Fuego y Hielo

Capítulo 18: Parte 2

«El dinero del Hotel Casino»

La comisaría de North Harbour recuperaba poco a poco su ritmo de media mañana cuando los cuatro regresaron al edificio. El olor a café quemado, a papeles viejos, a lluvia que se colaba por las ventanas mal cerradas.

Hannah entró primero. Llevaba la carpeta contra el costado y el rostro sereno de siempre. Pero con ojeras que el maquillaje no conseguía esconder del todo, con la mandíbula apretada por la noche sin dormir pensando en Connor. Detrás de ella, con unos segundos de diferencia, apareció Alex. No caminaron juntos. No intercambiaron ninguna mirada que pudiera llamar la atención.

Para cualquiera que los observara desde fuera, seguían siendo exactamente lo que habían sido durante esas semanas: la Inspectora Jefe Jones y el Subinspector Mallory. Nada más. Dos profesionales que fingían no haber tenido sexo hasta las tres de la mañana en un velero.

Hannah dejó la carpeta sobre la mesa de reuniones con un golpe seco que hizo vibrar los vasos de agua.

—Vamos a centrarnos en el cheque de Parker.

Alex ocupó una de las sillas del otro lado. Demasiado lejos, a propósito. Con las manos cruzadas para no buscar las de ella.

—Fecha, concepto y origen del pago.

Joe ya estaba encendiendo el ordenador con el teclado haciendo clic bajo sus dedos nerviosos. Michael abrió su cuaderno y se sentó junto a él, con el bolígrafo ya en la mano, como un soldado con su arma.

—Entonces empezamos por lo que podemos demostrar.

Hannah asintió.

—Siempre. Aunque nos queme por dentro.

La imagen del cheque apareció en la pantalla. Ampliada, con cada trazo de tinta visible, con la firma del director del Casino como una herida abierta.

El documento era sencillo. Demasiado sencillo para la cantidad de preguntas que estaba generando.

Beneficiario: Elliot Parker.

Emisor: Director del Hotel Casino de North Harbour.

Joe amplió la fecha. La rodeó con un círculo rojo.

—El pago está fechado el mismo día que uno de los movimientos portuarios que estamos reconstruyendo. El mismo día. A la misma hora casi.

Michael levantó la vista, con un escalofrío.

—¿Misma operación?

—No lo sabemos —respondió Joe, con frustración contenida.

Hannah señaló la pantalla, con la voz firme pero con el corazón acelerado.

—Entonces tenemos dos hechos, no una conexión.

Alex completó, con la mirada fija en el cheque:

—Hecho: Parker recibió el dinero. Hecho: ese día existe un movimiento portuario relevante. Y hecho: alguien no quiere que lo sepamos.

Joe asintió.

—Y Parker aparece documentalmente relacionado con una operación administrativa de ese periodo.

Hannah se cruzó de brazos para contener la emoción que le subía por el pecho.

—Bien. Eso es lo que escribimos.

Michael sonrió ligeramente.

—Sin adornos.

—Sin adornos —confirmó ella, aunque por dentro gritaba que aquello olía a corrupción desde lejos.

Alex miró el cheque unos segundos más con desconfianza y rabia.

—Pero tampoco lo perdamos de vista.

Hannah lo miró. Un microsegundo. Una chispa.

—No pensaba hacerlo.

Una fracción de segundo. Suficiente para que ambos supieran que estaban pensando exactamente lo mismo. Que aquel cheque era una bomba de relojería. Después Hannah volvió a la pantalla.

—Siguiente.

Joe abrió otra carpeta. Esta vez aparecieron varias tablas económicas.

Al principio no había nada especialmente llamativo: pagos por mantenimiento, servicios administrativos, transporte, gestión, consultoría, movimientos entre sociedades y actividades perfectamente compatibles con una estructura empresarial como la del Hotel Casino.

—Parece normal —murmuró Michael.

—Hasta cierto punto —dijo Joe, entornando los ojos. —Demasiado normal. Demasiado limpio —retrocedió una página y después otra—. Mirad esta sociedad —amplió una fila. Una fila que brillaba en rojo—. Recibe cantidades bastante importantes del Hotel Casino durante un periodo concreto. Cantidades obscenas para lo que dice hacer.

Hannah se inclinó sobre la mesa. Tan cerca que su pelo casi tocó la pantalla.

—¿Es una actividad declarada?

Joe abrió la ficha.

—Gestión administrativa.

Alex frunció el ceño, con incredulidad.

—¿Y el volumen real?

—Ahí está el problema.

Joe mostró otra tabla. Vacía. Casi sin empleados. Sin oficinas reales.

—No encuentro una actividad proporcional al dinero que recibe. Es como si pagaran millones por archivar papeles.

Michael se acercó, con la respiración contenida.

—¿Eso demuestra algo?

—No —la respuesta fue inmediata. Cortante. Profesional.

Hannah asintió, aunque le dolía.

—Entonces no escribimos que sea irregular. Escribimos que requiere comprobación.

Joe hizo una anotación.

—Recibe cantidades significativas sin que, de momento, podamos establecer una correspondencia proporcional con la actividad declarada.

Alex señaló una segunda línea, con el dedo temblando de tensión.

—¿Y después?

Joe desplazó el cursor. La sociedad desaparecía y en su lugar aparecía otra. Misma clase de actividad y otro nombre distinto.

—¿Cuándo entra esta?

—Poco después de que desaparezca la anterior. Como si le pasaran el testigo en una carrera de relevos criminal.

Michael empezó a pasar páginas, rápido, ansioso.

—¿Mismos intermediarios?

Joe comprobó.

—Dos coinciden.

—¿Mismas rutas?

Joe buscó.

—Parecidas. Sospechosamente parecidas.

Hannah se quedó observando la pantalla con el pulso disparado. Aquello sí lo reconocía. No era una prueba. Ni siquiera una conclusión. Era un patrón. Un patrón que les erizaba la piel.

—Las sociedades cambian —dijo finalmente—. Las rutas permanecen como serpientes que cambian de piel.

Alex la miró. No sonrió. No hacía falta. Era exactamente el mismo razonamiento que habían seguido en Nueva York. Joe abrió otra carpeta.




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