El Último Poder Del Olimpo

La primera mañana verdaderamente libre

Cronos despertó sobresaltado. No por una pesadilla. No por un ruido. Ni siquiera por alguna presencia extraña.

Simplemente abrió los ojos y, antes de recordar dónde estaba, hizo lo que su cuerpo había aprendido durante aquellos últimos días. Buscó su mano derecha La sujetó con la izquierda. Y palpó el dedo anular. Nada. Cronos se quedó inmóvil. Volvió a tocarlo. Piel. Solo piel. No había oro. No había símbolos. No había magia de obediencia latiendo debajo de sus dedos. No había anillo. Entonces recordó. El día anterior. Zeus.

Quítamelo.

El pequeño sonido de la joya al caer sobre las mantas. Después él arrojándola por la ventana. Cronos sonrió.

—Salió.

Necesitaba decirlo. Aunque estuviera solo.

—De verdad salió.

Levantó la mano frente a la luz de la mañana. Vacía. Libre. Y rio. Se levantó de la cama de un salto. Corrió hacia la ventana. El cielo estaba completamente despejado. Cronos abrió todavía más las hojas y asomó medio cuerpo.

—¡Buenos días!

Dos ninfas que caminaban por el jardín levantaron la cabeza.

—¡Buenos días, Cronos!

—¿Qué hora es?

Una de ellas miró confundida a la otra.

—¿Las... ocho?

—¡Excelente!

La ninfa parpadeó.

—¿Excelente?

—Sí.

Cronos desapareció nuevamente dentro de la habitación. Las dos ninfas se miraron.

—Nunca entenderé a ese niño.

—Tiene siglos.

—Eso lo hace peor.

Cronos se vistió rápidamente. Pantalones negros. Camiseta oscura. Su capa roja. Después se quedó mirando la puerta. Abierta. Podía cruzarla. Pero aquella mañana algo era diferente. No necesitaba preguntarse hasta dónde podía llegar antes de que Zeus decidiera detenerlo.

No necesitaba preguntarse si el anillo reaccionaría. No necesitaba pedir permiso. Podía salir del dormitorio. Del corredor. Del castillo. Del Olimpo, si realmente lo deseaba. Cronos dio un paso. Después otro. Y comenzó a correr. Zeus estaba desayunando cuando una figura roja apareció en el comedor.

—¡Buenos días!

El dios casi derramó el café. Levantó la cabeza. Cronos estaba de pie frente a él, despeinado, sonriente y respirando agitadamente. Zeus tardó un instante en reaccionar. Hacía demasiado que no lo veía entrar así en una habitación.

—Buenos días.

Cronos se sentó. Miró la mesa.

—¿Hay pasteles?

—Buenos días para ti también.

—Ya te saludé.

—Lo sé.

—Entonces podemos pasar a los asuntos importantes.

Zeus señaló una cesta.

—Pan.

Cronos lo miró con decepción.

—Pregunté por comida.

—Eso es comida.

—Es una interpretación muy generosa del concepto.

Zeus sonrió. El niño estaba regresando. Cronos tomó pan. También fruta. Zeus no comentó absolutamente nada cuando, unos minutos después, una mano demasiado rápida consiguió hacer desaparecer un pequeño pastel de miel. Solo tomó café. Cronos lo observó con sospecha.

—¿No vas a decir nada?

—¿Sobre qué?

—Nada.

—Perfecto.

Cronos mordió el pastel.

—Esto es inquietante.

—Come.

Durante unos minutos desayunaron tranquilamente. Cronos habló. Mucho. Le contó que quería volver a la biblioteca. Que había descubierto un pasillo que todavía no había recorrido. Que quería saber dónde terminaba el bosque. Que había pensado en una manera de detener únicamente la luz de un relámpago sin detener su energía. Zeus escuchaba. No anotaba. No calculaba. Escuchaba.

—Y también quiero intentar detener uno de tus rayos.

Zeus levantó una ceja.

—¿Quieres?

Cronos entendió inmediatamente la pregunta. Sonrió.

—Sí. Quiero.

—Entonces lo intentaremos.

Cronos siguió comiendo. Después se quedó pensativo.

—Papá.

—¿Sí?

—Quiero preguntarte algo.

Zeus dejó la taza.

—Pregunta.

Cronos miró su mano derecha.

—Ayer dijiste que podía marcharme.

Zeus sintió el antiguo miedo. Seguía ahí. Probablemente tardaría mucho en desaparecer. Pero ya no mandaba.

—Sí.

—¿Del castillo?

—Sí.

—¿Sin pedirte permiso?

Zeus asintió.

—Puedes avisarme para que no piense que te secuestraron otra vez y movilice medio Olimpo.

Cronos sonrió.

—Eso sería bastante dramático.

—Soy Zeus.

—Buen argumento.

El dios continuó:

—Pero no necesitas mi permiso.

Cronos dejó el pan.

—¿Puedo ir al bosque solo?

Zeus hizo una mueca. Aquello costaba más.

—Sí.

—¿A la ciudad?

Otra mueca.

—Sí.

—¿A Londres?

—No abuses.

Cronos soltó una carcajada. Zeus suspiró.

—También.

Cronos quedó sorprendido.

—¿En serio?

—En serio.

Zeus apoyó los brazos sobre la mesa.

—Cronos, quiero que entiendas esto.

El muchacho lo miró atentamente.

—Este castillo no es tu límite. Es tu casa.

Cronos dejó de sonreír. Zeus continuó:

—Puedes salir cuando quieras.

—¿Aunque no estés de acuerdo?

La pregunta dolió.

—Aunque no esté de acuerdo.

—¿Aunque tengas miedo?

Zeus sostuvo su mirada.

—Aunque tenga miedo.

—¿Aunque pienses que es peligroso?

—En ese caso probablemente discutiré contigo durante horas.

Cronos sonrió un poco.

—Eso suena más a ti.

—Y quizá te pida que no vayas. Pero pedir no será ordenar.

Cronos miró su dedo vacío.

—Y si digo que no...

—Será no.

El muchacho respiró profundamente. Era extraño. Había imaginado aquella libertad durante tanto tiempo que ahora, al tenerla, parecía inmensa. Podía marcharse. La idea ya no era una fantasía. Era real. Podía levantarse de aquella mesa. Cruzar las puertas. Caminar hasta donde quisiera. Nadie podía activar un anillo. Nadie podía detenerlo mediante una orden. Y precisamente entonces surgió una pregunta que no había esperado. Cronos miró a Zeus.

—¿Y también puedo quedarme?

Zeus parpadeó.

—¿Qué?

—Dijiste que puedo irme cuando quiera.




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