Voy a quitártelo.
Después, agotamiento. Sueño. Y oscuridad. Cuando abrió los ojos, la habitación estaba iluminada por la luz suave de la mañana. Y Zeus seguía allí. Estaba sentado junto a la ventana. No tenía documentos..No había mapas. No estaba estudiando. Simplemente esperaba. Cronos se movió entre las mantas. Zeus giró inmediatamente.
—Buenos días.
Cronos parpadeó.
—¿Qué hora es?
Zeus sonrió. Aquella pregunta. La había extrañado.
—Las nueve y diecisiete.
Cronos miró hacia la ventana.
—Diecisiete es innecesariamente específico.
—Tú preguntaste.
—Podías decir nueve y cuarto.
—Eso habría sido incorrecto.
Cronos lo miró.
—Eres insoportable.
Zeus sonrió.
—Eso me han dicho.
Por primera vez en muchos días, Cronos sonrió también. Después miró su mano. El anillo seguía allí. La sonrisa desapareció. Zeus lo vio. No intentó justificarse. No dijo que había esperado porque Cronos estaba dormido. No habló de seguridad. Simplemente se levantó y caminó hasta la cama. Se sentó a una distancia prudente.
—Cronos.
El muchacho levantó la mirada.
—¿Qué necesitas?
Cronos no dudó. Ni siquiera un segundo. Extendió la mano derecha.
—Quítamelo.
Zeus sintió que aquellas dos palabras atravesaban todo lo ocurrido. Todas las veces que Cronos había pedido lo mismo.
Quítamelo.
Cuando había despertado y descubierto la joya. Cuando había comprendido que no podía retirarla. Cuando Zeus había utilizado el anillo por primera vez. Después de obligarlo a detener el tiempo. Después de obligarlo a escuchar pensamientos. Después de los mapas. Después de los cinco minutos. Siempre la misma petición. Y Zeus siempre había encontrado una razón para decir:
Todavía no.
Aquella mañana no.
—Sí.
Cronos se quedó inmóvil. Como si todavía esperara una condición. Zeus extendió las manos. Pero se detuvo antes de tocarlo.
—¿Me permites?
Los ojos celestes se llenaron inmediatamente de lágrimas. Cronos asintió.
—Sí.
Zeus tomó su mano. Con suavidad. El anillo reaccionó. Los símbolos grabados comenzaron a iluminarse. Rayo. Cielo. Corona. Autoridad. Todo aquello que Zeus había depositado en él. El dios lo contempló. Por un instante sintió regresar el miedo. Cuando aquella joya desapareciera, también desaparecerían las garantías. No sabría siempre dónde estaba Cronos. No podría bloquear su poder. No podría imponer una orden. Si Cronos quisiera marcharse, podría hacerlo.
Zeus levantó la mirada. El muchacho lo observaba. Esperando. Confiando otra vez. El miedo desapareció.
—Escúchame bien, hijo.
Cronos tragó saliva.
—No voy a sustituirlo por otro sello.
Los ojos del muchacho se abrieron un poco más.
—No habrá otra marca — Zeus sostuvo su mano —No habrá otro objeto. No habrá un hechizo secreto. No voy a intentar asegurarme de que permanezcas conmigo mediante magia.
Cronos comenzó a llorar.
—Si te quedas...— Zeus miró directamente sus ojos —...quiero que sea porque quieres estar aquí. Conmigo
Cronos respiró temblorosamente.
—Quiero quedarme.
Zeus cerró los ojos. Dos palabras. Eso era todo. No había necesitado oro. No había necesitado autoridad divina. No había necesitado control.
Quiero quedarme
Zeus colocó dos dedos sobre el anillo.
—Cuando lo retire, la conexión de autoridad desaparecerá inmediatamente.
Cronos asintió.
—No podré darte órdenes mediante él.
Otra lágrima.
—Sí.
—No podré bloquear tu cronoquinesis.
Cronos apretó ligeramente los dedos de Zeus.
—Sí.
—Y podrás marcharte cuando quieras.
El muchacho lo miró.
—Sí.
Zeus respiró profundamente.
—Entonces eres libre.
Pronunció una única palabra divina. El oro se apagó. Cronos sintió algo romperse. No dentro de él. Alrededor. Una presión que llevaba tantos días soportando desapareció de repente. La magia que rodeaba su voluntad se deshizo. La presencia de Zeus dejó de existir dentro del anillo. La joya perdió resistencia. Y Zeus tiró suavemente. El anillo se deslizó. Por primera vez salió. Cayó sobre las mantas. Un pequeño sonido metálico.
Clinc.
Nada más. Un ruido ridículamente pequeño para algo que había causado tanto dolor. Cronos quedó inmóvil. Mirándolo. Zeus no dijo nada. El muchacho levantó lentamente su mano derecha. La giró. Miró el dedo. Vacío. Lo tocó con la izquierda. Después volvió a mirar el anillo.
—Salió.
Zeus sintió que se le quebraba el corazón.
—Sí.
Cronos volvió a tocarse el dedo.
—Salió.
—Sí, hijo.
—De verdad.
—De verdad.
Cronos tomó el anillo..Zeus se tensó ligeramente. El muchacho lo sostuvo entre dos dedos. Una pequeña pieza de oro. Nada más. Ya no tenía poder sobre él. Cronos la observó.
—¿Puedo...?
Se detuvo. Zeus comprendió.
—Puedes hacer lo que quieras con él.
Cronos lo miró.
—¿Lo que quiera?
—Es tuyo para destruirlo, guardarlo, arrojarlo por la ventana...
Cronos miró hacia la ventana. Zeus levantó un dedo.
—Era una expresión.
Por primera vez apareció una pequeña chispa traviesa.
—Demasiado tarde.
Cronos lanzó el anillo.
—¡Cronos!
La joya atravesó la ventana abierta. Zeus corrió.
—¡ERA ORO DIVINO!
Cronos soltó una carcajada..Zeus se asomó. El anillo desapareció entre los arbustos.
—Perfecto.
Cronos se reía.
—Absolutamente perfecto.
—¿Quieres que detenga el tiempo para recuperarlo?