Fuego y Hielo

Capítulo 17: Parte 5

TIRAR DEL HILO

La puerta de la comisaría se cerró detrás de los cuatro y, por primera vez desde que habían entrado en el apartamento de Elliot Parker, el silencio no contenía ninguna amenaza inmediata. Pero sí contenía otra cosa: el zumbido eléctrico de lo que acaban de encontrar. El olor a polvo, a miedo ajeno, aún pegado en la ropa.

Solo quedaban las preguntas. Y pesaban más que el frío que entraba por las rendijas del puerto.

Hannah dejó la carpeta sobre la mesa de reuniones y fue colocando, una junto a otra, las fotografías tomadas en el domicilio: el despacho revuelto, la carpeta vacía con la etiqueta 2014, la marca rectangular del almacén, la hoja parcialmente quemada, el cheque y, por último, la fotografía del fragmento de papel encontrado detrás de la tabla lateral del escritorio.

El código de seis dígitos. Seis números que los perseguían desde Nueva York hasta aquel piso miserable de North Harbour.

Joe encendió el ordenador. La pantalla vieja parpadeó, proyectando una luz pálida sobre sus caras cansadas. Michael dejó a un lado la chaqueta, todavía húmeda por la lluvia del puerto, y abrió su carpeta de notas. Alex permaneció de pie junto a Hannah, demasiado cerca para ser casual, demasiado lejos para ser pareja. Con los brazos cruzados, con la mandíbula tensa.

Durante unos segundos ninguno habló. Habían aprendido que, después de una escena así, el primer impulso era querer encontrar una explicación.

Ahora hacían otra cosa. Ordenaban. Como unos cirujanos frente a un cuerpo abierto.

—Empieza por Parker —dijo Hannah, con la voz ronca de Inspectora Jefe, pero con los dedos temblando ligeramente sobre la carpeta vacía.

Joe asintió, con ojeras de no haber dormido.

—Eso pensaba hacer.

Abrió un archivo y proyectó la primera secuencia sobre la pantalla. Números, fechas, nombres de sociedades que ya no existían.

—La tercera operación administrativa de Elliot Parker.

Alex se inclinó ligeramente hacia delante, con los ojos clavados, con esa mirada de depredador que le salía cuando olía sangre.

—¿La has cruzado ya con la segunda?

—Con las tres.

Joe cambió de ventana. Aparecieron tres registros separados por fechas y sociedades diferentes. Tres fantasmas con el mismo ADN.

—Y aquí está lo interesante. La tercera operación vuelve a aparecer relacionada con la documentación de 2014.

Hannah miró la pantalla, entornando los ojos, sintiendo cómo se le erizaba la piel.

—¿Qué clase de relación?

—Administrativa. No puedo decir nada más todavía.

Joe amplió una línea.

—Pero esta referencia de ruta… —se quedó callado un instante. El cursor parpadeando como un corazón.

Alex lo miró.

—¿Qué?

—Me resulta familiar. Joder, me resulta muy familiar.

Hannah se acercó, con el aliento contenido.

—¿De dónde?

—De una de las secuencias de Bradford.

Joe abrió un documento y luego otro. La referencia apareció en ambos. No exactamente junto a los mismos nombres societarios. Pero sí asociada a una ruta que ya habían visto. La misma ruta que había matado a Bradford.

Michael frunció el ceño, con la frente marcada por una arruga profunda.

—¿Es la misma ruta?

—La misma referencia documental —corrigió Joe—. Y antes de que alguien lo diga: no significa automáticamente que sea la misma operación. No nos precipitemos. Eso nos mató en 2016.

Alex apoyó las manos sobre la mesa, con fuerza, haciendo crujir la madera vieja.

—Hecho.

Joe levantó la mirada.

—Exacto.

La palabra quedó suspendida entre ellos. Hecho, no interpretación ni conclusión. Solo aquello que podían demostrar. Solo lo que aguantaría delante de un juez.

Hannah señaló la fotografía de la carpeta vacía, con el dedo índice tembloroso de rabia contenida.

—Ahora cruza esto.

Joe recibió la imagen. La amplió. 2014. Nada más. Ni nombre, ni número, ni una descripción. Solo el año. Un año que aparecía en todas partes.

—¿Qué sabemos? —preguntó Michael, con voz grave.

Joe respondió mientras escribía, con dedos rápidos que tecleaban sin mirar.

—Que la carpeta existía. Que estaba etiquetada únicamente con ese año. Que estaba colocada en su sitio cuando llegamos y que estaba vacía. Que alguien se la llevó minutos antes de que llegáramos.

Alex añadió:

—Y que el resto del despacho había sido registrado con violencia y con prisa.

—Eso es un indicio —dijo Hannah—. No sabemos quién retiró el contenido. Pero sabemos que lo hizo con conocimiento. Sabía dónde mirar.

Joe asintió.

—Voy a buscar referencias de Parker asociadas a 2014.

Durante unos segundos solo se escuchó el teclado. Tac, tac, tac. Como un metrónomo de la investigación. Después aparecieron nuevos resultados, en rojo.

—Aquí.

Hannah se inclinó, tan cerca que su pelo rozó el hombro de Alex.

—¿Qué es?

—Una de las operaciones administrativas de Parker. La tercera. La que acabamos de revisar.

Michael miró a Joe.

—¿Está relacionada con la carpeta?

—No puedo demostrarlo.

—Pero aparece el mismo año.

—Sí.

Joe dejó la mano sobre el teclado, exhausto.

—Eso es todo lo que tenemos.

Hannah asintió, con frustración y emoción a la vez.

—Entonces eso es lo que escribimos.

Joe añadió una nota. Coincidencia temporal. Pendiente de comprobación. No convertir la coincidencia en culpable.

Alex la observó. No había nada espectacular en aquella frase. Precisamente por eso era importante. La investigación no avanzaba porque cada pieza tuviera una respuesta. Avanzaba porque sabían separar las preguntas de las respuestas. Y eso les había costado nueve años aprenderlo.

—Ahora la hoja —dijo Hannah, con la voz más suave, pero firme.

Joe recibió la segunda fotografía. La hoja parcialmente quemada mostraba apenas unas líneas legibles: iniciales, una fecha, una hora y una referencia administrativa. Los bordes estaban chamuscados, como si alguien hubiera intentado borrarla con fuego y se hubiera arrepentido a medias.




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