El Último Poder Del Olimpo

Papá, quiero visitar a Kael

Zeus tardó exactamente tres horas y veintisiete minutos en convencerse de que algo le ocurría a Cronos.

No porque estuviera triste Eso habría sido fácil de reconocer Tampoco estaba asustado, enfermo ni enfadado. Estaba pensativo. Demasiado pensativo Y Zeus había aprendido que un Cronos silencioso podía significar dos cosas. La primera: estaba procesando alguna emoción profunda. La segunda: estaba planeando algo.

Después de la experiencia acumulada con Cástor y Pólux, Zeus consideraba la segunda opción considerablemente más peligrosa. Aquella mañana Cronos había desayunado casi sin hablar. Había comido dos pastelitos. Había mirado por la ventana. Había abierto su reloj de bolsillo. Lo había cerrado. Había vuelto a mirar por la ventana. Y después había preguntado:

—Papá.

—¿Sí?

—¿Los ojos violetas son frecuentes entre los dioses?

Zeus había levantado la mirada.

—No especialmente.

—Ah.

Y Cronos había continuado desayunando. Zeus no le dio importancia. Todavía. Veinte minutos después:

—Papá.

—¿Sí?

—¿Los destructores nacen con el mismo color de ojos que tendrán siempre?

Zeus dejó lentamente la taza.

—No tengo idea.

—Ah.

Cronos siguió comiendo. Diez minutos después:

—Papá.

Zeus cerró los ojos.

—¿Qué?

—¿El violeta puede cambiar dependiendo de la luz?

Ahora Zeus lo miró directamente. Cronos tenía expresión inocente. Demasiado inocente.

—¿Por qué estás preguntándome tantas cosas sobre ojos violetas?

—Curiosidad.

—Cronos.

—¿Qué?

—Te conozco.

—Eso no responde mi pregunta.

Zeus entrecerró los ojos. Cronos bebió tranquilamente. La conversación terminó ahí. Pero la extraña conducta no. Zeus encontró a Cronos una hora después en la biblioteca. El muchacho estaba sentado junto a una ventana con un libro abierto sobre las piernas. No estaba leyendo.

Zeus lo supo porque llevaba varios minutos observando exactamente la misma página.

—¿Cronos?

Nada.

—Cronos.

El pelirrojo reaccionó.

—¿Qué?

—Llevas diez minutos mirando la misma hoja.

Cronos bajó los ojos.

—Estoy reflexionando sobre ella.

Zeus se acercó. El libro hablaba de sistemas agrícolas en la Grecia arcaica.

—¿Te ha resultado especialmente conmovedora la rotación de cultivos?

Cronos cerró el libro.

—Muchísimo.

Zeus cruzó los brazos.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Estás raro.

—Tengo siglos. Quizá siempre fui raro.

—Eso no lo discuto.

Cronos lo miró ofendido. Zeus sonrió. Se sentó frente a él.

—¿Es por ayer?

Cronos entendió inmediatamente.

—¿Por la presentación?

—Sí.

Cronos bajó la mirada. Zeus pensó que finalmente había encontrado la respuesta. El día anterior había sido enorme. Cronos había conocido oficialmente al Olimpo. Había revelado su verdadera esencia. Había demostrado accidentalmente hasta dónde podían llegar sus poderes. Había conocido por primera vez a los otros cinco destructores. Era lógico que necesitara tiempo para procesarlo.

—Si fue demasiado...

—No.

—Puedes decírmelo.

—No fue demasiado.

—Entonces...

Cronos miró por la ventana. Permaneció callado unos segundos. Después se volvió hacia Zeus con absoluta seriedad.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Podemos ir al castillo de Ares?

Zeus parpadeó. No era la pregunta que esperaba.

—¿Al castillo de Ares?

—Sí.

—¿Hoy?

—Podría ser hoy.

Cronos intentó sonar indiferente. Fracasó.

—O mañana. Pero hoy estaría bien.

Zeus arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Quiero visitar a Kael.

—¿A Kael?

—Sí.

—Lo conociste ayer.

—Precisamente.

Zeus esperó. Cronos no añadió nada.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Por qué quieres visitarlo?

Cronos se encogió de hombros.

—Quiero conocerlo mejor.

Zeus lo observó. Cronos sostuvo su mirada. Tres segundos. Cinco. Siete.

—¿Qué? —preguntó Cronos.

—Nada.

—Me estás mirando.

—Estoy intentando decidir si estás ocultándome algo.

Cronos abrió mucho los ojos.

—¿Yo?

—Sí, tú.

—Nunca.

Zeus soltó una carcajada.

—Cronos.

—Solo quiero conocer mejor a Kael.

—Bien.

Zeus se levantó.

—Le enviaré un mensaje a Ares y preguntaré cuándo podemos visitarlos.

Cronos se iluminó.

—¿Hoy?

Zeus se detuvo.

—Dijiste que mañana también estaba bien.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué preguntas hoy?

—Para conocer las posibilidades.

—Claro.

Zeus dio dos pasos hacia la puerta.

—Papá.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Cuando vayamos...

—Sí.

—¿Crees que habrá buena iluminación?

Zeus giró lentamente.

—¿Perdón?

Cronos pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que había preguntado.

—En el castillo.

—¿Buena iluminación para qué?

—Para... ver.

—Normalmente la iluminación cumple esa función.

—Sí.

—Cronos.

—¿Qué?

Zeus volvió hacia él.

—¿Qué quieres ver?

Cronos guardó silencio.

—Nada.

—Acabas de preguntarme si habrá buena iluminación.

—Me gusta la arquitectura.

Zeus miró el libro sobre agricultura. Después a Cronos.

—No sabes mentir.

—Sé perfectamente.

—No.

—Sí.

—No.

Cronos frunció el ceño.

—Estoy aprendiendo.

Zeus volvió a sentarse.

—Bien. Empecemos de nuevo. ¿Por qué quieres ver a Kael?

—Porque quiero conocerlo mejor.

—Eso ya lo dijiste.

—Porque es otro destructor.

—Hay otros cuatro.

Cronos parpadeó.

—Sí.

—Podrías visitar a Dámetor.

—Sí.

—O a Calíope.

—También.

—O a Lyra y Thalia.

—Por supuesto.

—Pero preguntaste específicamente por Kael.

Cronos comenzó a ponerse incómodo. Zeus sintió crecer la curiosidad.




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