El Último Poder Del Olimpo

El hijo del trueno

Cronos descubrió algo inesperado durante sus primeros días de verdadera libertad. Podía ser un niño. No fingir serlo. No actuar como uno. Serlo.

Tenía siglos de existencia. Había visto civilizaciones levantarse y desaparecer, había aprendido a controlar el tiempo y podía escuchar pensamientos que ningún mortal debería conocer.

Pero nada de aquello impedía que tuviera la apariencia de trece años, que quisiera jugar, que se riera por tonterías o que considerara perfectamente razonable robarle dulces a Zeus. Especialmente eso último.

Zeus estaba desayunando cuando ocurrió el primer crimen temporal cometido dentro de su castillo. Había cuatro pastelitos de miel sobre la mesa. Cronos llevaba varios minutos observándolos.

—Come la fruta —ordenó Zeus.

Cronos miró la manzana. Después los pasteles. Después a Zeus.

—La fruta no tiene chocolate.

—Esa observación es correcta.

—Entonces no comprendo tu argumento.

—Mi argumento es que desayunes algo que no esté cubierto de azúcar.

Cronos suspiró dramáticamente.

—La libertad duró poco.

Zeus levantó una ceja.

—No empieces.

— Solo digo que ayer era un ser inmortal libre y hoy estoy siendo oprimido por una manzana.

— Cronos.

— Papá.

— La fruta.

Cronos tomó la manzana.

— Tirano.

Zeus ocultó una sonrisa detrás de la taza. Entonces el tiempo se detuvo. El café quedó inmóvil a centímetros de los labios de Zeus. Las cortinas dejaron de moverse. Una gota de agua quedó suspendida sobre una jarra. Cronos sonrió.

—Perfecto.

Se levantó. Rodeó la mesa. Tomó un pastel. Pensó. Tomó otro. Volvió a pensar.

—Estoy creciendo. Necesito nutrientes.

Tomó un tercero. Miró el cuarto.

—Eso sería excesivo.

Regresó uno. Después volvió a sentarse, escondió los otros tres debajo de su capa y mordió la manzana. El tiempo continuó. Zeus bebió café. Cronos puso su expresión más inocente. Treinta minutos después, Zeus quiso tomar un pastel. Se quedó mirando la bandeja. Había uno. Frunció el ceño. Miró a Cronos. Cronos leía tranquilamente.

—Cronos.

—¿Sí, papá?

—Había cuatro.

—Qué interesante.

—Ahora hay uno.

Cronos pasó una página.

—El tiempo transforma todas las cosas.

Zeus entrecerró los ojos.

—Tú transformas todas las cosas.

—También.

—¿Detuviste el tiempo para robarme el desayuno?

Cronos levantó lentamente los ojos.

—No tienes pruebas.

Zeus señaló una migaja pegada a su mejilla.

Cronos se la quitó.

—Ahora menos.

Zeus se quedó mirándolo. Después comenzó a reír. Cronos sonrió.

—¿No estás enfadado?

—Muchísimo.

—No lo parece.

—Estoy intentando ejercer autoridad paternal.

—Te está saliendo fatal.

—¡Cronos!

El muchacho salió corriendo.

—¡NO PUEDES ATRAPAR A QUIEN CONTROLA EL TIEMPO!

Zeus se levantó.

—¡PUEDO PROHIBIRTE LOS PASTELES DURANTE UNA SEMANA!

Cronos se detuvo en seco.

—Eso es abuso de poder.

—Eso es paternidad.

—Necesitamos una constitución.

Zeus descubrió rápidamente que ser padre era considerablemente más difícil que gobernar el Olimpo. Porque un reino obedecía decretos. Cronos preguntaba por qué. Constantemente.

—No puedes subirte al tejado.

—¿Por qué?

—Porque puedes caerte.

—Puedo detenerme antes de tocar el suelo.

—No.

—También puedo ralentizar la caída.

—No.

—Puedo detener el tiempo y...

—¡NO!

Dos horas después:

—No puedes experimentar con portales temporales dentro de tu habitación.

—¿Por qué?

—Porque no quiero encontrar tu cama en el siglo tercero antes de nuestra era.

—Eso ocurrió una sola vez.

Zeus palideció.

—¿Qué?

—Nada.

—¡CRONOS!

Aquella tarde:

—No puedes desaparecer sin avisar durante seis horas.

—Estaba en el bosque.

—No sabía dónde estabas.

—Eso era precisamente lo que queríamos, ¿recuerdas? Que no supieras siempre dónde estoy.

Zeus se llevó una mano al pecho.

—No utilices mi crecimiento personal contra mí.

Cronos sonrió.

—Es muy útil.

—Solo dime que sales.

—Puedo hacerlo.

—Y aproximadamente cuándo regresarás.

Cronos lo miró.

—Eso empieza a parecer vigilancia.

—¡ESO SE LLAMA SER PADRE!

—Convenientemente todo se llama ser padre cuando te favorece.

Zeus señaló hacia él.

—No puedes tener siempre la última palabra.

Cronos sonrió.

—Puedo detener el tiempo antes de que respondas.

Zeus abrió la boca. El tiempo se congeló. Cuando volvió a avanzar, Cronos ya no estaba. Zeus miró alrededor.

—Voy a envejecer.

Desde el corredor llegó una voz:

—¡ERES INMORTAL!

—¡CONTIGO ENCONTRARÉ LA MANERA!

Sin embargo, había algo que Zeus prohibía con mucha menos gracia. Y Cronos comenzó a notarlo. Cada vez que hablaba de libertad, el cuerpo de Zeus se tensaba. Cada vez que mencionaba salir del castillo, aparecía una pregunta demasiado rápida.

Cada vez que decía puedo irme, Zeus palidecía. Hasta que una tarde, mientras caminaban juntos por el bosque, ocurrió. Cronos estaba feliz. Saltaba sobre piedras, hacía girar hojas alrededor de sus dedos ralentizando únicamente el aire que las rodeaba.

—Estuve pensando.

Zeus gimió.

—Eso nunca termina bien.

—Quiero viajar.

Zeus se detuvo.

—No.

Cronos también.

—¿No qué?

—No puedes.

Cronos arqueó una ceja. Zeus comprendió inmediatamente.

—Quise decir...

—¿Qué quisiste decir?

—Que no deberías.

—¿Por qué?

—Porque acabas de recuperar tu libertad.

—Precisamente.

—¡Pues deja de pensar tanto en ella!

Silencio. Cronos lo miró. Zeus cerró los ojos.




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