ALGUIEN LLEGÓ ANTES
Dos días después de regresar de Nueva York, el Equipo Bradford había dejado atrás la primera sensación de volver a empezar.
Ya no estaban reconstruyendo lo que habían perdido durante el viaje. Ahora estaban utilizando lo que habían encontrado. Ahora tenían un arma.
-Lo tengo -dijo Joe, con la voz cargada de electricidad, sin levantar la vista del portátil que zumbaba sobre la mesa de reuniones.
Hannah levantó la mirada desde el informe que estaba leyendo, con las ojeras marcadas y el pelo recogido de cualquier manera. Joe giró el portátil para que pudieran verlo los demás. La pantalla reflejaba un brillo azulado sobre sus caras tensas.
-He terminado de cruzar uno de los movimientos que encontramos en la documentación de Nueva York con los registros locales.
Alex se acercó a la mesa, con el café frío en la mano.
-¿Qué has encontrado?
-Un nombre.
Michael dejó sobre la mesa la carpeta que llevaba en la mano, con un golpe seco.
-¿De quién?
Joe señaló una línea. Una línea amarilla resaltada.
-Elliot Parker. Cincuenta y cuatro años. Antiguo responsable administrativo de una empresa de servicios portuarios que tuvo actividad entre 2014 y 2019. La sociedad desapareció después, como todas, pero Parker siguió apareciendo en algunos registros como intermediario administrativo.
Hannah leyó rápidamente los datos, entornando los ojos.
-¿Está vinculado directamente con el Casino Hotel?
-No -aclaró Joe-. Y quiero dejar eso muy claro. No aparece como empleado, socio ni administrador del hotel. En papel, es un fantasma.
Alex frunció ligeramente el ceño.
-Entonces, ¿por qué nos interesa?
Joe amplió otro documento. Un extracto bancario con números tachados.
-Porque su nombre aparece asociado a uno de los movimientos que estamos siguiendo. Y ese movimiento tiene una ruta relacionada con una empresa que aparece también en la documentación de Nueva York.
Michael añadió, con voz grave:
-Y Parker vivía en North Harbour durante esos años. A tres calles del puerto. A cinco minutos de donde murió Bradford.
Hannah cerró la carpeta, con decisión.
-¿Tiene antecedentes?
-Nada relevante. Ninguna investigación abierta. Ninguna condena. Nada que lo coloque dentro de la estructura.
-Entonces no es sospechoso.
-No -confirmó Joe-. De momento, es una persona que puede haber visto algo. O que puede haber oído algo que no debía.
Hannah intercambió una mirada con Alex. Una mirada que decía: vamos.
-Vamos a hablar con él.
-¿Ahora?
-Ahora. Antes de que alguien más llegue antes.
No necesitaron discutirlo.
Tenían una línea documental y una persona que podía aportar contexto. Antes de construir cualquier hipótesis sobre aquella secuencia, necesitaban comprobarla.
Diez minutos después, Hannah conducía el Jeep Wrangler negro mientras Alex ocupaba el asiento del copiloto. El motor rugía bajo la lluvia fina que había empezado a caer sobre North Harbour. Tobías viajaba detrás, sentado con la cabeza asomada entre los dos asientos delanteros, con las orejas tiesas, jadeando, olfateando el aire cargado de salitre.
-Parker -repitió Alex, repasando la información en su teléfono, con la luz de la pantalla iluminándole el rostro serio-. Trabajó para una empresa que desapareció en 2019. Después aparece como intermediario en dos operaciones administrativas.
-Tres -corrigió Hannah, sin apartar la vista de la carretera mojada, con las manos apretadas al volante.
Alex la miró.
-¿Tres?
-Joe encontró otra esta mañana. Mientras dormías.
Él sonrió, con una sonrisa tensa.
-Vale. Tres.
-Y ninguna demuestra que Parker supiera nada ilegal.
-Hecho.
Hannah arqueó una ceja, con una sonrisa fugaz.
-Te estás acostumbrando.
-A decirlo cuando corresponde.
-Eso espero.
Durante unos segundos solo se escuchó el motor, el limpiaparabrisas chirriando contra el cristal y la respiración de Tobías.
Después, debajo de la línea de visión del salpicadero, la mano de Alex buscó la de Hannah, a escondidas, sin disimulo. Ella entrelazó los dedos con los suyos, apretando fuerte, con calor. Nadie los veía. Aquello era suficiente. Un segundo de nosotros en medio del caso.
-¿Te acuerdas de cuando en Nueva York intentábamos descubrir quién nos estaba siguiendo? -preguntó Alex, con voz baja.
-Sí.
-Aquí tenemos un hombre al que vamos a preguntar por unos documentos y probablemente nos abrirá la puerta en pijama.
-Eso sería bastante menos dramático.
-No te confíes.
Hannah sonrió, pero con tensión en la mirada.
-No me confío.
Tobías soltó un pequeño resoplido desde atrás. Alex miró por el retrovisor.
-Él tampoco.
-Él nunca se fía.
El coche continuó avanzando por una zona residencial cercana al puerto. Casas bajas de ladrillo gris, jardines descuidados, persianas a medio bajar, olor a mar y a gasóleo.
La conversación volvió al trabajo. Qué preguntarían, qué no asumirían, qué documentación podían mostrar y qué información debían reservar. Nada más.
Hasta que llegaron. Y todo cambió en un segundo.
La primera cosa que Hannah vio fue la puerta. Estaba entreabierta. Bailando con el viento, chirriando sobre sus goznes rotos. Se detuvo a unos metros. Frenó en seco. Las ruedas chirriaron sobre el asfalto mojado.
-Alex.
Él ya estaba mirando, con el cuerpo en tensión, con la mano ya en la manilla.
El marco presentaba una fractura visible. Madera astillada. Cerradura reventada a palanca. No era una puerta mal cerrada. Habían forzado la entrada. Alguien había entrado a la fuerza. Y hace poco.
En un instante desapareció cualquier rastro de la conversación del coche. La pareja desapareció. Solo quedaron dos policías.
Alex salió primero, con la mano instintivamente cerca de la funda de su pistola. Hannah hizo lo mismo, con el corazón disparado.