No al quitarle el anillo a Cronos. Eso seguía siendo una de las mejores decisiones que había tomado en siglos. El error había sido permitir que Cástor y Pólux conocieran a Cronos. Por separado, sus tres hijos eran manejables. Juntos constituían una organización criminal.
Todo comenzó con las estatuas. Zeus salió de su habitación una mañana, bajó las escaleras principales y se detuvo. Algo estaba mal. Muy mal. La enorme estatua de mármol que normalmente representaba a Zeus sosteniendo un rayo ya no estaba en el centro del vestíbulo. En su lugar había una estatua de Atenea. Zeus parpadeó. Miró hacia la derecha. La estatua de Apolo ocupaba el lugar de Ares. La de Ares estaba junto a una fuente.
Afrodita había aparecido inexplicablemente mirando hacia una pared. Hermes estaba dentro de una jardinera. Y su propia estatua, Zeus giró lentamente. No estaba.
—No.
Silencio.
—No, no, no.
Escuchó una risita desde el piso superior. Zeus levantó la cabeza. Nada.
—¡CRONOS!
Silencio.
—¡CÁSTOR!
Nada.
—¡PÓLUX!
Absolutamente nada. Zeus cerró los ojos.
—Tengo tres hijos cobardes.
Desde algún lugar llegó una voz:
—¡PRUDENTES!
Zeus abrió los ojos.
—¡PÓLUX!
Encontró su estatua quince minutos después. Estaba en el comedor. Sentada. A la mesa. Con una servilleta alrededor del cuello. Y un plato con tres pastelitos delante. Zeus se quedó mirándola. Cástor, Pólux y Cronos estaban desayunando como si nada hubiera ocurrido.
—Explíquenme esto.
Los tres miraron la estatua. Después a Zeus. Cástor habló primero.
—Tenía hambre.
Zeus señaló la estatua.
—Es mármol.
Pólux se encogió de hombros.
—No juzgamos.
Cronos mordió una tostada.
—En esta familia aceptamos las diferencias.
Zeus abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—¿Quién movió una estatua de tres toneladas?
Los tres señalaron simultáneamente a Cronos. El pelirrojo los miró indignado.
—¡Traidores!
—Tú detuviste el tiempo —dijo Cástor.
—Ustedes empujaron.
—Detalles.
Zeus se llevó una mano al rostro.
—Devuélvanlas a sus sitios.
Cronos levantó un dedo.
—¿Todas?
—Todas.
—Son muchas.
—Ustedes las movieron.
Pólux intervino:
—En nuestra defensa, fue una excelente actividad de cooperación fraternal.
Zeus lo miró.
—Pólux.
—Sí, padre.
—No vuelvas a decir “cooperación fraternal” mientras cometes vandalismo.
—Entendido.
Cástor susurró:
—La próxima vez diremos proyecto familiar.
Zeus giró hacia él.
—¡TE ESCUCHÉ!
El segundo ataque ocurrió con los relojes. Zeus entró en su despacho a las diez de la mañana. El reloj marcaba las ocho y doce. Miró hacia la pared. Frunció el ceño. Continuó trabajando. Una hora después levantó la cabeza. Ocho y doce. Zeus miró el reloj.
—Cronos.
Nada. Se levantó. Fue al corredor. El reloj del corredor marcaba las ocho y doce. Bajó las escaleras. Otro reloj. Ocho y doce. Entró en la biblioteca. Ocho y doce. En el comedor. Ocho y doce. En la cocina. Ocho y doce. Hasta un pequeño reloj ornamental colocado junto a una fuente estaba detenido exactamente en la misma hora. Zeus respiró profundamente.
—¡CRONOS!
El muchacho apareció desde detrás de una columna.
—¿Sí?
—¿Por qué todos los relojes están detenidos?
Cronos abrió mucho los ojos.
—¿Están detenidos?
—Todos.
—Qué extraño.
Zeus señaló el reloj.
—Tú controlas el tiempo.
—Eso es perfilamiento mágico.
Cástor y Pólux aparecieron detrás.
—¿Qué ocurre? —preguntó Cástor.
Zeus los miró.
—Los relojes.
Pólux observó uno.
—Parece roto.
—Todos están rotos.
—Problema de mantenimiento.
—¡MARCA LA MISMA HORA EN TODO EL CASTILLO!
Cronos miró a sus hermanos.
—Definitivamente mantenimiento.
Zeus señaló al pelirrojo.
—Hazlos funcionar.
—No puedo.
Zeus parpadeó.
—¿Qué?
—Podría — Cronos sonrió —Pero no puedo.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Estoy aprendiendo de ti.
Cástor se dio vuelta para ocultar la risa. Zeus lo vio.
—Tú también estás involucrado.
—¿Yo?
—Los tres.
Pólux se llevó una mano al pecho.
—Padre, me hiere profundamente tu falta de confianza.
—Ayer encontré mi estatua desayunando.
—Precisamente. Necesitas confiar más.
Zeus consiguió reparar los relojes. O creyó hacerlo. A las cuatro de la tarde todos comenzaron a avanzar hacia atrás. Zeus salió de su despacho.
—¡CRONOOOOOS!
Desde el jardín:
—¡NO PUEDES PROBAR NADA!
La tercera travesura fue más personal. Zeus despertó temprano. Se duchó. Se vistió. Buscó sus sandalias. No estaban. Miró debajo de la cama. Nada. Junto al armario. Nada. En el baño. Nada.
—Extraño.
Salió descalzo al corredor. Una ninfa lo miró. Después miró sus pies. Después volvió a mirarlo. Zeus decidió conservar su dignidad.
—Buenos días.
—Buenos días, señor.
Siguió caminando. Otra ninfa. Misma mirada.
—Buenos días.
—Buenos días...
Zeus empezó a sospechar. Llegó al comedor. Cástor, Pólux y Cronos desayunaban. Los tres miraron hacia abajo. Los tres vieron sus pies. Los tres levantaron la mirada. Silencio. Cronos se metió una cucharada enorme de fruta en la boca para no reír. Zeus cruzó los brazos.
—¿Dónde están?
Cástor frunció el ceño.
—¿Dónde está qué?
—Mis sandalias.
Pólux miró debajo de la mesa.
—No están aquí.
—Eso ya lo sé.
Cronos tragó con dificultad.
—Quizá se fueron.
Zeus lo miró.
—¿Mis sandalias?
—La libertad es importante, papá.
Cástor escupió el jugo que estaba bebiendo.
—Cronos.
—Tú mismo dijiste que una puerta abierta permite regresar.