LOS MESES QUE NADIE VIO
Hannah y Alex, veintiún años
FLASHBACK — Nueva York, 2016
La habitación estaba casi a oscuras. No completamente. Desde la calle entraba una franja de luz amarillenta que atravesaba las cortinas mal cerradas y dibujaba una línea sobre el suelo. Una línea temblorosa, sucia, de la ciudad que nunca duerme. Era suficiente para distinguir la silueta de Hannah sobre la cama. Hecha un ovillo, con las rodillas contra el pecho, con la misma camiseta enorme de Alex que se había llevado a escondidas.
Llevaba horas allí.
Los apuntes del máster permanecían abiertos sobre el escritorio. Una página llevaba demasiado tiempo exactamente en la misma posición. Hannah había intentado leerla tres veces. No recordaba una sola palabra. Porque cada palabra le sabía a North Harbour. Porque cada línea le recordaba a Alex explicándole criminología en el velero.
Giró la cabeza hacia la mesita. Allí estaba su teléfono. Y junto a él, una fotografía. Una Polaroid vieja, de bordes gastados por tocarla tanto.
Alex.
Era una imagen sencilla, tomada años atrás en el puerto. Él estaba sonriendo hacia la cámara con el pelo revuelto por el viento, una mano metida en el bolsillo y aquella expresión que siempre conseguía hacerla sonreír incluso cuando se proponía no hacerlo, con el faro al fondo, con su sonrisa torcida, con esa mirada que solo tenía para ella.
Hannah extendió el brazo con la mano temblorosa. Cogió la fotografía. La miró.
Durante unos segundos permitió que la nostalgia le atravesara el pecho como una puñalada dulce. Como el olor a salitre que creía haber olvidado y que de repente le llenó la nariz.
Después la dejó exactamente donde estaba. No la rompió. Ni la escondió. No la tiró. Nunca había sido capaz de hacerlo. Porque romperla habría sido romper la última parte de él que le quedaba.
Se volvió hacia el techo y cerró los ojos. No lloró. Ya había llorado demasiado. Se le habían acabado las lágrimas a las tres de la mañana, en un apartamento de 30 metros cuadrados a cientos de kilómetros de casa.
Ahora solo quedaba aquel vacío pesado que parecía ocuparle todo el cuerpo. Un vacío con forma de Alex.
Los días siguientes se parecieron demasiado entre sí. Una fotocopia gris y triste de una vida que no era vida.
Iba a clase y volvía al apartamento. Se metía en la cama. A veces una ducha de agua helada, porque se le olvidaba encender el calentador. A veces comida. A veces no hacía ninguna de las dos cosas.
Hannah cumplía con lo imprescindible porque no sabía hacer otra cosa. Entraba en el aula, tomaba apuntes, respondía cuando algún profesor le preguntaba algo y regresaba después a casa. Como una autómata. Como una sombra de la Hannah que había sido en North Harbour.
No conocía todavía a nadie lo suficiente como para permitirle acercarse. Tan solo sus dos compañeros de piso: Nora y Nick. No quería conocer a nadie en clase. No podía. Porque nadie podía entender que había dejado al amor de su vida a kilómetros por miedo a quererlo mal.
Y tampoco llamaba a North Harbour. Mucho menos a Alex. Su número continuaba bloqueado, en rojo, con on un candadito. Como si así pudiera bloquear también lo que sentía.
Cada vez que veía su nombre en alguna fotografía, sentía una presión insoportable bajo las costillas. Como si el corazón se le quisiera salir por la boca.
No lo había bloqueado porque hubiera dejado de amarlo. Le seguía amando con locura. Lo había bloqueado precisamente porque seguía haciéndolo con cada fibra, con cada latido, con una desesperación que le quemaba.
Porque una llamada habría bastado para romper la decisión que había tomado. Porque escuchar su voz podía hacer que regresara.
Y todavía no sabía cómo regresar sin volver a enfrentarse a todo aquello que había intentado dejar atrás. Sin enfrentarse a su propia cobardía de haber decidido por los dos.
Comía poco. Su cuerpo empezó a adelgazar con rapidez. Los vaqueros le bailaban. Las mejillas se le hundieron. Las ojeras se le hicieron moradas. Había días en los que apenas conseguía terminar unas cucharadas de algo.
El helado de pistacho era una excepción. Un pequeño recipiente podía permanecer sobre la mesita durante horas.
Hannah lo miraba, cogía la cuchara y comía un poco. Y después volvía a dejarla. Porque le recordaba a la noche en el velero con Alex, peleándose por la última cucharada.
Una tarde se descubrió pensando que debería estar cuidándose más. La idea duró unos segundos. Después volvió a tumbarse. Mirando la foto de Alex. Otra vez.
North Harbour
Alex estaba haciendo todo lo contrario. O eso parecía.
Salía de noche, bebía, discutía con todo el mundo, hasta con el aire. A veces las discusiones terminaban en golpes.
Una noche volvió a su casa con el labio partido. Sangrando, con la camiseta rota, con los ojos rojos de alcohol y de rabia. Otra, con un corte sobre la ceja. Un corte que Mary le curó llorando mientras él no decía nada.
Sus nudillos estaban constantemente hinchados, en carne viva de pegar a paredes, a puertas, a caras que no eran la culpable.
El velero permanecía amarrado. Triste, balanceándose solo, sin su capitán y sin su chica. La guitarra, abandonada. Llena de polvo. Las partituras vacías. Los apuntes de la academia, intactos. Porque qué sentido tenía ser policía si no podía proteger a la única persona que le importaba.
No quería salir a navegar ni quería estudiar. Había dejado de componer. No hablaba con nadie.
Y, sobre todo, no quería escuchar el nombre de Hannah. Porque cada vez que lo escuchaba sentía que se le abría el pecho.
—Alex...
—No. No digas su nombre.
Una sola palabra bastaba.
Sus amigos habían aprendido a detenerse ahí. Con miedo. Con pena.
Mary y John estaban preocupados. Lo veían llegar a horas imposibles, dormir poco y desaparecer durante días dentro de su propia rabia. Lo oían llorar a veces, a través de la pared de su habitación, de madrugada, cuando creía que nadie lo escuchaba.