Fuego y Hielo

Capítulo 17: Parte 2

VOLVER A MIRAR

La puerta de la sala de reuniones se cerró detrás de Monty con un clic sordo que retumbó como un disparo.

Durante unos segundos nadie dijo nada. Ni siquiera el aire se atrevió a moverse.

El silencio no era incómodo. Era el silencio que aparecía siempre que los cuatro necesitaban ordenar una impresión antes de convertirla en palabras. Un silencio espeso, cargado, de esos que pesan en los pulmones.

Hannah permaneció de pie junto a la mesa. Con la espalda recta, con la mandíbula apretada, con los dedos clavados en el borde de la mesa de madera vieja. Alex estaba al otro lado, con las manos apoyadas sobre el respaldo de una silla, con los nudillos blancos, con la mirada fija en la puerta por donde acababa de salir Monty. Joe seguía mirando la pantalla de su portátil, pero no veía nada, con el reflejo azul iluminándole unas ojeras profundas. Michael tenía una carpeta abierta delante, pero no pasaba ninguna página, con el ceño fruncido y el bolígrafo suspendido en el aire.

Ninguno había perdido de vista la pregunta. Flotaba en la sala como si fuera humo.

—¿Qué sabemos? —preguntó finalmente Hannah, con voz baja, controlada, de Inspectora Jefe que no quiere que se note que está inquieta.

Joe levantó la mirada, lenta, calculador.

—Que ha preguntado por el Casino Hotel. Directamente. Sin rodeos.

—Y que sabía que estábamos revisando movimientos —añadió Michael, con voz grave, casi un susurro.

Alex negó ligeramente con la cabeza, con una mueca de desconfianza.

—No sabemos cómo lo sabe. Y eso es lo que más me preocupa.

Hannah asintió, con los ojos entornados.

—Exacto.

Tomó un rotulador y se acercó a la pizarra, que chirrió bajo el marcador negro.

Escribió cuatro palabras. Grandes. Firmes. Como un mantra.

HECHO → INDICIO → HIPÓTESIS → COMPROBACIÓN

—Seguimos aquí —dijo, golpeando la pizarra con la punta del rotulador.

Joe sonrió de lado, con cansancio y cariño.

—Me alegra que no hayas cambiado la letra. Sigue siendo horrible.

—No me gusta cambiar lo que funciona.

Alex soltó una pequeña risa, corta, sin alegría.

—Eso también lo dices de los procedimientos.

Hannah lo miró, con un brillo fugaz de complicidad que solo él pudo captar.

—Porque también funciona.

La sonrisa de Alex duró apenas un segundo antes de desaparecer bajo la expresión profesional. Como una luz que se apaga de golpe.

Aquello era lo que habían aprendido a hacer en los últimos dos días. Cambiar de registro. Sin perderse. Ser dos personas a la vez.

Hannah volvió a sentarse, cruzando las piernas, con una elegancia tensa.

—Empezamos.

Y esta vez no comenzaron por una persona. Comenzaron por un mapa. Por el mapa del monstruo.

Joe proyectó en la pantalla una serie de registros empresariales. Columnas interminables de nombres que no significaban nada y lo significaban todo.

—Nueva York nos dio nombres —explicó, con voz de profesor agotado—. North Harbour nos está dando movimientos. La sangre del sistema —amplió una de las columnas—. Esta sociedad desaparece en 2018. Se evapora. Como si nunca hubiera existido.

Michael se inclinó hacia delante, con los codos sobre la mesa.

—Pero la ruta continúa. La misma ruta. El mismo puerto. El mismo contenedor.

—Exactamente.

Otra línea apareció. Una sociedad diferente, después otra. Nombres distintos. Administradores distintos. Fechas distintas. Pero determinados trayectos se repetían. Como una obsesión.

Harbour Storage & Transit aparecía más de una vez.

No siempre con el mismo intermediario y con la misma sociedad. Pero sí dentro de una secuencia que comenzaba a resultar difícil de ignorar. Una sombra que se repetía.

Hannah observó la pantalla, con los labios entreabiertos y con el corazón acelerado.

—¿Podemos demostrar continuidad?

—Todavía no —respondió Joe, frunciendo el ceño—. Podemos demostrar coincidencias de rutas y movimientos. Lo que no podemos demostrar todavía es que exista una misma operación detrás de todos ellos. Es como ver huellas en la nieve, pero no al animal.

Alex señaló una fecha, con el dedo índice temblando levemente por la tensión.

—Entonces no llamemos a esto continuidad.

Joe asintió.

—Es un patrón documental.

—Eso sí.

Michael pasó una página de su carpeta. El papel crujió en el silencio.

—Y aquí tenemos otra cosa —colocó una copia sobre la mesa, deslizándola hacia el centro como si fuera una carta de póker—. Esta sociedad aparece en la documentación que encontramos en Nueva York. Después vuelve a aparecer en registros relacionados con North Harbour.

Hannah leyó el nombre, entornando los ojos.

—¿Tiene el mismo administrador?

—No.

—¿La misma dirección?

—Tampoco.

Alex frunció el ceño, con la frustración dibujada en la frente.

—¿Entonces qué tenemos?

Michael señaló una tercera referencia, con el dedo manchado de tinta.

—Un intermediario que aparece vinculado a ambas estructuras. Un nombre fantasma que aparece en dos continentes.

Hannah no respondió inmediatamente. Se mordió el labio inferior, pensando. Aquello era precisamente lo que hacía que la investigación fuese más compleja. Las piezas no se repetían de forma limpia. Se sustituían. Desaparecían. Volvían con otro nombre.

Pero algunas rutas parecían sobrevivir a los cambios. Como si alguien muy inteligente estuviera cambiando de máscara, pero caminando siempre por el mismo sendero.

—No podemos decir que las sociedades sean la estructura —dijo Hannah, con voz pensativa, casi para sí misma.

Joe la miró, asintiendo lentamente.

—Porque quizá sean solo capas. Capas de cebolla para hacernos llorar.

Alex completó, con voz baja y peligrosa:

—Y la estructura real está en las rutas. En el movimiento. No en el nombre.

Michael apoyó los dedos sobre la carpeta.




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