El Último Poder Del Olimpo

Cástor y Pólux conocen al pequeño desastre

Cronos llevaba exactamente cuatro días disfrutando de una libertad absoluta y exactamente cuatro días demostrando que Zeus había cometido un grave error al concedérsela sin calcular primero las consecuencias.

Aquella mañana había desayunado. Había robado dos pastelitos. Había devuelto uno después de que Zeus lo descubriera. Había robado nuevamente el mismo pastelito deteniendo el tiempo Y, satisfecho con su productividad, había decidido pasar el resto de la mañana explorando el bosque.

—¡No te alejes demasiado! —había gritado Zeus desde la terraza.

Cronos había seguido caminando.

—¡Cronos!

—¡Te escuché!

—¡Entonces responde correctamente!

Cronos se volvió caminando hacia atrás.

—¡No me alejaré demasiado!

Zeus entrecerró los ojos.

—Define “demasiado”.

Cronos pensó.

—¡Más de tres continentes!

—¡CRONOS!

La carcajada del pelirrojo desapareció entre los árboles. El bosque que rodeaba el castillo de Zeus era inmenso. Cronos estaba fascinado. Había árboles antiquísimos, arroyos transparentes, pequeños senderos cubiertos de flores y zonas donde la energía divina hacía que plantas de diferentes estaciones florecieran simultáneamente.

Cronos tocaba todo. Observaba todo. Se metía por todas partes. Encontró un árbol hueco. Entró. Encontró un pequeño estanque. Metió los pies. Encontró una cueva. Recordó que había prometido no meterse solo en lugares desconocidos. Se quedó mirándola.

—Técnicamente una cueva no es una dimensión.

Dio un paso. Se detuvo.

—No.

Retrocedió.

—Estoy creciendo como persona.

Entonces escuchó voces.

—Te digo que era por aquí.

—Y yo te digo que llevamos veinte minutos caminando en círculos.

—Eso es imposible.

—Pasamos tres veces junto a esa roca.

—Hay muchas rocas iguales.

—Tiene tu nombre escrito.

Silencio.

—Ah.

Cronos sonrió. Aquello prometía. Se acercó sigilosamente. Dos jóvenes estaban discutiendo junto a un árbol. Eran prácticamente idénticos. Parecían tener unos dieciséis años. Eran altos, atléticos y tenían el porte inequívocamente divino de quienes habían crecido sabiendo que pertenecían al Olimpo. Uno llevaba una capa azul oscura. El otro, una capa gris plateada.

—Admite que estamos perdidos —dijo el de azul.

—Los hijos de Zeus no se pierden.

—Entonces ¿dónde estamos?

—Explorando.

—Sin saber dónde.

—Eso continúa siendo explorar.

Cronos tuvo que taparse la boca para no reír. Finalmente pisó deliberadamente una rama.

Crac.

Los dos se volvieron.

—¿Quién anda ahí?

Cronos salió de detrás de los árboles. Silencio. Los gemelos lo miraron. Cronos los miró. Uno parpadeó.

—Es un niño.

Cronos arqueó una ceja. El otro bajó inmediatamente la guardia.

—¿Qué haces aquí?

—Caminar.

—Solo.

—Eso parece.

Los gemelos intercambiaron miradas. El de capa azul se acercó.

—¿Estás perdido?

Cronos miró alrededor.

—No.

—¿Dónde están tus padres?

Cronos pensó en Zeus.

—Mi padre está en el castillo.

Los dos jóvenes se tensaron.

—¿Qué castillo?

Cronos señaló vagamente hacia atrás.

—Ese.

—Hay varios castillos en el Olimpo.

—El grande.

—Eso tampoco ayuda.

Cronos disfrutaba demasiado de aquello. El de capa gris se agachó un poco para quedar más cerca de su altura. Grave error.

—Escucha, pequeño...

Cronos entrecerró los ojos.

—¿Pequeño?

—No te ofendas.

—Tengo siglos.

Los gemelos se miraron. Después volvieron a mirarlo.

—Claro —dijo uno.

—Por supuesto —añadió el otro.

Cronos cruzó los brazos.

—No me creen.

—Te creemos muchísimo.

—Completamente.

—Nunca hemos creído tanto algo.

Cronos sonrió. Aquella sonrisa debería haberlos alertado. No lo hizo.

—¿Cómo se llaman?

—Cástor.

—Pólux.

Cronos abrió mucho los ojos.

—¿Cástor y Pólux?

—Sí.

—¿Los gemelos?

Los dos fruncieron el ceño.

—¿Nos conoces?

Cronos sonrió.

—Un poquito.

Cástor señaló hacia él.

—¿Y tú?

—Cronos.

Silencio. Pólux pestañeó.

—¿Cronos?

—Sí.

Cástor miró a su hermano.

—Sus padres tienen sentido del humor.

Cronos tuvo que morderse el labio.

—Muchísimo.

Pólux extendió una mano.

—Bueno, Cronos. Vamos a llevarte de regreso con tu familia.

—No necesito que me lleven.

—Estás solo en un bosque divino.

—Ustedes también.

—Nosotros somos dioses.

—Yo soy un destructor.

Otra pausa. Cástor miró a Pólux. Pólux miró a Cástor. Después ambos miraron a Cronos.

—Claro —dijeron simultáneamente.

Cronos suspiró.

—Esto empieza a resultar ofensivo.

—Pequeño...

El mundo se detuvo. Los pájaros quedaron suspendidos. Las hojas dejaron de caer. El arroyo se congeló en pleno movimiento. Cástor y Pólux quedaron inmóviles. Cronos caminó tranquilamente alrededor de ellos.

—Veamos.

Desabrochó la capa azul de Cástor. Desabrochó la gris de Pólux. Las intercambió. Luego examinó a los gemelos.

—Falta algo.

Encontró unas flores amarillas. Colocó una detrás de la oreja de Cástor. Miró a Pólux.

—No puedo discriminar.

Le puso otra. Retrocedió.

—Perfecto.

Chasqueó los dedos. El tiempo volvió a correr.

—...no puedes andar solo por...

Cástor se detuvo. Pólux también. Ambos sintieron algo extraño. Cástor miró su capa.

—¿Por qué tengo tu capa?

Pólux miró la suya.

—¿Por qué tengo la tuya?

Silencio. Cástor vio la flor en el cabello de Pólux.

—¿Por qué tienes una flor?

Pólux señaló inmediatamente.

—¡TÚ TAMBIÉN!

Ambos giraron hacia Cronos. El pelirrojo estaba apoyado contra un árbol con expresión inocente.

—¿Algún problema?




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