«Siempre»
A las tres de la madrugada, el velero permanecía en silencio. Un silencio que flotaba, denso y salado.
Fuera, el agua golpeaba suavemente el casco con un ritmo irregular y tranquilo. Un chapoteo manso, casi un susurro, como si el mar también estuviera durmiendo. Alguna luz del puerto se filtraba por una pequeña abertura de la cortina, dibujando una línea tenue sobre la pared del camarote. El resto estaba sumido en la oscuridad. Una oscuridad cálida, íntima, que olía a madera, a sábanas limpias y a ellos.
Alex dormía profundamente con la boca entreabierta, con un brazo sobre la cabeza, con el pecho subiendo y bajando en una respiración honda y pacífica que Hannah no le había visto nunca durante el día.
Hannah, en cambio, llevaba varios minutos despierta. Estaba tumbada de lado, bajo las sábanas, observándolo. Con la mejilla apoyada en la mano, con el corazón latiéndole tan fuerte que temía despertarlo.
El rostro de Alex dormido no se parecía demasiado al que llevaba durante el día. Sin la tensión de las investigaciones, sin las bromas preparadas, sin aquella mirada siempre alerta de policía que parecía analizar hasta el movimiento de una puerta, parecía más joven. Parecía el Alex de 21 años. El del faro. El de antes de que la vida les rompiera. Tenía el pelo desordenado, la respiración tranquila y una expresión completamente relajada con los labios ligeramente curvados, como si estuviera soñando algo bonito.
Hannah sonrió con una ternura que le dolía en el pecho.
Y entonces comprendió algo que, años atrás, habría considerado imposible. No tenía miedo de despertarse y descubrir que aquello había sido una ilusión. No tenía miedo de que Alex desapareciera al amanecer. No tenía miedo de volver a perderlo.
Por primera vez desde el 2016, podía simplemente quedarse allí, sin el nudo en el estómago y sin la necesidad de memorizar cada segundo por si era el último. Junto a él.
Hannah bajó la mirada durante unos segundos y sintió una presión cálida en el pecho, como si el corazón se le expandiera. Lo amaba. Pero aquello ya no era exactamente el mismo amor que había sentido con veintiún años. No porque entonces hubiese sido menos. Era diferente más hondo, más consciente, más elegido. Ahora amaba al hombre que tenía delante. Al hombre que había conocido de nuevo, a su mejor amigo, a su compañero, a su socio, al policía que seguía persiguiendo sus sueños, al hombre que había empezado a formar parte de la vida de Connor sin exigirle nada. Sin pedirle que lo llamara papá. Sin forzar nada. Al hombre que, sin saberlo todavía, ya estaba ocupando un lugar de padre en la vida de su hijo.
Y esa última idea le provocó una mezcla de ternura y dolor. Un dolor dulce que le subió hasta la garganta y le llenó los ojos de lágrimas calientes que no quiso soltar.
Alex ya quería a Connor. No porque ella se lo hubiera pedido. Ni porque supiera la verdad. Simplemente porque era Connor. Porque lo había elegido. Porque lo había elegido cada día, sin saber que llevaba su sangre.
Hannah cerró los ojos un instante. Y dejó que una lágrima silenciosa le resbalara por la mejilla. Y cuando volvió a abrirlos, apareció una palabra en su cabeza. Novio.
Casi tuvo que contener una risa. Novio. Después de toda una vida, de nueve años separados. A pesar de no haber tenido todavía las dos citas que faltaban, según sus reglas. Podía seguir jugando un poco. Dejar que Alex organizara aquellas dos citas. Dejar que creyera que todavía tenía que ganarse oficialmente el título.
Pero la verdad era mucho más sencilla. Para ella, ya era su novio. Ya era suyo. Como siempre lo había sido, incluso en la distancia. Lo había elegido. No necesitaba una tercera cita, ni una cuarta, ni un documento firmado, ni una declaración delante de nadie. Lo había elegido con el alma entera.
Y entonces su pensamiento tomó un pequeño desvío. Porque, además de ser el hombre al que amaba, su mejor amigo, su compañero, el futuro padre legal de Connor si algún día cumplía aquel deseo de adoptarlo...
Hannah sonrió con picardía, con deseo, con esa sonrisa que solo Alex le provocaba. Bueno. También era un auténtico dios del sexo. Se tapó la boca para contener una carcajada. Que le vibró en el pecho.
Miró a Alex. A su espalda ancha, a sus hombros, a la sábana que apenas le cubría la cadera. Estaba completamente desnudo debajo de ella. Hannah se quedó unos segundos más contemplándolo, disfrutando de la vista sin ninguna vergüenza, sin ningún tabú. Se sentía segura en su propia desnudez junto a él, cómoda, libre. Como si aquella intimidad fuera lo más natural del mundo.
—Bribón... También tenías que ser el mejor amante —susurró, con voz ronca de madrugada y de amor.
Alex no se movió. Siguió durmiendo, ajeno a que acababa de ser declarado dios. Hannah negó con la cabeza, todavía sonriendo. Aquello también era suyo. La capacidad de quererlo hasta dolerle el pecho y, cinco segundos después, pensar una barbaridad y tener que contener la risa para no despertarlo. Esa mezcla de amor absoluto y deseo salvaje que solo existía con él.
Finalmente decidió levantarse. Lo hizo despacio con el cuerpo todavía tibio, completamente desnuda, sin buscar ninguna sábana ni ninguna prenda para cubrirse. Se sintió segura en su piel, sin vergüenza alguna. El frío de la madrugada le erizó la piel al salir de las sábanas, pero no le importó.
Recogió una prenda del suelo y después otra que había terminado cerca del pequeño sofá. Encontró una tercera junto a la mesa y se quedó mirándola unos segundos. No recordaba exactamente cómo había llegado hasta allí. Aunque, pensándolo bien, probablemente sí.
Recordó perfectamente cómo se habían quitado la ropa el uno al otro. Ella solo llevaba el vestido y las bragas; él, la camiseta, los vaqueros y los boxers. Se los fueron quitando entre risas y besos urgentes, disfrutándose con las manos y con la boca, explorándose sin prisa y sin pudor. Después él la había sentado sobre la mesa del comedor, se había metido entre sus piernas y la había besado. Un beso lento, profundo, que lo decía todo.