—¿Cuánto falta? —susurró.
Zeus, sentado a su lado, ni siquiera volvió la cabeza.
—Mucho.
Cronos palideció.
—¿Cuánto es mucho?
—Cronos.
—Necesito cifras.
—Acabas de recibir un reloj y ahora todo necesita cifras.
Cronos sacó discretamente el reloj de bolsillo.
—Llevamos cuarenta y tres minutos.
—Guárdalo.
—Cuarenta y cuatro.
Zeus cerró los ojos. Cástor, sentado dos lugares más allá, ocultó una sonrisa. Pólux murmuró:
—Yo le doy veinte minutos antes de que detenga el tiempo y escape.
Cronos respondió mentalmente:
Quince.
Zeus giró hacia los tres.
—No sé qué están haciendo, pero dejen de hacerlo.
Cronos guardó el reloj.
—Papá no puede leer mentes.
—No necesito hacerlo cuando los tres ponen exactamente la misma cara.
La reunión se celebraba en uno de los grandes salones del Olimpo. No era un consejo de guerra. Ni siquiera una asamblea extraordinaria. Se trataba de una reunión diplomática bastante rutinaria entre divinidades de distintos territorios para resolver fronteras de influencia, protección de templos, tránsito entre dominios y algunos desacuerdos comerciales. Cronos había preguntado por qué tenía que asistir. Zeus había respondido:
—Porque quisiste saber qué hago cuando no estoy persiguiéndolos por el bosque.
Cronos ya estaba arrepentido de haber preguntado. Sin embargo, había otra razón. Cada vez más dioses sabían de él. Del sexto destructor. Del niño capaz de detener el tiempo. Del muchacho que había sobrevivido a Aión. Del vínculo verde y rojo que lo unía a Zeus. Y, sobre todo, comenzaban a circular rumores acerca de la verdadera extensión de sus poderes.
Zeus quería que Cronos conociera el Olimpo poco a poco. Sin ceremonias todavía. Sin presentaciones formales. Simplemente estando allí. Como su hijo. Cronos llevaba ropa negra moderna y su inseparable capa roja. El reloj de bolsillo descansaba contra su pecho. Nada mágico. Nada impuesto. Solo suyo. De vez en cuando lo tocaba. Zeus lo había notado. Nunca comentaba nada.
La reunión avanzó. Cronos escuchaba pensamientos de manera superficial, sin penetrar deliberadamente en ninguna mente. Había aprendido a distinguir entre escuchar el ruido inevitable de una multitud y buscar activamente secretos. La mayoría de los pensamientos eran aburridos.
Esto podría haberse resuelto por mensajero.
Ese vino es horrible.
¿Por qué Zeus ha cambiado tres veces de secretario este siglo?
El hijo pelirrojo de Zeus parece demasiado joven.
Cronos arqueó una ceja ante aquello último. Luego apareció otro pensamiento.
Así que ese es el arma.
Cronos dejó de respirar. Fue apenas una frase. Un pensamiento fugaz. Nada más. Pero algo dentro de él se contrajo. Sus dedos buscaron el reloj.
Tac.
Tac.
Tac.
El tiempo seguía avanzando. Estaba en el Olimpo. No en Aión. No había anillo. Podía levantarse. Podía marcharse. Podía decir que no. Lo sabía. Aun así, aquella palabra había encontrado una herida que todavía no estaba completamente cerrada.
Arma.
Zeus lo miró.nNo podía leerle la mente. Pero había aprendido otras cosas. La forma en que Cronos tensaba los hombros. Cómo bajaba ligeramente la mirada cuando algo le dolía y no quería mostrarlo. La manera en que tocaba el reloj cuando necesitaba recordar que un objeto podía acompañarlo sin controlarlo. Zeus se inclinó.
—¿Estás bien?
Cronos asintió.
—Sí.
Zeus no insistió.
—Si quieres salir, sal.
Cronos lo miró.
—¿Aunque estemos en una reunión?
—Aunque yo estuviera negociando el destino del universo.
Cronos sonrió débilmente.
—Dramático.
—Soy Zeus.
—Eso explica muchas cosas.
La sonrisa fue suficiente. Por el momento. La reunión continuó. Hasta que uno de los dioses menores pidió la palabra. Se llamaba Leonteo. Era una antigua divinidad vinculada a fortalezas y protección de ciudades. No era particularmente poderoso, pero poseía suficiente antigüedad como para ser escuchado.
—Majestad.
Zeus levantó la mirada.
—Habla.
Leonteo se puso de pie.
—Hay un asunto que algunos consideramos necesario aclarar.
Atenea, sentada al otro lado de la mesa, dejó lentamente su copa. Algo en el tono no le gustó.
—¿Cuál?
Leonteo miró a Cronos.
—El sexto destructor.
Cronos se quedó quieto. Zeus también.
—Se llama Cronos —dijo Zeus.
—Por supuesto.
Leonteo hizo una inclinación respetuosa.
—Cronos.
El muchacho no respondió.
—Los rumores sobre sus capacidades son extraordinarios —continuó el dios— Cronoquinesis a una escala nunca documentada. Telepatía capaz de alcanzar incluso mentes divinas. Alteración localizada del flujo temporal. Detención completa.
Cronos sintió cómo los dedos se le enfriaban. Atenea intervino:
—¿Cuál es exactamente tu pregunta?
Leonteo miró a Zeus.
—Una bastante evidente — Zeus no respondió —Si lo que se dice es cierto, el equilibrio militar del Olimpo ha cambiado.
Silencio. Cronos miró lentamente a su padre. Leonteo continuó:
—Por eso necesitamos saber qué capacidades militares tendrá Zeus ahora que posee al destructor más poderoso.
El salón entero quedó inmóvil. No por Cronos. Esta vez fue otra clase de inmovilidad. Atenea cerró los ojos. Cástor dejó de sonreír. Pólux giró lentamente hacia Leonteo. Cronos no se movió. Ni siquiera respiró.
Posee.
Aquella palabra fue peor. Mucho peor. Durante un segundo, el salón desapareció. Una mesa. Una mano. Oro. Un anillo.