El Último Poder Del Olimpo

Las ninfas adoptan a Cronos

Las ninfas del bosque tardaron exactamente seis días en descubrir dos cosas sobre Cronos.

La primera: que era el sexto destructor. La segunda: que había pasado una cantidad inadmisible de tiempo sin que nadie se ocupara apropiadamente de él. La primera información despertó fascinación. La segunda provocó indignación.

Y Zeus comprendió demasiado tarde que había perdido cualquier autoridad sobre el asunto. Todo comenzó una tarde en el bosque. Cronos había pasado varias horas con Cástor y Pólux en su rincón temporal, aunque los tres sostenían con absoluta firmeza que habían cumplido todos sus deberes antes de entrar.

Zeus no les creyó. Pero tampoco pudo demostrar lo contrario. Cronos regresaba solo al castillo cuando escuchó voces junto al arroyo. Tres ninfas estaban sentadas sobre unas piedras, entrelazando flores. Una de ellas levantó la cabeza.

—Cronos.

El muchacho se detuvo.

—Hola.

—Ven.

Cronos parpadeó.

—¿Por qué?

—Ven.

Aquello le pareció sospechoso.

—¿Hice algo?

Las tres ninfas se miraron.

—¿Por qué supones inmediatamente que hiciste algo?

Cronos pensó en las últimas dos semanas.

—Experiencia.

Se acercó. Una de las ninfas señaló su capa roja.

—¿Qué le pasó?

Cronos miró hacia abajo. Había un desgarro bastante importante cerca del hombro.

—Una rama.

—¿Una rama?

—Sí.

—¿Y por qué no la reparaste?

Cronos se encogió de hombros.

—Todavía sirve.

Las ninfas lo miraron como si acabara de pronunciar una atrocidad. Cronos retrocedió medio paso.

—¿Qué?

Una se levantó.

—Quítatela.

Cronos abrió mucho los ojos.

—¿Qué?

—La capa.

—¿Por qué?

—Voy a repararla.

—No hace falta.

—Cronos.

—De verdad. Está bien.

La ninfa extendió la mano.

—Dámela.

Cronos la miró. Miró la capa. Volvió a mirarla.

—¿Por qué?

La pregunta cambió algo. La ninfa suavizó inmediatamente la expresión.

—Porque está rota.

Cronos continuó esperando. Como si aquello no fuera explicación suficiente.

—¿Y?

—Y puedo arreglarla.

—Pero no tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

—Entonces...

—Quiero hacerlo.

Cronos quedó callado. Había aprendido a desconfiar de muchas cosas. De laboratorios. De objetos mágicos. De puertas que no podía abrir. De la palabra protección cuando alguien la utilizaba para quitarle decisiones.

Pero todavía no sabía muy bien qué hacer con un gesto sencillo que no pedía nada a cambio. Lentamente se quitó la capa.

—Bueno.

La ninfa la tomó.

—Mañana estará lista.

Cronos la siguió con los ojos.

—¿Mañana?

—Sí.

—¿Me la vas a devolver?

Las tres lo miraron. Cronos se arrepintió inmediatamente de haber preguntado.

—Olvídenlo.

—Por supuesto que vamos a devolvértela.

—Lo sé.

—No parecía.

Cronos bajó la mirada.

—Estoy aprendiendo.

La noticia se propagó. Nadie supo exactamente cómo. Pero las ninfas hablaban. Mucho. Y para la mañana siguiente, aparentemente todas conocían la historia. No cada detalle. Zeus había sido cuidadoso con la intimidad de Cronos. Pero sabían lo suficiente. Sabían de Londres. Sabían que unos humanos lo habían mantenido encerrado. Sabían que había pasado mucho tiempo en una habitación sin ventanas ni relojes. Sabían que había llamado a Zeus durante el cautiverio. Sabían que ahora era su hijo. Y aquello bastó. Cronos bajó a desayunar. Había seis ninfas en el comedor. Se detuvo.

—Buenos días.

—Buenos días.

Todas sonrieron. Cronos miró a Zeus. Zeus estaba bebiendo café. Demasiado tranquilamente.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Cronos entrecerró los ojos.

—Hay seis ninfas.

—Sé contar.

—Normalmente hay dos.

—Quizá quieren verte.

Cronos palideció.

—¿Por qué?

Zeus ocultó la sonrisa en la taza. Una ninfa apareció con una bandeja.

—Te preparé esto.

La dejó delante de Cronos. Había pan caliente, frutas, miel, una bebida dulce y pequeños pastelitos. Cronos contempló todo aquello.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Todo?

—Sí.

—¿Por qué?

La ninfa sonrió.

—Porque me dijeron que te gustan.

Cronos miró a Zeus. Zeus levantó ambas manos.

—Yo no dije nada.

Desde el otro extremo de la mesa, Cástor levantó discretamente la vista. Pólux hizo exactamente lo mismo. Cronos los señaló.

—Traidores.

—Información familiar —dijo Cástor.

—Servicio comunitario —añadió Pólux.

Cronos probó uno de los pastelitos. Sus ojos se iluminaron.

—Está buenísimo.

La ninfa sonrió.

—Entonces mañana preparo más.

Cronos casi se atragantó.

—No tienes que hacerlo.

—Ya sé.

Otra vez aquellas palabras. Ya sé. Cronos bajó lentamente el pastel.

—Pero quieres.

—Exactamente.

El muchacho se quedó mirando la comida. Sus orejas comenzaron a ponerse rojas. Pólux lo vio.

—Está avergonzado.

—No estoy avergonzado.

Cástor sonrió.

—Se puso rojo.

—¡Cállate!

Zeus observaba la escena intentando no emocionarse demasiado. La capa regresó después del desayuno. Cronos la reconoció inmediatamente. Pero estaba perfecta. El desgarro había desaparecido. Los bordes habían sido reforzados y, cerca del cuello, habían bordado discretamente pequeños hilos dorados. Cronos pasó los dedos sobre ellos.

—¿Esto estaba?

—No.

—Lo agregamos.

—¿Por qué?

Una de las ninfas sonrió.

—Porque el rojo y el dorado combinan contigo.

Cronos no supo qué responder.

—Ah.

Silencio.

—Gracias.

—De nada.

Cronos se puso la capa. La acomodó. Volvió a tocar el bordado. Y durante todo el resto del día nadie consiguió que dejara de sonreír. Después vino la habitación. Aquello fue una invasión. Cronos regresó del bosque y encontró la puerta abierta. Escuchó movimiento dentro. Se asomó.




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