Fuego y Hielo

Capítulo 17: Parte 10

LO QUE TODAVÍA NO HE DICHO

La noche había caído sobre North Harbour cuando Hannah llegó al puerto.

Las luces de las casas se reflejaban sobre el agua oscura y, a lo lejos, el faro recortaba su silueta contra un cielo despejado. El aire olía a sal y a madera húmeda. Todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo para lo que Hannah llevaba dentro.

Había tomado una decisión. No al salir de casa. Ni durante la reunión familiar. Ni siquiera cuando Mary la había mirado y, sin presionarla, le había hecho aquel pequeño gesto que significaba cuando estés preparada. Había sido después.

Cuando Hannah había visto a Alex riéndose con Connor. Cuando había visto a su hijo apoyarse contra él con una naturalidad que ya no necesitaba explicación. Cuando había comprendido que el secreto había dejado de ser solamente una verdad del pasado. Era una verdad que pertenecía al presente. Y esa noche iba a intentarlo.

Connor es tu hijo. Se había repetido aquellas cuatro palabras durante todo el trayecto. Cuatro palabras. Solo cuatro. Y, sin embargo, parecían pesar más que todo lo que había cargado durante los últimos nueve años.

Subió al velero. Se detuvo un instante al poner el pie sobre la cubierta.

Nueve años. El lugar en el que probablemente fue engendrado su hijo. La última vez que había estado allí, todo había terminado mal.

Ahora estaba regresando como la mujer que había aprendido a hablar, a preguntar, a escuchar. Y como la chica de Alex. Aquello último todavía le provocaba una sonrisa.

—Llegas tarde, cielo —la voz de Alex la sacó de sus pensamientos.

Hannah levantó la mirada. Él estaba sentado junto a la pequeña mesa de cubierta, con una carpeta abierta delante, una camiseta oscura y unos vaqueros. Las mangas cortas dejaban completamente visibles sus tatuajes de los antebrazos. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz cálida de la lámpara. Hannah sonrió.

—Han sido dos minutos.

—Tres.

—¿Eres Inspector en prácticas y ya redondeando cifras?

—Inspectora mentirosa.

—Todavía soy tu jefa.

—Aquí fuera no.

—Aquí fuera sigo siendo quien va a examinarte.

Alex sonrió.

—Eso me preocupa más.

Hannah se acercó a la mesa. Había apuntes, libros, varios folios y un par de bolígrafos perfectamente colocados. Y, junto a ellos, dos pequeños envoltorios.

Hannah se quedó mirando. Después levantó lentamente los ojos hacia él. Alex sostuvo su mirada con una inocencia absolutamente falsa.

—¿Qué?

—¿Condones? ¿Eso forma parte del temario?

Alex bajó la mirada hacia la mesa.

—No exactamente.

—Ya me parecía.

—Es material complementario.

Hannah soltó una carcajada.

—Eres imposible, mi vida.

—Solo soy un hombre organizado.

—Eres tu bribón.

—Estoy preparado para cualquier eventualidad.

—Has puesto dos preservativos junto a los apuntes del examen.

—Precisamente, eso es organización.

Hannah negó con la cabeza, todavía sonriendo. Durante un segundo, todo fue sencillo. Solo ellos. Sin compañeros, sin investigaciones, sin secretos. O, al menos, sin hablar de ellos.

Hannah tomó la carpeta.

—Primero estudias.

Alex suspiró.

—Sabía que había una trampa.

—¿Preparado, Mallory?

—Siempre.

—Ya veremos.

Durante casi una hora, el velero se convirtió en una pequeña aula. Hannah adoptó el tono serio de la inspectora jefe y empezó a lanzarle preguntas. Procedimientos de actuación, coordinación de equipos, gestión de recursos, responsabilidades de un inspector, toma de decisiones bajo presión y supuestos prácticos.

Alex respondía sin precipitarse. No memorizaba simplemente, razonaba. Explicaba por qué tomaría una decisión, qué información necesitaría antes de hacerlo y cuándo delegaría una responsabilidad.

En uno de los supuestos, Hannah intentó llevarlo hacia una respuesta concreta. Alex la detuvo.

—No.

Ella levantó una ceja.

—¿No?

—La pregunta no permite llegar todavía a esa conclusión.

Hannah lo miró unos segundos. Y entonces sonrió.

—Correcto.

Alex se reclinó satisfecho.

—¿Eso significa que he aprobado?

—Significa que hoy no me avergüenzo de ti.

—Me conformo.

Ella cerró la carpeta.

—Lo estás haciendo muy bien, mi vida.

La sonrisa de Alex se suavizó. Aquella vez no hizo ningún comentario sarcástico.

—Gracias.

Hannah lo observó. Había algo diferente en él. No era solo el hombre que había conocido desde niño. Ni el rival con el que había discutido durante media vida. Ni siquiera el hombre del que se había enamorado. Era alguien que estaba construyendo su futuro. Y ella quería estar allí para verlo.

Quería ayudarlo a convertirse en inspector. Quería verlo conseguirlo. Quería estar a su lado cuando ocurriera.

La palabra futuro dejó de parecerle una idea abstracta. Ahora tenía nombres: Alex y Connor. Un perro, una casa, el velero. Tal vez algún día una familia todavía más grande.

Y entonces apareció inevitablemente la otra palabra. Verdad.

Hannah bajó la mirada. Mary ya lo sabía. No la había obligado ni juzgado. Solo había comprendido. Y ahora Hannah estaba allí, sentada junto al hombre que debía conocer aquella verdad desde hacía ocho años.

Respiró despacio. Ahora.

Alex se levantó para recoger los papeles.

—Creo que por hoy hemos terminado.

—¿Ya?

—No quiero saturar al futuro inspector.

—Qué considerado.

Alex cerró la carpeta y la dejó a un lado.

El silencio que siguió fue diferente, más íntimo.

Hannah miró el agua. Alex apoyó los brazos sobre la barandilla.

—Es raro.

Ella giró la cabeza.

—¿Qué?

Él miró alrededor.

—Tenerte aquí otra vez.

Hannah no respondió inmediatamente. Sabía exactamente a qué se refería. La última vez fue hace nueve años, cuando hicieron el amor como locos.




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