EL DÍA QUE CAMBIÓ TODO
La luz entró en el camarote mucho antes de que Hannah estuviera preparada para abrir los ojos. Una luz blanca, pura, de verano, que entraba a raudales por la escotilla y hacía bailar motas de polvo en el aire.
Al principio fue solo una claridad dorada filtrándose por una de las pequeñas ventanas. Después llegó el sonido del agua golpeando suavemente el casco del velero. Chap, chap. Tranquilo. Como un corazón latiendo.
Hannah permaneció inmóvil unos segundos. No sabía exactamente qué hora era. Tampoco le importaba. Tenía veintiún años y la sensación de que el mundo entero cabía en aquel camarote. Giró ligeramente la cabeza.
Alex dormía cerca de ella, todavía profundamente dormido, con esa expresión tranquila que rara vez conseguía cuando estaba despierto. Con el pelo revuelto, con la camiseta subida dejando ver parte de su abdomen, con el brazo rozando el suyo.
Entonces los recuerdos regresaron. La isla, la noche anterior, la conversación que tuvieron y el beso.
El segundo beso. El segundo beso de verdad, después de años siendo mejores amigos.
Hannah sonrió sin darse cuenta. Lo observó durante unos segundos más.
Habían sido mejores amigos durante años. Habían discutido, competido, estudiado juntos, compartido secretos y conocido partes del otro que casi nadie más conocía.
Y ahora se habían besado.
Aquello debería haberlo cambiado todo. Pero, de alguna manera, seguían siendo ellos.
Alex abrió un ojo.
—¿Llevas mucho tiempo mirándome?
Hannah se sobresaltó.
—No.
—Mentira.
—Estaba comprobando si seguías vivo.
Él abrió el otro ojo.
—Qué preocupación tan conmovedora.
—No te emociones.
Alex sonrió. Y aquella sonrisa terminó de borrar la extraña sensación de estar pisando terreno desconocido. Seguían siendo ellos. Solo que ahora había algo más. Algo que ninguno se atrevía a nombrar.
El desayuno fue improvisado y bastante mediocre. Pan, fruta, café y una cantidad considerable de discusiones absurdas.
—Yo gané la carrera —dijo Hannah.
Alex levantó la mirada de su taza.
—No.
—Sí.
—Te dejé ganar.
Hannah soltó una carcajada.
—Claro.
—Fue un gesto de generosidad.
—Fue miedo.
—¿Miedo?
—A perder conmigo.
Alex la miró unos segundos.
—Eso jamás.
Hannah sonrió. La respuesta era demasiado rápida para ser una simple broma. Pero ninguno añadió nada. Los dos sabían que había una conversación pendiente. Solo que no sabían cómo empezarla.
¿Qué eran ahora? ¿Seguían siendo mejores amigos que se habían besado? ¿Eran algo más? ¿Podían decirlo en voz alta?
La pregunta permaneció entre ellos durante todo el desayuno. Ninguno la formuló. No porque no quisieran saber la respuesta. Sino porque, de alguna manera, ponerle un nombre podía hacer que aquella felicidad desapareciera. Y ninguno quería arriesgarse.
El resto del día pareció pertenecer a otra realidad. Nadaron. Caminaron por la isla. Una isla pequeña, virgen, con arena blanca que quemaba los pies y palmeras que daban una sombra perfecta.
Se persiguieron por la orilla. Alex intentó empujar a Hannah al agua y terminó cayendo él primero. Ella se rio tanto que tuvo que sentarse en la arena.
—¡No te rías!
—¿Has visto tu cara?
—Ha sido culpa de la arena.
—Claro. La arena te ha empujado.
Alex se levantó y fue hacia ella. Hannah retrocedió.
—Ni se te ocurra.
—¿Qué?
—Te conozco.
—Ese es tu problema.
—Y tú el mío.
Se miraron. Durante un instante ninguno se movió. Después Alex sonrió. Hannah también. Y salieron corriendo hacia el agua.
Aquello era lo extraño. No necesitaban fingir. Por primera vez podían estar juntos sin esconderse detrás de la palabra amistad. No tenían que explicar por qué se miraban. No tenían que fingir que sus manos no buscaban las del otro. No tenían que fingir que aquel beso no había cambiado algo.
Y, aun así, ninguno preguntó.
Cuando regresaron a la playa, el sol seguía en lo alto. El cielo tenía un color azul intenso, y la luz del sol les doraba la piel desnuda de los hombros.
La pequeña carpa que habían preparado seguía allí.
Hannah se detuvo cerca de la entrada. El corazón le latía muy deprisa. Alex la miró.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí —pero estaba nerviosa. Mucho más de lo que quería reconocer.
Alex lo comprendió sin necesidad de que ella explicara demasiado. Se acercó despacio.
—Hannah.
Ella levantó la mirada.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
—Ya lo sé.
—Y no tienes que demostrarme nada.
Hannah respiró profundamente.
—También lo sé.
Alex esperó. No avanzó. No insistió. Simplemente permaneció allí. Y fue precisamente eso lo que terminó de tranquilizarla. Porque con Alex nunca había necesitado fingir seguridad cuando no la tenía.
Hannah se sentó en la arena, con las rodillas contra el pecho. Alex se sentó a su lado, tan cerca que sus brazos se rozaban. El sol les daba de lleno, sin sombras, a plena luz del día, algo que ella nunca había experimentado con nadie.
—Alex... ¿Puedo preguntarte algo raro? —dijo ella, con voz temblorosa.
—Siempre.
—Si hoy fuera el último día de tu vida... ¿qué harías? —preguntó Hannah, mirándolo fijamente, con una emoción enorme en los ojos.
Alex se quedó sorprendido. La miró serio.
—Estar contigo. Sin duda.
Hannah tragó saliva. Le temblaban las manos.
—Yo... yo quiero hacer el amor contigo. Ahora. Aquí —susurró, con las mejillas rojas—. Sé que los dos tenemos veintiún años. Sé que ninguno de los dos es virgen. Pero... contigo quiero hacerlo de verdad.
Alex la miró, conmovido, con respeto absoluto.
—Hannah...
—Es la primera vez que voy a hacerlo a plena luz del día —confesó ella, con honestidad brutal—. Nunca lo he hecho así, sin oscuridad para esconderme. Y... nunca he tenido un orgasmo de verdad. Antes siempre he tenido que fingir. No quiero fingir contigo. Quiero sentirlo contigo.