—Existe una puerta.
—Lo sé.
—Y una costumbre ancestral llamada llamar antes de entrar.
Cronos se acercó al escritorio.
—También la conozco.
—¿Y?
—Decidí ignorarla.
Zeus dejó la pluma.
—Por supuesto.
Entonces reparó en algo. Cronos llevaba su reloj de bolsillo sujeto a la ropa. Desde el cumpleaños prácticamente no se separaba de él.
—¿Qué ocurre?
El muchacho sonrió.
—Quiero enseñarte algo.
Zeus miró los documentos. Después a Cronos.
—¿Es peligroso?
—No.
—¿Implica pájaros?
—No.
—¿Cástor y Pólux están involucrados?
—No.
Zeus se levantó inmediatamente.
—Vamos.
Cronos frunció el ceño.
—¿Eso último fue lo que te convenció?
—Completamente.
Salieron del castillo. Cronos caminaba delante. Zeus lo siguió por un sendero que conocía bien al principio, pero pronto el muchacho se desvió entre los árboles.
—No es el rincón donde ralentizas el tiempo.
—No.
—¿Encontraste otro?
—Este es diferente.
Zeus sonrió.
—Empiezo a sospechar que tienes más territorio secreto en mi bosque que yo.
Cronos miró hacia atrás.
—Nuestro bosque.
Zeus se detuvo apenas un instante. Después sonrió.
—Nuestro bosque.
Cronos continuó caminando. Llegaron a una pequeña elevación. No era especialmente impresionante. No había templos. Ni fuentes. Ni estatuas. Solo una colina cubierta de hierba, rodeada de árboles y orientada hacia el horizonte. Desde allí podía verse el castillo a cierta distancia. El sol comenzaba a descender. El cielo estaba teñido de naranja, dorado y violeta. Cronos se sentó sobre la hierba. Zeus hizo lo mismo.
—¿Esto querías enseñarme?
—Espera.
Cronos sacó el reloj de bolsillo. Lo abrió.
Tac.
Tac.
Tac.
Zeus sonrió.
—Todavía lo llevas.
Cronos lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—Claro.
—Pensé que quizá después de unos días...
—Me encanta.
Zeus no pudo evitar sonreír. Cronos observó las agujas.
—Son las siete y once.
—Gracias por la información.
—Es importante.
—¿Por qué?
Cronos cerró el reloj.
—Porque quiero recordar la hora.
Zeus lo miró con curiosidad. Cronos respiró profundamente. Después levantó la mano.
—Mira el sol.
Zeus obedeció..La energía de Cronos se extendió. No hubo explosión. No hubo violencia. Solo una vibración casi imperceptible. Y el mundo se detuvo. Una hoja quedó suspendida frente a ellos. Un pájaro permaneció inmóvil sobre el cielo. Las ramas dejaron de moverse. El viento desapareció.
Incluso los rayos del sol parecieron quedar atrapados sobre el horizonte. Pero Zeus podía moverse. Cronos también. El dios miró alrededor.
—Nos separaste del flujo.
Cronos sonrió.
—Solo a nosotros dos.
Zeus extendió una mano. La hoja suspendida permanecía inmóvil a pocos centímetros de sus dedos.
—¿Cuánto tiempo?
—Afuera...
Cronos miró el horizonte.
—Unos segundos.
—¿Y para nosotros?
—Lo que yo quiera.
Zeus volvió lentamente la cabeza.
—¿Qué significa eso?
Cronos se abrazó las rodillas.
—Podría hacer que este instante durara una hora.
Pausa.
—Un día.
Otra.
—Un año.
Zeus dejó de sonreír.
Cronos continuó:
—Podría mantenernos aquí durante décadas y, cuando liberara el tiempo, para todos los demás apenas habrían pasado unos segundos.
—¿Décadas?
—Sí.
—¿Y cuál es tu límite?
Cronos pensó.
—Todavía no lo sé.
Después sonrió ligeramente.
—Quizá ninguno.
Zeus observó el mundo detenido. Meses atrás, aquella revelación habría provocado inmediatamente una avalancha de preguntas.
¿Podría utilizarse durante una guerra?
¿Podría esconder un ejército?
¿Podría aislar enemigos?
¿Podría mantener dioses atrapados durante siglos?
Pero aquellos pensamientos no llegaron. O, al menos, no fueron los primeros. Zeus miró a Cronos.
—¿Por qué me trajiste?
Cronos bajó la mirada.
—Porque quería probar algo contigo.
—¿Qué?
—Esto.
Señaló el paisaje inmóvil.
—Un momento donde nadie pueda entrar.
Zeus guardó silencio.
—Sin Olimpo. Sin deberes. Sin Aión. Sin destructores. Sin rey.
Cronos lo miró.
—Solo nosotros.
Zeus sintió algo cálido en el pecho.
—Me gusta.
Cronos sonrió. Durante un rato no hablaron. No necesitaban hacerlo. El sol permanecía detenido. La tarde no terminaba. Cronos abrió nuevamente su reloj. El segundero estaba inmóvil. Lo observó.
—Es raro.
—¿Qué cosa?
—Este reloj me gusta precisamente porque avanza.
Zeus sonrió.
—Y tú acabas de detenerlo.
—Sí.
Cronos acarició la tapa.
—Pero ahora puedo decidir cuándo vuelve a avanzar.
Pasaron varios minutos. O quizá más. Dentro de aquella pequeña burbuja temporal, la medida había dejado de importar. Cronos terminó acostándose sobre la hierba. Zeus permaneció sentado a su lado.
—¿Sabes qué pensé cuando descubrí que podía hacer esto?
—¿Qué?
Cronos miró el cielo.
—Que podría guardar momentos.
Zeus frunció el ceño.
—¿Guardar?
—Sí.
—¿Cómo?
—Si algo me gusta mucho...
Cronos movió los dedos.
—Lo detengo.
Pausa.
—Y no dejo que termine.
Zeus lo miró. Cronos sonrió, pero había cierta tristeza en aquella sonrisa.
—Podría detener este instante durante años.
Zeus no respondió inmediatamente.
—Tú y yo aquí.
Cronos señaló el sol.
—Podríamos quedarnos exactamente así.
—¿Años?
—Sí.
—¿Por qué querrías hacerlo?