás experimentaría con él.
—Ya lo hiciste.
—¡No!
—¿Le ordenaste detener el tiempo?
Zeus calló.
—¿Le pediste leer pensamientos?
Silencio.
—¿Utilizaste el anillo cuando se negó?
Zeus apretó los puños. Atenea asintió.
—Entonces experimentaste con él.
—Quería conocer sus capacidades.
—Aión también.
—¡Para proteger el Olimpo!
—Ellos tenían sus justificaciones.
—¡Querían dominar el mundo!
—Y tú quieres garantizar que el ser más poderoso que has conocido permanezca bajo tu autoridad.
La frase cayó como un hacha. Zeus avanzó. El cielo rugió.
—Estás cruzando un límite.
Atenea sostuvo la mirada de su padre.
—Alguien tiene que hacerlo.
—No sabes lo que significa ser responsable del Olimpo.
—Sé perfectamente lo que significa.
—Si Cronos perdiera el control...
—Entonces lo ayudaríamos.
—Si alguien volviera a secuestrarlo...
—Lo rescataríamos.
—Si decidiera marcharse...
Atenea se detuvo. Ahí estaba. Zeus también lo comprendió. La verdadera raíz.
—Ah.
Atenea bajó la voz.
—Finalmente.
Zeus desvió la mirada.
—No sabes de qué hablas.
—Tienes miedo de que se vaya.
—Tiene enemigos.
—Tienes miedo de que se vaya.
—Es vulnerable.
—Tienes miedo de que se vaya.
—¡ES MI RESPONSABILIDAD!
—¡ES TU HIJO!
Silencio absoluto. Hasta la tormenta pareció detenerse. Zeus la miró.
—No...
Pero la palabra no encontró continuación. Atenea respiró profundamente.
—Eso es lo que él quiere ser.
Su voz ya no era agresiva. Era peor. Era triste.
—Eso es lo que lleva queriendo desde antes de conocerte.
Zeus sintió arder la cinta roja.
—Lo sé.
—No — Atenea negó —Si realmente lo supieras, ese anillo ya no existiría.
Zeus caminó hacia la ventana.
—No puedes comprender lo que sentí cuando lo encontré.
—Entonces explícamelo.
—Estaba destruido.
Su voz descendió.
—Era... pequeño.
Atenea guardó silencio.
—Me miró como si me conociera desde siempre.
Zeus observó su mano. La cinta roja apareció.
—Me llamó papá. Y se desmayó en mis brazos.
Atenea vio cambiar el rostro de su padre. Ya no estaba viendo al rey.
—Pensé que llegaba demasiado tarde.
Zeus tragó saliva.
—Y después descubrí todo lo que podía hacer.