El castillo de Ares era una de las fortalezas más imponentes del Olimpo.
Sus enormes torres se elevaban hacia el cielo, las murallas parecían construidas para resistir el ataque de un ejército de titanes y los jardines estaban protegidos por antiguas barreras divinas. Era un lugar majestuoso. Solemne. Impresionante. Y, hasta aquella tarde, relativamente tranquilo.
Ares estaba a punto de descubrir que ninguna fortaleza, por poderosa que fuese, estaba preparada para recibir a tres hijos de Zeus obsesionados con los ojos de su amado.
—¡NO CORRAN!
Zeus llevaba repitiendo aquella orden desde que habían atravesado los primeros jardines. Cronos, Cástor y Pólux se detuvieron simultáneamente. Demasiado simultáneamente. Zeus los observó con desconfianza.
—¿Por qué se detuvieron así?
—Porque nos lo pediste —respondió Cronos.
—¿Desde cuándo obedecen tan rápido?
Pólux sonrió.
—Estamos madurando.
Cástor asintió solemnemente.
—Muchísimo.
Zeus miró a Cronos.
—¿Qué están planeando?
—Nada.
—Cronos.
—Papá.
—No utilices esa voz.
—¿Cuál?
—La que utilizas cuando sabes perfectamente que voy a terminar arrepintiéndome.
Cronos sonrió.
—Entonces no debería hablar nunca.
Zeus suspiró. Los tres habían preparado aquella visita como si se tratara de una expedición científica a un territorio desconocido. Cástor llevaba un pequeño cuaderno escondido dentro de la chaqueta. Pólux había conseguido dos lápices. Cronos llevaba su reloj de bolsillo, su capa roja y una cantidad verdaderamente alarmante de preguntas. Zeus había confiscado el libro sobre pigmentación ocular. Cronos no protestó.
Aquello debió haber sido la primera advertencia. Porque había memorizado los capítulos que le interesaban. Ares los esperaba en la entrada principal. Vestía de negro y rojo, con su habitual apariencia juvenil, sus cabellos rojizos y aquella expresión que podía intimidar a ejércitos enteros. Sonrió al verlos.
—¡Zeus!
Ambos se saludaron afectuosamente. Después Ares miró a los tres muchachos.
—Cástor. Pólux.
Los gemelos sonrieron.
—¡Hola, Ares!
Finalmente observó a Cronos.
—Y tú debes ser nuestro pequeño invitado especial.
Cronos levantó la cabeza.
—Tengo siglos.
Ares parpadeó. Zeus suspiró.
—Es su respuesta habitual.
Ares soltó una carcajada.
—Entonces, bienvenido, Cronos.
El pelirrojo sonrió.
—Gracias.
Ares los invitó a entrar.
—Kael está terminando unas cosas. Bajará enseguida.
Cronos se detuvo.
—¿Enseguida cuánto?
Zeus cerró los ojos. Ares arqueó una ceja.
—Unos minutos.
Cronos abrió su reloj.
—Bien.
Cástor se inclinó hacia Pólux.
—Está calculando.
Pólux asintió.
—Siempre calcula.
Ares sonrió.
—Espero que se sientan cómodos. He pedido que preparen una merienda. Podemos conversar tranquilamente y después recorrer los jardines.
Zeus lo miró con una expresión extraña. Ares frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué me miras así?
Zeus vaciló.
—¿Kael sabe que vienen?
—Por supuesto.
—¿Y sabe por qué?
Ares parpadeó.
—Porque quieren conocerlo mejor.
Zeus cerró los ojos.
—Claro.
Ares lo observó.
—¿Hay algo que debería saber?
Cronos intervino inmediatamente:
—¡No!
Los gemelos añadieron:
—¡Nada!
Zeus miró a los tres. Después a Ares.
—Ya lo descubrirás.
El salón principal era magnífico. Grandes ventanales permitían que la luz de la tarde entrara sobre los muebles oscuros y las alfombras rojizas. Había una chimenea encendida, una mesa preparada con pasteles y bebidas, y enormes sillones distribuidos alrededor de una mesa baja. Cronos observó todo. Pero no parecía interesado en la decoración. Miró los ventanales. Después la chimenea. Después calculó mentalmente el ángulo de la luz. Cástor se acercó.
—¿Qué haces?
—Compruebo la iluminación.
Pólux levantó la cabeza.
—¿Es buena?
Cronos asintió.
—Excelente.
Zeus los escuchó.
—No empiecen.
—No empezamos nada —respondió Cástor.
Ares se volvió hacia Zeus.
—¿Empezar qué?
—No preguntes.
Finalmente se escucharon pasos en la escalera. Cronos levantó la cabeza inmediatamente. Cástor también. Pólux dejó el pastel que acababa de tomar. Zeus observó a sus hijos. Oh, no. Kael apareció en la parte superior de la escalera. Vestía ropa moderna negra y roja. Sus cabellos rubios, atravesados por mechones rojos, caían alrededor de su rostro y sus hermosos ojos violetas brillaban bajo la luz de los ventanales. Bajó sonriendo.
—¡Zeus! ¡Cronos!
Después miró a los gemelos.
—Y ustedes deben ser Cástor y Pólux.
Nadie respondió. Los tres lo miraban. Fijamente. Demasiado fijamente. Cronos estaba completamente inmóvil. Cástor tenía la boca ligeramente abierta. Pólux había olvidado que sostenía un pastel. Kael se detuvo en el último escalón. Parpadeó. Los tres siguieron mirándolo. Kael miró detrás de sí. No había nadie. Volvió hacia ellos.
—¿Qué ocurre?
Silencio. Zeus se llevó una mano al rostro. Ares frunció el ceño.
—¿Muchachos?
Nada. Kael bajó el último escalón.
—¿Tengo algo en la cara?
Los tres negaron simultáneamente. Kael miró a Zeus.
—¿Están bien?
Zeus respondió:
—Físicamente, sí.
Cronos dio un paso adelante. Observó a Kael con absoluta concentración. El destructor de ojos violetas arqueó una ceja.
—¿Sí?
Cronos respiró profundamente.
—¿Siempre fueron así?
Kael parpadeó.
—¿Así cómo?
Cronos señaló sus propios ojos.
—Violetas.
Silencio. Ares giró lentamente hacia Zeus. Zeus evitó mirarlo. Kael volvió a parpadear.
—¿Mis ojos?
Cronos asintió.
—Sí.
Kael sonrió, confundido.