“¿Cómo no lo vi venir?”
Miró la punta de sus dedos teñidos de rojo. A su lado, el cochero mantenía ambas palmas presionadas contra el costado izquierdo de su abdomen y de su espalda. Gabriel siguió la dirección de aquella contención; las gruesas gotas caían a un ritmo constante, manchando el impecable mármol del vestíbulo mientras la piel de Simone se empapaba.
“¿Cómo no me di cuenta?”
Su mente retrocedió sobre los últimos minutos: el caballo encabritándose, el primer disparo, la huida, la segunda detonación.
Miguel regresó corriendo desde el comedor con una botella de brandy ya abierta.
—¡Señor! Debe beber un poco. Le ayudará con el dolor.
Quiso responder que no necesitaba nada, pero el mayordomo ya acercaba el pico de la bebida a sus labios. Mientras el licor le quemaba la garganta, sus pensamientos seguía buscando una respuesta. ¿Cuándo ocurrió? ¿Cuando se inclinó sobre el cuello del animal? ¿Había sido entonces? ¿Cuando el corcel empujó hacia delante? Intentó recordar la sensación; sin embargo, no tenía nada, no sintió el impacto ni el dolor.
Se apartó de la boquilla.
—No lo sentí...
Miguel lo miró preocupado.
—¿Señor?
El estupor de la adrenalina comenzaba a abandonarlo. Al ver las facciones asustadas de su empleado, Gabriel intentó enderezarse. El movimiento fue suficiente para que el mundo pareciera pesarle; sintió que su espalda comenzaba a perder firmeza y, por puro instinto, buscó un punto de apoyo.
Miró hacia la mesa del centro e intentó avanzar.
—¡No! Señor, no tiene que moverse —le advirtió Simone, aterrado al sentir cómo el cuerpo de su patrón se desplazada.
—Necesito sostenerme.
Comenzó a adelantarse y Simone lo acompañó en el movimiento sin soltarlo, hasta que Gabriel logró apoyar una palma sobre la superficie de madera. Su respiración se volvió levemente más pesada.
El cochero miró al mayordomo:
—Tengo que ir por el médico —su voz sonó desesperada—. ¿Dónde están las sábanas? ¡O trae un trapo, algo para hacer presión!
Miguel dejó el licor a un lado y se apresuró hacia la base de las escaleras:
—¡Muchacha! ¡¿Dónde estás?!
Su voz retumbó por toda la casa y los demás empleados comenzaron a aparecer. Entonces el cocinero irrumpió con las tijeras en mano.
—¡Las encontré! ¡Aquí están! —al ver a Simone, se alarmó—: ¡¿Pero qué haces aquí?! ¡Ve por el doctor!
—¡Eso quiero hacer pero no puedo soltarlo! Pierde demasiada sangre.
Gabriel volvió a mirar hacia el suelo. Era cierto. Llegó hasta ahí herido y cabalgó desangrandose sin saberlo. ¿Cuánto había perdido?
Miguel regresó junto a él y observó rápidamente la posición de las manos de Simone.
—Vamos a cambiar de lugar. A la cuenta de tres yo lo sostengo y tú te retiras.
Simone asintió.
—Entendido.
—Bien, prepárate —posicionó sus palmas justo sobre las del cochero, listo para intervenir—. Una...
La sirvienta llegó corriendo por los escalones.
—¡Aquí están! ¡Aquí están! —Traía las sábanas de lino.
—Dos… —Miguel se preparó—. ¡Tres!
Simone se alejó y el mayordomo ocupó inmediatamente su lugar, presionando con mayor fuerza. Gabriel soltó un grito ahogado y apretó los dientes cuando el dolor le atravesó las entrañas con intensidad. Buscó el brandy y bebió un trago mucho más largo que el anterior, esperando adormecer la sensación. Respirando con más fuerza, miró a Simone:
—Ve por el médico.
—¡Sí, señor! —salió corriendo hacia la salida.
Gabriel giró apenas la cabeza.
—Durant, acompáñalo.
—¡Sí! —este soltó las tijeras sobre la mesa y salió detrás del otro.
En ese momento, el mozo mayor apareció apresuradamente con una vasija profunda con agua fría y vinagre.
—¡Ayúdame! —Miguel le señaló con la cabeza las tijeras—. Tenemos que vendarlo y mantener la contención.
Edwin dejó rápidamente el recipiente sobre la mesa.
—¡Leonor, ven aquí! —gritó hacia atrás.
Ella se acercó corriendo y Edwin recogió las tijeras, se volvió hacia Gabriel y evaluó su postura.
—Señor, tendré que cortar su ropa.
Gabriel lo miró molesto por la idea de que alguien tuviera que desvestirlo allí, pero lo permitió.
—Hazlo.
Edwin asintió.
—Leonor, acércate.
—¡Sí! Aquí estoy.
Entre ambos, procuraron abrir el chaleco y la camisa sin obligar a Gabriel a moverse demasiado. Luego, Edwin introdujo las tijeras mientras Leonor apartaba los extremos de la tela para facilitarle el trabajo. Rompieron la ropa alrededor de las manos de Miguel para que este no tuviera que aflojar la presión ni un solo segundo; aun así, la sangre parecía encontrar un camino entre sus dedos.
Ahora Gabriel podía sentirlo mejor. El malestar abdominal comenzaba a hacerse más intenso, extendiéndose desde el flanco hacia el interior cada vez que respiraba profundamente o intentaba cambiar de posición. El alcohol no lo estaba ayudando. Volvió a enderezarse, pero su pierna izquierda comenzaba a sentirse extrañamente insegura.
—No se mueva, señor.
Él frunció el ceño.
—No me des órdenes.
En medio de todo aquello, Gabriel todavía intentaba decidir qué ocurría a continuación simplemente porque estaba acostumbrado a hacerlo. Y cuando Edwin cortó la última parte de su camisa, el dolor lo atravesó.
—¡Maldita sea!
Su pecho quedó finalmente al descubierto. Al bajar la vista para mirarse, las manos de Miguel seguían en su posición, completamente rojas, con pequeñas gotas que resbalaban por sus muñecas para caer sobre el suelo. Pese a lo dantesco de la escena, a sus ojos parecía que, de alguna forma, la situación aún estaba bajo control: permanecía consciente, podía hablar y decidir qué hacer.
—Bien, tienen que ser rápidos —ordenó, procurando recuperar la firmeza de su voz mientras tomaba el envase y bebía otro trago—. En cuanto Miguel aparte las manos, vierten rápidamente el agua sobre la herida y después me envuelven. Aprieten todo lo que puedan. ¿Entendido?