«LA OPERACIÓN»
La noche había caído sobre North Harbour cuando el Hotel Casino encendió sus últimas luces. Un resplandor dorado y obsceno que se reflejaba en el agua negra del puerto, como una promesa falsa.
Desde la carretera costera, el complejo ofrecía una imagen de normalidad cuidadosamente construida: vehículos que se detenían frente a la entrada principal, clientes que cruzaban las puertas giratorias, empleados que entraban por los accesos laterales y una música tenue que escapaba cada vez que alguien salía del vestíbulo. Risitas de borrachos, tacones sobre el mármol, olor a perfume caro y a dinero.
Nada parecía fuera de lugar.
Y, sin embargo, el Equipo Bradford llevaba semanas reuniendo suficientes indicios para justificar que aquella normalidad merecía una mirada más detenida. Que aquella fachada de lujo olía a podrido.
A varios cientos de metros, una furgoneta blanca de mantenimiento permanecía estacionada junto a una zona de almacenes. No tenía logotipos especialmente llamativos ni nada que pudiera distinguirla de los vehículos que prestaban servicio al complejo. Tenía polvo en los parachoques, una abolladura en la puerta trasera, perfecta para pasar desapercibida.
Por dentro, la apariencia cambiaba por completo.
Dos ordenadores portátiles, una pantalla auxiliar, auriculares, receptores y un conjunto de dispositivos ocupaban buena parte del espacio disponible. Joe Brown trabajaba frente a las pantallas mientras Michael supervisaba las comunicaciones y mantenía abierto el registro de movimientos. El aire viciado olía a café frío y a tensión.
—Tenemos imagen de la entrada lateral —informó Michael, con voz baja, tensa.
Joe amplió una de las ventanas.
—Y de la zona de servicio. La cámara del aparcamiento también está disponible.
—¿Interiores?
—Algunas.
Michael giró la cabeza, con el ceño fruncido.
—¿Algunas?
Joe le dedicó una sonrisa sin humor.
—Las que nos han dejado encontrar. Alguien ha capado el sistema.
No era una conclusión. Ni siquiera una sospecha suficientemente desarrollada. Simplemente describía una limitación que habían encontrado al contrastar los planos oficiales con los sistemas accesibles.
Joe anotó la discrepancia.
Hecho: cobertura parcial de las cámaras previstas.
Lo demás tendría que esperar.
Alex terminó de ajustar el equipo mientras Hannah comprobaba la comunicación. Se colocó el chaleco, se ató las botas con movimientos rápidos y precisos, con la adrenalina ya subiéndole por la garganta.
—¿Nos recibes?
—Perfectamente —contestó Joe desde la furgoneta.
Michael intervino:
—Cuando entréis en los conductos perderemos señal durante unos segundos. Entre diez y quince, según la zona. Quizá más. Esos planos son una mierda.
Alex miró a Hannah.
—¿Cuánto tiempo tenemos para preocuparnos?
—El necesario para que no te pongas creativo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es que no era una pregunta especialmente inteligente.
Joe soltó una risa breve por el auricular.
—Me alegra comprobar que la coordinación del equipo sigue intacta.
Hannah ajustó el comunicador bajo el cuello de la chaqueta. Sus dedos temblaban ligeramente.
—Cuando quieras, Joe.
La broma quedó atrás con la misma naturalidad con la que había aparecido. No necesitaban recordarse que confiaban el uno en el otro. Lo habían demostrado durante la preparación, revisando las rutas, discutiendo los riesgos y descartando alternativas que no ofrecían una salida razonable.
La operación tenía tres objetivos: entrar, comprobar la existencia física de la documentación y salir con información que pudieran contrastar.
Nada más. Nada que justificara convertir una hipótesis en una certeza.
El acceso de mantenimiento estaba protegido por una rejilla metálica situada detrás de una estructura de ventilación. Oxidada, con tornillos duros como piedras.
Alex retiró los tornillos con cuidado. El último produjo un chirrido que pareció demasiado fuerte en el silencio del pasillo. Un gemido metálico que les heló la sangre.
Ambos se quedaron inmóviles. Sin respirar.
Hannah observó la esquina. Alex mantuvo una mano sobre la rejilla.
Un ascensor se cerró a lo lejos. Después, silencio. Un silencio que zumbaba en los oídos.
—Adelante —susurró ella, con el corazón desbocado.
Alex apartó la cubierta y entró primero. Hannah lo siguió, colocando de nuevo la rejilla desde el interior.
El conducto era más estrecho de lo que parecía desde fuera. El metal transmitía cada movimiento y obligaba a avanzar con cuidado, apoyando el peso donde la estructura parecía más firme. Cada rodilla contra el metal sonaba como un tambor. El polvo les picaba en la nariz. El aire era irrespirable.
La voz de Joe llegó fragmentada.
—…cámara… sector…
Después desapareció con un corte seco. Silencio absoluto.
Alex se detuvo y miró hacia atrás, con los ojos muy abiertos en la oscuridad. Hannah levantó dos dedos: continuar.
La pérdida de señal estaba prevista. Lo que no podían controlar era su duración. Y cada segundo sin contacto era un siglo.
Avanzaron hasta una bifurcación que no figuraba en los planos. Un túnel negro a la derecha que no debería existir.
Alex consultó la pequeña referencia luminosa de su dispositivo. La luz azul le iluminó la cara sudorosa.
—La izquierda coincide con el recorrido documentado.
Hannah examinó ambas direcciones, con la linterna apagada, a tientas.
—Comprobamos esa primero. Si no corresponde, retrocedemos.
No hubo discusión. Tampoco obediencia automática. Alex aceptó el criterio y continuó.
Unos metros más adelante, algo se movió debajo de ellos.
Pasos, tacones firmes. Acercándose.
Los dos se inmovilizaron. Pegados al metal frío, conteniendo hasta el aliento.
Una sombra cruzó la rejilla inferior. La persona caminaba deprisa, aunque no corría. Se detuvo durante un instante —justo debajo de ellos— y después siguió hacia una zona que quedaba fuera de su campo de visión.