El Último Poder Del Olimpo

No otra vez

Cronos no volvió a dormirse. Lo intentó. Permaneció acostado de espaldas a Zeus, con los ojos cerrados y la respiración aparentemente tranquila. Pero cada pocos segundos sus dedos rozaban el anillo. Oro. Frío. Inamovible. Seguía allí. Y cada vez que lo comprobaba, algo dentro de él se tensaba un poco más. Zeus permanecía sentado al otro lado de la habitación. No decía nada. Quizá creía que darle espacio era lo correcto.

No comprendía que Cronos ya no veía una habitación con una ventana. Veía una celda más hermosa. La mano derecha del muchacho tembló.bIntentó nuevamente retirar el anillo. Giró la joya. Tiró. Nada. La magia de Zeus se aferraba a él con una firmeza absoluta. Cronos tragó saliva.

—No...

Lo intentó otra vez. Más rápido.

—Cronos.

El muchacho no respondió. Tiró nuevamente.

—Cronos, vas a lastimarte el dedo.

—Quítamelo.

—Ya hablamos de esto.

—No.

Cronos se incorporó bruscamente. El movimiento hizo que todo diera vueltas. Tuvo que agarrarse de las mantas para no caer.

Zeus se levantó.

—Despacio.

—¡No me digas qué hacer!

Zeus se detuvo. Cronos respiraba demasiado rápido.

—Quítamelo.

—Necesitas descansar.

—¡Quítamelo!

Zeus avanzó un paso. Cronos retrocedió hasta que su espalda chocó contra el cabecero. Y entonces Zeus lo vio. No era enojo. Era pánico.

—Cronos...

—No te acerques.

Zeus se quedó donde estaba. El muchacho miró desesperadamente su mano.

—Me lo pusiste mientras dormía.

Aquello parecía haber adquirido un significado nuevo. Más terrible.

—Estaba dormido.

Zeus guardó silencio.

—Yo estaba inconsciente cuando me trajiste aquí.

Cronos señaló la cama.

—Me desperté. Te vi. Me dijiste que estaba a salvo.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Volví a dormirme porque estabas aquí.

Zeus sintió el golpe de aquellas palabras. Cronos había vuelto a dormir porque confiaba en él. Y Zeus había utilizado precisamente ese momento.

—No hice nada para dañarte.

Cronos lo miró incrédulo.

—Me marcaste.

—No es una marca.

—¡No puedo quitármelo!

—Es un sello de protección.

—¡NO!

El grito hizo vibrar los cristales. Por un instante, el tiempo titubeó. La cortina quedó suspendida. Una mota de polvo se detuvo en el aire. Después todo volvió a moverse. Cronos se llevó las manos a la cabeza.

—No quiero...

Zeus dio otro paso.

—Está bien.

—¡No quiero perder el control!

—Entonces respira.

—¡NO ME DES ÓRDENES!

Zeus se quedó inmóvil. Demasiado tarde comprendió por qué cada palabra suya estaba empeorándolo. Cronos se bajó de la cama. Sus piernas cedieron casi inmediatamente. Zeus lo sujetó antes de que golpeara el suelo. La reacción fue instantánea.

—¡Suéltame!

Cronos forcejeó.

—Te vas a caer.

—¡SUÉLTAME!

Zeus abrió los brazos. Cronos cayó de rodillas sobre la alfombra. El dios hizo el gesto de ayudarlo.

—No.

Zeus se detuvo. Cronos permaneció en el suelo. Descalzo. Pálido. Con los cabellos rojos desordenados alrededor del rostro. Parecía diminuto. Y el anillo dorado parecía demasiado grande.

—No otra vez.

Zeus frunció el ceño. Cronos miraba su propia mano.

—¿Qué?

—No otra vez — Su voz tembló —Por favor.

Zeus sintió que su seguridad comenzaba a resquebrajarse.

—Cronos...

—No puedo hacerlo otra vez — Las lágrimas comenzaron a caer —No puedo vivir otra vez preguntándome qué parte de mí todavía me pertenece.

Zeus descendió lentamente hasta quedar a su altura, pero mantuvo distancia.

—Nadie va a encerrarte aquí.

Cronos levantó la mano.

—Entonces esto no es necesario.

—Sí lo es.

—¿Por qué?

Zeus respiró.

—Porque acabas de salir de una organización que dedicó años a perseguirte. Hay otros que podrían intentar encontrarte. Dioses que todavía no saben que existes. Enemigos del Olimpo. Seres que podrían utilizarte.

—Puedo defenderme.

—Aión consiguió capturarte.

Cronos se estremeció. Zeus se arrepintió apenas lo dijo.

—Estabas exhausto —añadió—. Precisamente por eso necesito asegurarme de que nunca vuelva a ocurrir.

Cronos lo miró.

—¿Asegurarte?

—Sí.

—¿Cómo?

Silencio. Cronos entendió.

—Controlándome.

—Protegiéndote.

Cronos comenzó a llorar con más fuerza.

—¡Ellos también decían eso!

Zeus quedó inmóvil.

—¿Qué?

Cronos se levantó como pudo.

—¡Ellos también lo llamaban protección!

Señaló el anillo.

—Las puertas eran por mi protección.

Una lágrima.

—Los inhibidores eran para mi seguridad.

Otra.

—Las correas eran para evitar que perdiera el control.

Zeus abrió la boca.

—Las drogas eran para estabilizarme. La habitación sin relojes era para impedir que mis poderes fueran peligrosos.

Cronos golpeó su propio pecho.

—¡Todo tenía un nombre bonito!

Su voz se quebró.

—¡Todo menos el verdadero!

—Cronos...

—Control.

La palabra cayó entre ambos.

—Eso era.

El muchacho señaló el anillo.

—Y esto también.

—No puedes compararme con ellos.

—¡Entonces quítamelo!

Zeus no se movió. Cronos esperó. Un segundo. Dos. Tres. La respuesta estaba en aquella inmovilidad.

—Por favor.

Zeus nunca había escuchado aquella palabra pronunciada de esa manera. Cronos extendió la mano.

—Quítamelo.

Su voz ya no tenía rabia. Solo miedo.

—No quiero tenerlo.

Zeus miró la joya.

—Todavía no.

Cronos cerró los ojos.

—¿Por qué?

—Porque necesitas protección hasta recuperarte.

—¿Y después?

Zeus dudó. Ese instante destruyó cualquier seguridad que pudiera haber quedado. Cronos soltó una risa ahogada entre lágrimas.

—Ni siquiera sabes.

—No pienso utilizarlo contra ti.

—Entonces no necesitas tenerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.