VOLVER A CASA
El lunes amaneció sobre Nueva York con una luz grisácea y tranquila, filtrada entre los rascacielos, pálida y fría, como si la ciudad también estuviera despidiéndose.
Por primera vez desde que habían llegado, Alex abrió los ojos sin pensar inmediatamente en cámaras, accesos, rutas de escape o sociedades interpuestas. Sin el nudo en el estómago. Sin la adrenalina quemándole la garganta.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba. En la suite del Principal. Con el zumbido lejano de Manhattan despertando tras el cristal.
Hannah dormía a su lado, acurrucada contra su pecho, desnuda bajo las sábanas, con la respiración suave y regular. La observó en silencio. El cabello se había extendido sobre la almohada y una parte le cubría la mejilla. Parecía completamente ajena al ruido de la ciudad que comenzaba a levantarse al otro lado de los ventanales. Tranquila. Hermosa. Suya.
Alex sonrió. Una sonrisa íntima, llena de amor y de alivio.
Era su último día en Nueva York. Y, por primera vez desde que habían vuelto a encontrarse, aquella ciudad no le parecía un lugar que debía investigar. Solo un lugar que debía dejar atrás. Porque lo que quería llevarse ya lo tenía entre sus brazos.
Hannah abrió lentamente los ojos, todavía adormilada, con una sonrisa soñolienta.
-¿Qué hora es?
Alex miró el reloj, sin ganas de moverse.
-Demasiado pronto.
-Entonces todavía podemos dormir.
-Cinco minutos.
-Diez.
-Ocho.
Hannah sonrió, acurrucándose más contra él.
-Eres un egociador terrible.
-Y tú eres una Inspectora exigente.
Ella se acercó un poco más a él, rozando su nariz contra la suya.
Durante unos minutos no hicieron nada. Solo respirar juntos. Escuchar el latido del otro. Sentir el calor de la piel desnuda bajo las sábanas. No necesitaban hacerlo.
Después de todo lo ocurrido, aquella quietud era casi un lujo. Un regalo robado al caos.
-Hoy regresamos -murmuró Hannah, con voz queda, acariciándole el pecho.
Alex asintió, dándole un besito en la frente.
-Sí.Ella miró hacia la ventana, donde la luz gris de Manhattan pintaba sombras en el techo.
-Qué raro.
-¿El qué?
-Hace unos años Nueva York significaba una cosa completamente distinta. Huir. Sobrevivir. Olvidarte.
Alex supo a qué se refería. Los años separados. La vida que Hannah había construido allí. Todo aquello que él no había vivido.
Pero esta vez no quiso convertir el momento en una conversación sobre lo perdido.
Le tomó la mano, entrelazando sus dedos, y se la llevó a los labios para besarla con devoción.
-Ahora significa otra cosa -Hannah lo miró, con los ojos brillando. Alex sonrió, con amor absoluto-. El lugar donde algún día volveremos.
Ella comprendió inmediatamente. No como Joshua y Kimberly. No como investigadores. Como ellos. Como familia.
-¿Con Connor?
-Con Connor. Los tres, tomados de la mano por Central Park.
Salieron del hotel a media mañana. Con las maletas rodando sobre el mármol del lobby por última vez. No tenían ninguna operación pendiente. No había una reunión encubierta. No tenían que seguir a nadie. Ni siquiera llevaban la tensión de la noche anterior encima de la misma manera. Llevaban otra cosa: la liviandad de quien ha sobrevivido y ha encontrado algo por lo que volver.
Caminaron por Manhattan sin rumbo concreto. Sin auriculares. Sin Joe en el oído. Solo el ruido real de la ciudad.
Se detuvieron en una cafetería, pequeña, con olor a canela y a café recién molido, con vaho en los cristales. Compartieron un café y algo para desayunar, sentados muy juntos, con las piernas rozándose bajo la mesa.
Después siguieron caminando, por calles anchas donde el viento se colaba entre los edificios.
Hannah tomó fotografías. De las fachadas de ladrillo rojo, de puestos de flores, de él. Alex hizo algunas que quedaron deliberadamente torcidas.
-No sabes hacer fotos.
-Sé hacer fotos.
-Eso no es una foto.
-Es arte.
Hannah miró la pantalla.
-Es un edificio cortado por la mitad.
-Es minimalismo arquitectónico.
Ella se echó a reír, a carcajadas, con esa risa que a Alex le hacía olvidar todo lo demás.
Alex la observó durante unos segundos. Aquello era lo que quería recordar de Nueva York. La risa de su chica. Su mano dentro de la suya, caliente a pesar del frío. La manera en que caminaba a su lado. El sonido de su voz hablando de cualquier cosa. Lo extraordinario estaba precisamente en poder hacer algo tan normal. En poder ser simplemente dos personas enamoradas en Manhattan.
En un momento determinado se detuvieron frente a un escaparate, de una librería antigua con libros apilados hasta el techo.
Hannah miró un objeto. Alex miró el reflejo de ambos. Sus dos siluetas recortadas contra los lomos de colores.
-¿Sabes qué es lo más raro? -preguntó ella, con voz emocionada.
-¿Qué?
-Que aquí podemos hacer esto.
-¿Mirar escaparates?
-Ser nosotros.
Alex asintió, apretándole la mano. Ella bajó ligeramente la voz.
-En North Harbour volveremos a tener que controlar todo lo que sentimos.
Alex no respondió inmediatamente. Sabía que era verdad.
-No podremos entrar juntos en la comisaría.
-Ni salir.
-Ni sentarnos demasiado cerca.
-Ni mirarnos demasiado.
-Eso último va a ser complicado. Mucho. Ni podremos hacer el amor, cuando nos dé la gana.
Hannah le dio un pequeño golpe con el hombro, sonrojada.
-Alex.
Él sonrió.
-Lo sé.
Después se puso serio, mirándola con intensidad.
-Pero no estamos retrocediendo.
Hannah lo miró.
-No.
-Lo que tenemos sigue existiendo aunque nadie más lo vea.
Ella entrelazó los dedos con los suyos, con fuerza.
-Preguntar.
-Escuchar.
-Hablar.
-Decidir juntos.
Hannah sonrió, con lágrimas de felicidad contenidas.