El Último Poder Del Olimpo

No necesitas un arma, necesitas un hijo

Atenea regresó. Zeus supo que lo haría. No porque hubiera olvidado algo, sino porque conocía demasiado bien a su padre. Sabía que dejarlo solo con una verdad no significaba necesariamente que fuera a aceptarla.

A veces Zeus necesitaba que la verdad regresara una segunda vez. Y que esta vez derribara la puerta. La encontró abierta. Zeus seguía sentado en el mismo lugar. Los mapas permanecían sobre el escritorio. La cinta roja brillaba débilmente alrededor de su mano.

—¿Vienes a gritarme otra vez? —preguntó sin mirarla.

—Si hace falta.

—Admirable sinceridad.

Atenea entró.

—¿Se lo quitaste?

Zeus miró hacia ella. No respondió. Atenea suspiró.

—Entonces sí. Hace falta.

Zeus se levantó con irritación.

—¡Ya entendí lo que piensas!

—No me interesa que entiendas lo que pienso.

Atenea señaló hacia las habitaciones de Cronos.

—Me interesa que entiendas lo que él hizo.

—¿Qué hizo?

Atenea lo miró como si la respuesta fuera evidente.

—Te eligió.

Zeus apretó la mandíbula.

—Eso ya lo sé.

—No. Sigues sin saberlo.

Atenea se acercó al escritorio. Apartó uno de los mapas.

—¿Cuándo apareció el vínculo rojo?

Zeus miró su mano.

—Cuando finalmente lo escuché.

—Exactamente.

—¿Qué quieres demostrar?

—¿Dónde estaba Cronos?

—En Aión.

—¿Libre?

—No.

—¿Seguro?

—No.

—¿Te conocía personalmente?

Zeus comenzó a comprender hacia dónde iba.

—No.

Atenea continuó.

—¿Había vivido contigo?

—No.

—¿Le habías dado una habitación?

—No.

—¿Lo habías alimentado?

—Atenea...

—Respóndeme.

Zeus cerró los ojos.

—No.

—¿Lo habías protegido alguna vez?

—No sabía que existía.

—Exactamente.

Atenea señaló la cinta roja.

—Y aun así esto apareció.

Zeus permaneció inmóvil.

—Antes del castillo. Antes de la habitación. Antes de los desayunos.

Atenea se acercó.

—Antes de que pudieras ofrecerle absolutamente nada.

Zeus bajó la mirada hacia aquella luz.

—Cronos ya te había elegido.

La frase parecía sencilla. Pero aquella vez Zeus realmente la escuchó.

—No te eligió porque fueras útil —continuó Atenea— No te eligió porque fueras rey. Ni porque pudieras protegerlo. Ni siquiera sabía si ibas a encontrarlo.

Zeus sintió un dolor agudo.

—Lo sé.

—No, padre.

Atenea negó lentamente.

—Creo que nunca has comprendido la magnitud de eso.

Zeus recordó la primera oleada recibida a través del vínculo. La habitación blanca. La ausencia de relojes. El miedo. La soledad. Y aquella palabra atravesándolo todo.

Papá.

—Te llamó padre antes de saber si tú querías serlo.

Zeus tragó saliva.

—Sí.

—Te construyó un lugar en su vida antes de conocerte.

Silencio.

—¿Sabes lo difícil que es eso para alguien que estaba siendo perseguido, encerrado y utilizado?

Zeus no respondió.

—Confiar en alguien invisible.

Atenea señaló la cinta.

—Eso era confianza.

Zeus se sentó nuevamente.

—Tenía miedo de perderlo.

—Lo sé.

—Cuando lo encontré...

Su voz cambió.

—Estaba tan débil.

Atenea guardó silencio.

—Me miró y supo quién era.

Zeus sonrió dolorosamente.

—Nunca me había visto.

—Pero te reconoció.

—Por el vínculo.

—Por algo más que el vínculo.

Zeus levantó la mirada. Atenea sonrió apenas.

—Te había imaginado tantas veces que probablemente llevaba siglos reconociéndote sin rostro.

Zeus soltó una risa breve. Dolorosa.

—Me llamó papá y se desmayó.

—Lo sé.

—Y yo...

Se cubrió el rostro.

—Yo pensé que debía asegurarme de que nunca volviera a pasarle nada.

—Eso es paternal.

Zeus la miró sorprendido.

—¿Qué?

—Querer protegerlo.

Atenea se sentó frente a él.

—Eso no estuvo mal. Lo que hiciste después sí.

Zeus observó sus manos.

—No sabía cómo hacerlo.

—Entonces debiste aprender.

—Soy Zeus.

—Precisamente ese es tu problema.

Zeus la miró con irritación. Atenea casi sonrió.

—Estás acostumbrado a solucionar problemas con poder.

—Generalmente funciona.

—Cronos no es un problema. Es un hijo.

La palabra volvió a caer entre ambos. Esta vez Zeus no la rechazó. Atenea continuó:

—Cuando apareció alguien capaz de detener el tiempo, tu parte de rey reaccionó inmediatamente. ¿Qué puede hacer? ¿Hasta dónde? ¿Contra quién?

Zeus cerró los ojos.

—¿Cómo puedo asegurar que permanezca conmigo? — Atenea terminó —¿Cómo puedo controlarlo si algo sale mal?

Zeus no negó nada.

—Pero había otra pregunta que nunca hiciste.

Zeus abrió los ojos.

—¿Cuál?

Atenea lo miró.

—¿Qué necesita mi hijo de mí?

El despacho quedó completamente silencioso. Zeus pensó en Cronos. No en Cronos deteniendo ejércitos. No en Cronos escuchando pensamientos. No en Cronos congelando rayos. En Cronos. Sentado frente a una bandeja de pasteles sin tocar ninguno. Preguntando permiso para levantarse de una mesa. Abrazando una almohada. Dejando de explorar. Dejando de reír.

—Necesita libertad —susurró Zeus.

Atenea asintió.

—Entre otras cosas.

—Necesita saber que puede decirme que no.

—Sí.

—Necesita saber que puede marcharse.

Atenea lo miró.

—Sí.

Zeus apretó los puños. Aquello seguía siendo lo más difícil.

—Aunque no vuelva.

Atenea tardó en responder.

—Sí.

Zeus cerró los ojos.

—No puedo.

—Entonces todavía no quieres un hijo.

Zeus abrió los ojos de golpe.

—¡No digas eso!

—Entonces demuéstrame que estoy equivocada.

—¡Lo quiero!

—No necesitas un arma, padre — Atenea se levantó —Necesitas un hijo.

Zeus también se puso de pie.




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