«La pulsera»
A las dos y media de la tarde, Alex Mallory apareció en el aula matinal del colegio con una sorpresa que no figuraba en ninguna agenda. Con las manos en los bolsillos, con cara de culpable y con el corazón latiéndole a mil.
Connor estaba sentado con otros niños, terminando una actividad de lectura, cuando levantó la mirada y lo vio al otro lado de la puerta. Dejó el lápiz a medias, con la boca abierta. Se quedó inmóvil un segundo. Después, su cara se iluminó, como si le hubieran encendido una bombilla por dentro.
—¡Capitán!
Alex apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes de que Connor saliera corriendo hacia él, con la mochila dando botes, casi tropezando con una silla. Lo recibió en el aire y lo levantó del suelo, riéndose cuando el niño le rodeó el cuello con los brazos con fuerza, como si no quisiera soltarlo nunca.
—Buenos días, Primer Oficial.
—¿Qué haces aquí? ¡Es jueves! ¡Los jueves hay mates!
—He venido a recogerte.
Connor se separó lo justo para mirarlo con absoluta desconfianza con los ojos entrecerrados como un detective de dibujos animados.
—¿Sin avisar?
—Sin avisar.
—¿Mamá lo sabe?
Alex negó con la cabeza, con sonrisa de travieso.
—No.
Aquello pareció convencerlo.
—Entonces es una sorpresa de verdad. ¡De las buenas!
—Una sorpresa de verdad.
Connor volvió a abrazarlo, escondiendo la cara en su cuello. Alex cerró los ojos un instante. Había algo diferente en aquel abrazo. Ya no existía la prudencia de las primeras semanas. No había aquella pequeña tensión de Connor preguntándose si podía acercarse un poco más, si podía buscarlo, si Alex estaría allí al día siguiente. Ahora simplemente corría hacia él. Y Alex lo recibía. Como si ambos hubieran aprendido, casi sin darse cuenta, que podían hacerlo. Que ya no hacía falta pedir permiso para quererse.
—¿Adónde vamos?
—Eso también forma parte de la sorpresa.
Connor entrecerró los ojos. Muy serio.
—¿Al puerto?
Alex sonrió.
—Puede ser.
—¡Es al puerto! ¡Lo sabía! ¡Hueles a barco!
—No he dicho eso.
—Pero has sonreído. Y cuando sonríes así, es que sí.
—Eso tampoco es una prueba.
—Sí que lo es. Mamá dice que tu cara te delata.
Alex soltó una fuerte carcajada, de esas que le salen cuando Connor le desarma.
—Venga, detective. Vamos.
La camioneta roja esperaba en el aparcamiento. Vieja, con una pegatina de un tiburón en el parachoques.
Connor se acomodó en el asiento y comenzó a bombardearlo con preguntas antes incluso de que Alex arrancara, como una metralleta de curiosidades.
—¿Está Tobías esperando?
—Sí.
—¿Vamos al velero?
—Probablemente.
—¿Hay comida?
—Definitivamente.
—¿Pizza? Dime que hay pizza, porfi, porfi.
Alex lo miró de reojo.
—¿Cómo sabes que hay pizza?
Connor sonrió, triunfal.
—Porque cuando dices «comida» y pones esa cara, hay pizza. Pones cara de pizza.
Alex negó con la cabeza.
—Eres demasiado observador. Vas a ser mejor policía que yo.
—Mamá dice que eso es bueno.
—Tu madre tiene razón. Tu madre siempre tiene razón, no se lo digas que se lo cree.
El trayecto hasta el puerto transcurrió entre historias del colegio, una discusión apasionada sobre quién era mejor jugador de fútbol y un debate todavía más serio sobre si un perro podía aprender a navegar. Connor hablaba con las manos, gesticulando, interrumpiéndose a sí mismo para añadir "¡y otra cosa!" cada dos minutos.
Cuando la camioneta entró en la zona del puerto, Connor reconoció inmediatamente los mástiles. Se puso de rodillas en el asiento, pegando la nariz al cristal.
—¡Sí! ¡Lo sabía! ¡Soy un genio!
Alex aparcó. Tobías ya los esperaba dentro del velero y, en cuanto subieron, recibió a Connor con la misma efusividad que si llevasen semanas sin verse.
—¡Tobías!
El perro agitó la cola mientras Connor se agachaba para abrazarlo. Le llenó la cara de lametazos.
—¿Me has echado de menos? ¿Mucho mucho?
Tobías respondió apoyándole el hocico en el hombro. Y gimiendo bajito de alegría. Alex los observó desde la entrada con los brazos cruzados, con una sonrisa boba que no podía quitarse.
Durante un instante tuvo una sensación extraña. El velero había sido durante años su refugio. Después había sido también el lugar donde Hannah había vuelto a entrar en su vida. Y ahora Connor corría por cubierta llamando a Tobías como si aquel barco también pudiera pertenecerle. Como si ya fuera su casa.
Alex no quiso pensar demasiado en ello. Simplemente sonrió. Pero sintió un nudo cálido en el pecho.
La sorpresa estaba sobre la mesa. Tres pizzas. Una con los ingredientes favoritos de Connor, otra para Alex y una tercera que, según Connor, era «por si acaso».
—¿Por si acaso qué?
—Por si tenemos hambre después. Que vamos a tener.
Alex lo miró.
—¿Después de tres pizzas?
—Somos una tripulación. Las tripulaciones comen mucho. Lo pone en los libros.
—Eso es verdad.
Comieron en cubierta, con Tobías tumbado cerca de sus pies esperando cualquier oportunidad para recibir un trozo de corteza. Babeando, mirándolos con ojos de cordero degollado.
Connor hablaba sin parar del colegio, de un compañero que había hecho trampas en una carrera, de una competición que quería ganar, de un libro sobre barcos que había encontrado. Y, poco a poco, la conversación terminó donde Alex menos esperaba.
—¿Cómo erais mamá y tú de pequeños?
Alex dejó la botella de agua sobre la mesa. Casi se atraganta.
—¿Tu madre y yo?
—Sí.
—Éramos insoportables.
Connor soltó una carcajada con un trozo de pizza aún en la boca.
—¿Los dos?
—Especialmente los dos. Tu madre era la peor. Lo sigue siendo.
—¿Os peleabais?
—Muchísimo. Nos tirábamos piedras. Bueno, ella me las tiraba a mí.