LA SEGUNDA CONTABILIDAD
La primera anomalía apareció antes de que alcanzaran el archivo. Como un escalofrío en la nuca.
Joe llevaba varios minutos comparando las consultas de las cámaras interiores cuando detectó una nueva actividad. Sus dedos se congelaron sobre el teclado.
—Hannah, deteneos un momento. Parad. Ahora.
Ella levantó el puño. Alex se inmovilizó detrás de ella, pegado a la pared, con la respiración contenida.
—¿Qué ocurre?
—Una consulta sobre el sector de mantenimiento. Después otra sobre el corredor norte. Dos consultas en menos de un minuto. Dirigidas. Buscando.
—¿Nos están buscando?
—No puedo afirmarlo. Las consultas podrían corresponder a una revisión ordinaria, pero la secuencia no coincide con la anterior. Es demasiado precisa. Demasiado rápida. Como si alguien supiera que algo no cuadra.
Michael se inclinó sobre la pantalla, con el sudor brillándole en la frente.
—¿Puedes identificar al usuario?
—No. La sesión aparece registrada, pero no tengo acceso a la identidad que la inició. Es un fantasma. Solo veo el rastro, no la cara.
Hannah miró hacia la bifurcación. Dos pasillos oscuros, idénticos, oliendo a grasa y a desinfectante barato.
—¿Afecta a nuestra ruta?
—No puedo asegurar que sí. Pero tampoco puedo garantizar que esté libre. Estáis a ciegas y yo también.
—Recibido —no pidió a Joe que adivinara. Tampoco necesitaba que les tranquilizara—. Continuamos hasta el archivo. Si aparece una segunda incidencia, abortamos. Sea lo que sea.
Alex asintió, con la mandíbula apretada.
—Entendido.
Avanzaron. Paso a paso, con las botas de goma chirriando apenas sobre el suelo de cemento.
El primer sobresalto llegó cuando una puerta se cerró al otro lado del corredor.
¡PUM!
El golpe metálico recorrió la estructura como un disparo. Reverberó en sus pechos.
Alex apagó su linterna de un manotazo. Hannah se pegó a la pared, junto a una columna de instalaciones, conteniendo el aliento, sintiendo el metal frío en la espalda.
Durante unos segundos solo escucharon el zumbido de la ventilación. Y sus propios corazones desbocados.
Después llegaron los pasos. No eran apresurados. Alguien caminaba por el pasillo con la tranquilidad de quien conocía el edificio. Pasos de suela dura. De jefe. De dueño.
La sombra apareció bajo la puerta. Larga, oscura. Se detuvo. Justo al otro lado.
Alex tenía una mano cerca del arma, pero no la desenfundó. Hannah observaba la separación inferior, intentando distinguir si la persona estaba quieta o simplemente consultaba algo. Podía ver la punta de unos zapatos caros. Brillantes.
Un teléfono vibró. ¡BRRR! Fuerte.
La sombra se desplazó. Se alejó el sonido del móvil contestado en voz baja.
Los pasos se alejaron.
No se movieron inmediatamente. Se quedaron pegados a la pared diez segundos eternos.
—¿Crees que nos ha oído? —susurró Alex, con voz ronca.
—No lo sé.
—Podría haber sido personal de mantenimiento.
—También. O el puto dueño del casino.
Hannah esperó unos segundos más, hasta que el eco desapareció.
—Vamos.
No habían confirmado una amenaza. Pero la habitación había dejado de ser un lugar donde pudieran trabajar con tranquilidad. Ahora era una ratonera.
El anexo estaba en el armario que Joe había identificado. Un armario metálico gris, con la pintura saltada.
Hannah encontró la numeración y comprobó que coincidía con la referencia fotografiada en la primera incursión.
La carpeta contenía varias hojas de conciliación, referencias de sociedades y movimientos portuarios. En la tercera página apareció el código de seis dígitos. Ahí, en rojo, subrayado a mano. Como una advertencia.
Alex fotografió el encabezado, la página completa y las anotaciones marginales. Sus manos iban rápidas, temblorosas por la adrenalina.
—Tenemos el código otra vez.
—Y una referencia de tránsito distinta —respondió Hannah—. No coincide con el destino que habíamos supuesto. Nos lleva a otro puerto. A otro país.
—Entonces nuestra reconstrucción estaba incompleta. Estábamos mirando donde ellos querían que miráramos.
—Eso es lo que tenemos que comprobar.
Un ruido seco llegó desde el pasillo. Esta vez no fue una puerta. Fue el sonido de una manija bajando. ¡Clack!
Ambos se quedaron inmóviles. Helados.
La manija volvió a subir. Después descendió de nuevo. Más fuerte. Probando.
Alguien estaba probando la puerta. Intentando entrar.
Alex miró a Hannah. Ella señaló el lateral del armario y después la salida secundaria que habían visto al entrar. Plan B. Siempre hay un plan B.
La manija se movió por tercera vez. Con impaciencia. La puerta no se abrió. Estaba cerrada por dentro. Se escuchó una voz masculina, demasiado amortiguada para entender las palabras. Grave, molesta.
Después, silencio.
Hannah no esperó a que volvieran a intentarlo.
—Terminamos. Ahora. Nos vamos ya.
Alex guardó el dispositivo y comprobó que las imágenes se habían almacenado con un gesto rápido.
No recogieron la carpeta. No tocaron el resto del material. Dejar todo exactamente igual que estaba. Como si nunca hubieran estado allí.
Cuando llegaron al pasillo, la puerta que habían utilizado para entrar estaba cerrada.
Alex probó el mecanismo. No cedió. Estaba bloqueada desde fuera.
—La alternativa —dijo Hannah, con urgencia.
Se desplazaron hacia el corredor lateral. Entonces escucharon una carrera.
¡Tac-tac-tac-tac! No pudieron determinar si la persona corría hacia ellos o atravesaba otra zona del edificio. El sonido rebotaba entre las paredes y resultaba imposible establecer la distancia. Pero se acercaba.
Joe recuperó brevemente la comunicación, entre chispas de estática.
—Hannah, hay actividad en el acceso lateral. ¡No tengo identificación! ¡Salid!
—¿Tenemos una salida secundaria?