Para Marcos fue un remanso de paz no haberse sentado a cenar con Gabriel la noche anterior. Aquella ausencia había sido más llevadera que otra cena en la que tendría que ignorarlo. Cuando llegó su hora de dormir y supo que tampoco aparecería en la habitación, lo imaginó encerrado en la biblioteca, con una botella en la mano y la expresión sombría. Ya no era asunto suyo; si Gabriel quería pasarse las horas bebiendo hasta bajarse mil botellas de licor, que lo hiciera. Si pretendía hundirse en el alcohol, en el trabajo o en cualquier otra cosa, ya no pensaba correr detrás de él; no le importaba en lo más mínimo. Gabriel podía hacer lo que quisiera con su vida.
A la mañana siguiente, bajó hacia el comedor esperando encontrarlo vacío. Apenas atravesaba el vestíbulo cuando el mayordomo lo alcanzó.
—Buenos días, señor. El señor Gabriel dejó un recado para usted. Dijo que estaría fuera casi todo el día y que se ocuparía personalmente de los asuntos de la bodega. Me pidió que le informara de que no es necesario que usted vaya.
Marcos se sorprendió.
—¿Tan temprano salió?
—Sí, señor. A primera hora de la mañana.
Eso le indicaba que Gabriel no se la había pasado bebiendo como suponía. Al menos no hasta perder el juicio.
Asintió y continuó su camino.
—Gracias.
No quiso saber qué pasaba. Si el mismísimo Gabriel le estaba regalando un día libre, no iba a desperdiciarlo pensando en qué diablos pretendía con ese cambio de actitud.
Aprovechó entonces el tiempo para alejarse de la mansión. Salió a caminar por las calles, almorzó en una taberna cerca del centro del barrio, charló con algunos viejos conocidos y terminó pasando gran parte de la tarde en la propiedad de Pembrok. Las horas se le fueron volando en un ambiente entretenido, especialmente cuando Eduardo, entre balbuceos nerviosos y copas de jerez, le confesó que al fin pretendía pedir la mano de Clara.
La noticia alegró a Marcos; terminó burlándose de él durante buena parte del rato, pero también lo ayudó a decidir algunos detalles con seriedad, buscando la forma de hacer una propuesta idónea.
Solo cuando Eduardo insistió en que lo acompañara al sastre para encargar un atuendo a medida, él se dio cuenta de lo tarde que era. Decidieron hacer una pausa y Marcos planeó volver rápidamente a casa para buscar un abrigo más grueso para la noche.
Subió a su habitación, tomó la prenda oscura y se la colocó mientras descendía nuevamente hacia el vestíbulo. Tenía aquella sonrisa distraída en el rostro cuando llegó al descanso de la escalera.
Pero entonces levantó la vista y lo vio.
Gabriel acababa de entrar al recibidor desde el comedor. De inmediato, Marcos borró toda huella de alegría y desvió los ojos hacia la puerta de salida, con la única intención de irse lo antes posible y fingir que ni siquiera lo había cruzado.
—Te estaba buscando.
Marcos continuó bajando los escalones con la mirada fija en ellos.
—¿Vas a salir?
—Sí.
Gabriel avanzó hacia la entrada principal.
—¿Adónde?
—Pembrok me espera afuera. Vamos a buscar un traje.
Por estar más cerca, Gabriel llegó primero a la salida y se plantó ante ella. Solo entonces Marcos comprendió que había elegido impedirle el paso; así que, al llegar frente a él, desvió inmediatamente la vista hacia un costado.
—¿A qué hora volverás? —preguntó Gabriel, escudriñando su perfil esquivo.
—No lo sé.
—Necesito saberlo.
Marcos soltó el aire por la nariz.
—¿Te corres? Quiero salir.
Gabriel dio un paso hacia él.
—Tenemos que hablar esta noche.
—No tenemos nada qué hablar —mantenía los ojos fijos en las molduras de la pared.
—Eso no lo decides tú.
Marcos giró la cabeza hacia el otro extremo, clavando ahora la atención en el salón.
—Claro que sí.
Siguiendo su movimiento, Gabriel supo de inmediato lo que estaba pensando: Marcos no necesitaba solo de esa puerta para salir. Cuando el otro hizo el ademán de alejarse, lo sujetó del brazo con fuerza.
—Mírame cuando te hablo —le demandó.
La mirada de Marcos descendió directamente hasta la mano cerrada alrededor de su manga.
—Suéltame.
Gabriel apretó el agarre.
—No vas a seguir ignorándome en mi propia casa.
—He dicho que me sueltes.
Al percibir la absoluta rigidez en el cuerpo de Marcos, Gabriel lo soltó con brusquedad.
—¿Ni siquiera vas a intentar mirarme?
Marcos levantó los ojos hasta la corbata perfectamente ajustada, como si aquel pequeño pedazo de tela resultara más digno de su atención que el hombre frente a él.
—Muévete de una vez y déjame salir.
Gabriel apretó la mandíbula. Marcos lo trataba como si fuera un obstáculo cualquiera en medio de su camino.
—Me estás colmando la paciencia, Marcos.
—Entonces déjame ir.
Cuando Marcos intentó apartarse, Gabriel, en un acto impulsivo y dominante, alzó la mano y le tomó el mentón con rudeza, tirando de él para obligarlo a buscar su rostro.
—Mírame.
La reacción de Marcos fue la de un animal acorralado. Lo apartó de un manotazo fuerte, haciendo que lo soltara.
—¡No hagas eso!
Por la necesidad absurda de recuperar aunque fuera una fracción de su atención, volvió a sujetarlo por la barbilla, clavando los dedos en su mandíbula.
—He dicho que me mires.
Fue entonces cuando Marcos perdió los estribos. De un segundo a otro se abalanzó contra él en un empujón brusco. El movimiento tomó a Gabriel desprevenido y, al ver que estaba a punto de perder el equilibrio, extendió el brazo y se aferró con fuerza al de Marcos, precisamente el que sostenía el bastón. Aquel apoyo firme evitó que terminara en el suelo.
—¡Suéltame! —espetó Marcos, alzando su otro brazo y plantandolo de lleno contra el pecho de Gabriel, presionándolo con fiereza para obligarlo a soltarlo.
Pero Gabriel permaneció aferrado, incapaz de ceder mientras Marcos seguía empujando con toda la energía que tenía. El espacio entre ambos se redujo hasta convertirse en apenas unos centímetros y, con cada intento de Marcos por liberarse, los dos avanzaron y retrocedieron sin encontrar una posición estable, hasta que Gabriel terminó chocando de espaldas contra la puerta en un impacto qué le arrancó el aire durante un segundo.