Herencia el destino está escrito o puede cambiarse.

Capitulo 188

A aquella hora, la mayor parte de las ventanas permanecían oscuras. Marcos viajaba sentado frente a Eduardo; ambos todavía hablando de la visita al sastre y de los detalles de la propuesta.

Entonces, un grito llegó desde algún punto lejano. Marcos inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Oyes eso?

—¿Qué cosa?

Una voz volvió a escucharse en la distancia, mucho más clara esta vez:
—¡A un lado!

—¡Eso! —señaló Marcos.

De un segundo a otro, el carruaje se detuvo de golpe. El frenazo lanzó a Marcos hacia atrás contra el respaldo y Eduardo se fue casi de frente, teniendo que sujetarse con ambas manos para no golpearse contra el asiento delantero.

—¡Dios! ¿Pero qué demonios...?

Ambos quedaron mirándose, desconcertados por aquella interrupción tan violenta mientras el sonido de los cascos golpeando el empedrado crecía rápidamente, acompañado por el llamado urgente de alguien que parecía abrirse paso.

—¡A un lado! ¡Apártense!

Marcos frunció el ceño. El tono desgarrado de esa voz se le hizo tan familiar que abrió la portazuela por pura curiosidad. El aire frío de la noche entró de golpe y una montura pasó delante de él a toda velocidad, tan cerca que tuvo que entornar la puerta.

—¡Cuidado! —gritó el jinete.

Marcos volvió a abrir y siguió al caballo con la mirada mientras este se alejaba. Luego, el bastón golpeó el suelo y descendió.
—¿Simone? —murmuró.

—¿Qué pasa, Baker? —preguntó Eduardo desde el interior, asomándose.

—Creo que era mi cochero.

Algunas personas que todavía transitaban por la zona se habían detenido para observar el extraño espectáculo. Una mujer junto a una esquina se llevó una mano al pecho mientras un hombre apartaba a su acompañante del camino. Nadie parecía comprender qué ocurría, pero todos habían visto al jinete atravesar la calzada a una velocidad impropia de aquella hora, gritando advertencias mientras obligaba a los demás a desviarse.

El momento de tensión aún no se había desvanecido cuando el repiqueteo furioso de un segundo animal comenzó a acercarse a toda marcha desde el mismo origen. Marcos dio un paso hacia adelante y entrecerró los ojos buscando precisar a quien se aproximaba, pero las sombras y la velocidad hacían imposible distinguir un rostro.

—¡A un lado! —grito quien montaba para apartar a un carretón que bloqueaba el paso.

​Marcos reconoció el timbre áspero y potente al instante. Justo cuando el corcel pasaba frente a él, cortando el viento, gritó:
​—¡Durant!

El cocinero apenas alcanzó a girar la cabeza. Sus ojos encontraron a Marcos durante un instante y su expresión cambió al reconocerlo; aun así, continuó avanzando unos metros más por inercia, hasta que terminó tirando bruscamente de las riendas.

El caballo frenó con fuerza y Durant permaneció montado unos metros más adelante, mirando hacia atrás. El señor Marcos seguía allí. Después, giró hacia la dirección por la que Simone había desaparecido: estaba dividido entre la desesperación de su encomienda y la presencia de la persona a la que su patrón podría estar esperando.

Eduardo bajó.
—¿Pero qué pasa? —miró en la misma dirección que Marcos.

Él permaneció inmóvil, todavía con la vista fija en Durant.
—No lo sé.

Aquellas palabras apenas habían salido de su boca cuando el cocinero hizo volver a su montura.
—¡Señor!

Durant casi le echo encima al animal al detenerse.

—¡Pero ten cuidado! —le recriminó Marcos, dando un paso hacia atrás.

—Señor... —consiguió decir mientras saltaba de la silla, agitado.

Marcos frunció el ceño; Durant tenía el rostro alterado de una manera que jamás le había visto.
—¿Qué demonios te pasa? ¿El otro era Simone?

—Es… es el señor Gabriel —la voz le salió rota por la angustia—. Él está en casa... él… él… —no pudo controlar su pánico—. ¡No lo sé, por Dios, no sé qué pasó, pero hay demasiada sangre! ¡Muchísima! ¡Tiene una herida terrible en el abdomen!

—¡¿Qué?!—exclamaron Marcos y Eduardo al unísono, abriendo los ojos de par en par.

—Simone va por el médico —continuó Durant, desesperado por hacerle entender la gravedad—. El señor me pidió que lo acompañara, ¡pero usted tiene que ir a casa ya mismo! ¡No sé qué está pasando!

El cuerpo entero de Marcos vibraba. Las palmas comenzaron a sudarle de inmediato y un zumbido le inundó los oídos. El aire parecía haber desaparecido al punto de olvidarse del frío.

“¿Gabriel herido?”

Su bastón cayó al suelo. No había tiempo para preguntas ni para pensar. Se abalanzó hacia el caballo de golpe y agarró la silla con fuerza.
—¡Rápido, sostenlo!

Durant obedecio de inmediato.

—¡Ayúdame, Eduardo!

—¡Sí!

Este entrelazó los dedos firmemente para formar un escalón improvisado y se agachó. Marcos apoyó el pie sano sobre ellos y se impulsó de un brinco. La agonía le atravesó la pierna herida cuando la pasó por encima del lomo, pero ni se detuvo a reparar en ello. Se acomodó como pudo y buscó las riendas. ​No dio margen para nada más: azotó las correas contra el cuello del caballo y descargó un puño con fiereza sobre los cuartos traseros.

​—¡Anda! —le gritó con un rugido.

La montura relinchó sorprendida por el golpe y salió disparada, perdiéndose a un galope desenfrenado en medio de la niebla nocturna.

Eduardo recogió rápidamente el bastón y se volvió hacia Durant.
—¡Sube! —ordenó, señalando el carruaje—. ¡Vamos para allá!

Durant no necesitó que se lo repitiera. Ambos corrieron hacia el coche y un instante después este arrancó.

En el trayecto, Marcos comenzó a sentir que la opresión en su pecho aumentaba con cada segundo que pasaba. No sabía qué estaba ocurriendo, pero el rostro desencajado de Durant se había quedado grabado en su mente.

​”No puede ser tan grave. No, no, no, no, no…”

Gabriel estaba en la residencia, el personal lo acompañaba, Simone había ido por el doctor y tenía a demasiadas personas alrededor para que algo realmente terrible pudiera sucederle. Marcos se aferró a esas ideas como pudo, repitiéndoselas mentalmente mientras obligaba al caballo a avanzar cada vez más rápido.




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