Fuego y Hielo

Capítulo 17: Parte 1

DOS DÍAS DESPUÉS

Dos días después de regresar de Nueva York, North Harbour había vuelto a recuperar su ritmo habitual. Un ritmo lento, de pueblo pesquero que se despierta con el frescor de la mañana.

La ciudad no había cambiado. El puerto seguía despertándose antes que el resto de las calles, con el crujido de las maderas de los barcos, el olor a gasoil y a salitre, y el grito ronco de los pescadores. Las gaviotas continuaban disputándose cualquier cosa comestible cerca de los muelles, chillando, peleándose en el aire gris. Los barcos salían al amanecer y regresaban con la misma puntualidad que si nada hubiera ocurrido durante los días anteriores. Como si Nueva York hubiera sido un sueño.

Pero para Alex, algo era diferente. No era su pueblo. Era lo que significaba volver a ella.

Durante mucho tiempo había pensado que su casa era el puerto, el velero, la ciudad en la que había nacido y crecido. Ahora sabía que no. Su casa eran Hannah y Connor. El resto eran lugares. Solo decorado.

Aquella mañana, sin embargo, todavía no estaba en casa. Estaba en el gimnasio de la Comisaría.

Y Hannah acababa de derribarlo. Con un movimiento limpio, rápido, de judo perfectamente ejecutado.

—Otra vez —dijo ella, de pie sobre él, con el pelo recogido en una coleta alta, sudando, con la camiseta negra pegada al cuerpo.

Alex, sentado en la colchoneta, la miró con incredulidad, jadeando.

—Esto empieza a parecer algo personal.

—Lo es.

—Al menos eres sincera.

Hannah extendió una mano, con una sonrisa victoriosa. Alex la aceptó y se dejó levantar, rozando sus dedos a propósito más tiempo del necesario.

—Has cargado demasiado el peso hacia delante.

—No.

—Sí.

—No.

—Alex.

—Hannah.

Ella cruzó los brazos, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo.

—Llevo toda la vida diciéndote que haces eso.

—Y llevo toda la vida ignorándote.

—Exactamente.

Alex soltó una carcajada. El sonido retumbó en el gimnasio vacío.

Habían llegado muy temprano, antes de que la Comisaría comenzara a llenarse. Solo estaban encendidas las luces del gimnasio, una luz blanca y fría de fluorescentes, y el sonido de sus pasos, respiraciones y golpes contra las colchonetas rompía el silencio del edificio. Se oía el eco de sus pies contra el tatami y el crujido del suelo de madera viejo.

Era una de las pequeñas soluciones que habían encontrado desde que regresaron. Algunos días salían a correr antes de empezar la jornada, por el paseo marítimo. Otros entrenaban juntos.

No podían comportarse como pareja delante de sus compañeros. No querían hacerlo. No por vergüenza. Ni por miedo a lo que significaba estar juntos. Era una decisión.

Su relación era demasiado importante para convertirla en un problema profesional. Y el Equipo Bradford necesitaba discreción más que nunca.

Pero eso no significaba renunciar a todo. Significaba aprender. Aprender a robarse minutos juntos, al día.

En Nueva York habían descubierto cómo era estar juntos sin esconderse. En North Harbour tendrían que descubrir cómo seguir siendo ellos mismos dentro de las reglas que habían elegido.

Alex volvió a colocarse frente a ella, en guardia, con los pies descalzos sobre la colchoneta azul.

—Esta vez no me derribarás.

—Claro.

—Te noto demasiado confiada.

—Te noto demasiado optimista.

Tres segundos después, un giro, un enganche de pierna, un tirón seco, Alex volvió a tocar la colchoneta con un golpe sordo. Hannah sonrió, inclinada sobre él.

—¿Ves, mi vida?

—Esto es abuso de autoridad.

—Todavía no estoy trabajando.

—Eso lo hace peor.

Ella se rio. Y durante unos segundos fueron simplemente Alex y Hannah. Una pareja de enamorados. No la Inspectora Jefe Jones. Ni el Sub-Inspector Mallory. Solo ellos. Dos cuerpos sudorosos, riendo en el suelo de un gimnasio a las seis de la mañana.

Cuando terminaron, ambos se quedaron apoyados contra la pared, recuperando el aliento. El sudor les caía por la frente, el vaho de su respiración se veía en el aire frío del gimnasio.

Alex miró hacia la puerta abierta del cuarto del equipo del gimnasio. El pasillo oscuro y silencioso. Después miró a su chico. Ella siguió la dirección de sus ojos, entendiendo al instante. No necesitó preguntar.

—No.

Alex sonrió.

—Todavía no he dicho nada.

—Te conozco.

—Ese argumento lo utilizaste ayer. Caí.

—Y funcionó.

Él se acercó, deslizando la espalda por la pared hasta quedar a centímetros de ella.

—Llevamos dos días comportándonos como desconocidos.

—No exageres.

—Dos días. Cuarenta y ocho horas sin poder besarte como quiero.

—Nos hemos visto prácticamente todo el tiempo.

—No cuenta. Llevo cuarenta y ocho horas sin hacerte el amor.

Hannah intentó mantener la expresión seria. No lo consiguió. Se mordió el labio para no reír. Alex le tomó la mano, entrelazando sus dedos sudorosos.

—Cinco minutos.

—Alex...

—Tres.

Ella negó con la cabeza, aunque ya estaba sonriendo, con las mejillas rojas.

Lo siguió hasta el pequeño cuarto donde guardaban parte del material deportivo. Un cuartucho sin ventanas, lleno de colchonetas apiladas, cuerdas y sacos de boxeo, que olía a goma y a sudor viejo.

Alex cerró la puerta. Con un clic que sonó a sentencia.

Durante un instante se quedaron frente a frente. Respirando fuerte, mirándose con una hambre contenida que llevaba dos días creciendo. Y entonces desapareció la distancia.

El beso fue inmediato, voraz, desesperado. No tenía nada que ver con el pasado ni con recuperar los nueve años. Era simplemente el beso de dos personas que se habían acostumbrado a estar juntas y que llevaban cuarenta y ocho horas sin poder tocarse de verdad. Un beso apasionado, hambriento, con sabor a esfuerzo y a necesidad acumulada. Sus lenguas se buscaron al instante, profundas, insistentes. Hannah le rodeó el cuello con los brazos y se pegó a él por completo. Alex la atrajo con fuerza, levantándola ligeramente contra las colchonetas apiladas, y la besó como si se estuviera ahogando.




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